jueves, 9 de abril de 2026

Reseña de "Lo que queda en pie", de David Fernando Torres Lizarazo

 

Torres Lizarazo, D. F. (2025). Lo que queda en pie. Ediciones Corazón de mango.

Lo que queda en pie, de David Torres Lizarazo: la soledad, la vejez y las formas íntimas del derrumbe

Jhon Alexánder Monsalve Flórez


El primer libro literario de David Fernando Torres Lizarazo deja desde sus primeras páginas una sensación difícil de abandonar: la de que sus cuentos no terminan cuando se cierra cada historia, sino que permanecen latiendo en el lector como futuros amenazantes, nostalgias suspendidas o silencios que siguen haciendo eco. Lo que queda en pie es, ante todo, un libro atravesado por la soledad, la vejez y la persistencia de aquello que resiste cuando la vida ha comenzado a desmoronarse.

Desde "El día en que Irene perdió su compostura", el libro instala una de sus vetas más poderosas: la vejez como territorio de hábitos, memoria e identidad. La larga convivencia entre Irene y Alberto remite a esas vidas construidas en la rutina amorosa y doméstica, hasta que un mínimo desplazamiento en la percepción transforma lo cotidiano en extrañeza. Allí, la reflexión sobre la ancianidad dialoga de manera natural con Memoria de mis putas tristes, no por repetición temática, sino por la forma en que la vida, el deseo y el cuerpo son pensados desde el presente constante de la vejez. Esa misma línea reaparece en "Doña Etelvina", donde el olvido se convierte en una forma de ahogo, evocando a En la laguna más profunda, de Óscar Collazos En ambos relatos, la ancianidad no es solo edad: es memoria amenazada, amor familiar ausente y cuerpos que persisten en medio del abandono.

La soledad, justamente, articula buena parte del libro. Aparece en la vejez, pero también en la juventud, la maternidad y la adolescencia. "Al ver el mar", "La bendita prueba" y "La mamá de Camilo" construyen un contrapunto con los cuentos de ancianos: aquí la juventud se enfrenta a decisiones precipitadas, maternidades no deseadas o agotamientos extremos, pero siempre bajo la sombra de la soledad. Rosa, Laura y Cristina quedan proyectadas hacia futuros inciertos, tan crueles como los de Jacinto en "Desde aquel día" o Gisel en "Una mujer difícil". Esta continuidad temática permite leer el libro como un contraste entre vejez y juventud, unidos por el mismo vacío afectivo.

Hay, además, una admirable red de resonancias internas entre cuentos. El calor agobiante que en "Doña Etelvina" envuelve a quienes desean ser amados reaparece transformado en otros espacios emocionales del libro, mientras que "En una habitación de la casa vieja" ofrece el contrapunto del invierno exterior frente a la tranquilidad doméstica de Evangelina. Calor e invierno se convierten así en climas simbólicos que acompañan la experiencia humana: el agobio, la espera, la costumbre, la aceptación. Del mismo modo, cuentos como "Doña Etelvina", "Desde aquel día", "La foto de papá", "El lago" y "En una habitación de la casa vieja" comparten una misma textura narrativa: nostalgia, intimidad, soledad y personajes suspendidos en el tiempo de la memoria.

Uno de los mayores logros narrativos del libro es la calidad de sus voces. Sobresale especialmente el uso de la primera persona femenina, recurso que alcanza una enorme potencia en "El lago" y "Mi deseo encubierto". No siempre es fácil hallar narradoras en escritores hombres, y aquí esa elección no solo resulta convincente, sino profundamente conmovedora. En "El lago", esa voz femenina hace más intensa la tristeza de la violencia paterna, la sumisión de la madre y el universo simbólico del ser mujer, condensado en la figura de la pata, el lago y la esperanza frustrada. En "Mi deseo encubierto", también desde una voz femenina, el deseo escondido se vuelve metáfora de esas presencias internas (placeres, vicios, impulsos) que acompañan la vida cotidiana y tensionan los límites entre placer, ansiedad y juicio social.

La riqueza del libro también se manifiesta en sus relaciones intertextuales. Además de García Márquez y Collazos, la lectura permite enlazar el calor de Doña Etelvina con "La muchacha del tiempo" de Emilio Díaz Valcárcel, la escena de abandono en "Al ver el mar" con Cuentas del alma, de Rubén Blades, y la novela homónima de Gustavo Bueno Rojas, e incluso el sacrificio simbólico de Isaac en "El bosque" con la escena bíblica de Abraham e Isaac. Estas relaciones no se sienten forzadas: nacen naturalmente de la densidad simbólica de los cuentos y de su capacidad para activar otras memorias literarias y culturales.

En el plano del lenguaje, el libro alcanza momentos de altísimo nivel. Ya sea en la prosa envolvente de "Doña Etelvina", en la ambigüedad poderosa de "Samantha", en la sequedad reflexiva de "El viejo" o en la forma intermitente de narrar "En una habitación de la casa vieja", el estilo de David Torres demuestra diversidad y dominio técnico. Hay cuentos más escuetos (por el uso del lenguaje, propio de la caracterización de los personajes, pero esto no resta calidad a los cuentos), otros más simbólicos, otros más apegados al realismo barrial o escolar, pero todos conservan una intensidad narrativa que los hace permanecer.

El cuento final, "En una habitación de la casa vieja", parece condensar la esencia de todo el libro. No solo porque allí aparece el título Lo que queda en pie, sino porque resume la convivencia entre vejez, costumbre, temor a la pérdida y una serenidad aprendida frente al derrumbe. Después de recorrer juventudes rotas, maternidades extenuadas, hijos sin padre, deseos ocultos, ancianos olvidados y mujeres heridas, lo que queda en pie son precisamente esas formas mínimas de resistencia: una habitación, una cocina, una rutina, una memoria, una voz.

Y quizá esa sea la mayor virtud de este libro: hacer de la soledad y de la vejez no simples temas, sino modos de mirar la vida.

Aclaración de apoyo de IA: todas las ideas de la presente reseña fueron compartidas con el autor a través de mensajes de WhatsApp, redactados por mí, Jhon Monsalve, como lector de los cuentos. Los comentarios en aquellos mensajes surgen de reflexiones propias, lo que indica que no están contaminados por otras visiones humanas o artificiales. Para agilizar la redacción de esta reseña, tuve en cuenta una IA, que mantuvo, eso sí, la esencia de mis ideas.

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