Torres Lizarazo, D. F. (2025). Lo
que queda en pie. Ediciones Corazón de mango.
Lo que queda en pie, de David Torres Lizarazo: la soledad, la vejez y las formas íntimas del derrumbe
Jhon Alexánder Monsalve Flórez
El primer libro literario de
David Fernando Torres Lizarazo deja desde sus primeras páginas una sensación
difícil de abandonar: la de que sus cuentos no terminan cuando se cierra cada
historia, sino que permanecen latiendo en el lector como futuros amenazantes,
nostalgias suspendidas o silencios que siguen haciendo eco. Lo que queda en pie
es, ante todo, un libro atravesado por la soledad, la vejez y la persistencia
de aquello que resiste cuando la vida ha comenzado a desmoronarse.
Desde "El día en que Irene
perdió su compostura", el libro instala una de sus vetas más poderosas: la
vejez como territorio de hábitos, memoria e identidad. La larga convivencia
entre Irene y Alberto remite a esas vidas construidas en la rutina amorosa y
doméstica, hasta que un mínimo desplazamiento en la percepción transforma lo
cotidiano en extrañeza. Allí, la reflexión sobre la ancianidad dialoga de
manera natural con Memoria de mis putas tristes, no por repetición
temática, sino por la forma en que la vida, el deseo y el cuerpo son pensados
desde el presente constante de la vejez. Esa misma línea reaparece en
"Doña Etelvina", donde el olvido se convierte en una forma de ahogo, tal como ocurre en la novela En la laguna más profunda, de Óscar Collazos. En
ambos relatos, la ancianidad no es solo edad: es memoria amenazada, amor
familiar ausente y cuerpos que persisten en medio del abandono.
La soledad, justamente, articula
buena parte del libro. Aparece en la vejez, pero también en la juventud, la
maternidad y la adolescencia. "Al ver el mar", "La bendita
prueba" y "La mamá de Camilo" construyen un contrapunto con los
cuentos de ancianos: aquí la juventud se enfrenta a decisiones precipitadas,
maternidades no deseadas o agotamientos extremos, pero siempre bajo la sombra
de la soledad. Rosa, Laura y Cristina quedan proyectadas hacia futuros
inciertos, tan crueles como los de Jacinto en "Desde aquel día" o
Gisel en "Una mujer difícil". Esta continuidad temática permite leer
el libro como un contraste entre vejez y juventud, unidos por el mismo vacío
afectivo.
Hay, además, una admirable red
de resonancias internas entre cuentos. El calor agobiante que en "Doña
Etelvina" envuelve a quienes desean ser amados reaparece transformado en
otros espacios emocionales del libro, mientras que "En una habitación de
la casa vieja" ofrece el contrapunto del invierno exterior frente a la
tranquilidad doméstica de Evangelina. Calor e invierno se convierten así en
climas simbólicos que acompañan la experiencia humana: el agobio, la espera, la
costumbre, la aceptación. Del mismo modo, cuentos como "Doña
Etelvina", "Desde aquel día", "La foto de papá",
"El lago" y "En una habitación de la casa vieja" comparten
una misma textura narrativa: nostalgia, intimidad, soledad y personajes suspendidos
en el tiempo de la memoria.
Uno de los mayores logros
narrativos del libro es la calidad y vaeriedad de sus voces. Sobresale especialmente el uso
de la primera persona femenina, recurso que alcanza una enorme potencia en
"El lago" y "Mi deseo encubierto". No siempre es fácil
hallar narradoras en escritores hombres, y aquí esa elección no solo resulta
convincente, sino profundamente conmovedora. En "El lago", esa voz
femenina hace más intensa la tristeza de la violencia paterna, la sumisión de
la madre y el universo simbólico del ser mujer, condensado en la figura de la
pata, el lago y la esperanza frustrada. En "Mi deseo encubierto",
también desde una voz femenina, el deseo escondido se vuelve metáfora de esas
presencias internas (placeres, vicios, impulsos) que acompañan la vida cotidiana
y tensionan los límites entre placer, ansiedad y juicio social.
La riqueza del libro también se manifiesta en sus relaciones intertextuales. Además de García Márquez y Collazos, la lectura permite enlazar el calor de Doña Etelvina con "La muchacha del tiempo" de Emilio Díaz Valcárcel, la escena de abandono en "Al ver el mar" con Cuentas del alma, de Rubén Blades, y la novela homónima de Gustavo Bueno Rojas, e incluso el sacrificio simbólico de Isaac en "El bosque" con la escena bíblica de Abraham e Isaac.
En el plano del lenguaje, el
libro alcanza momentos de altísimo nivel. Ya sea en la prosa envolvente de
"Doña Etelvina", en la ambigüedad poderosa de "Samantha",
en la sequedad (tosquedad) reflexiva de "El viejo" o en la forma intermitente de
narrar "En una habitación de la casa vieja", el estilo de David
Torres demuestra diversidad y dominio técnico. Hay cuentos más escuetos (por el
uso del lenguaje, propio de la caracterización de los personajes, pero esto no
resta calidad a los cuentos), otros más simbólicos, otros más apegados al
realismo barrial o escolar, pero todos conservan una intensidad narrativa que
los hace permanecer.
El cuento final, "En una
habitación de la casa vieja", parece condensar la esencia de todo el
libro. No solo porque allí aparece el título Lo que queda en pie,
sino porque resume la convivencia entre vejez, costumbre, temor a la pérdida y
una serenidad aprendida frente al derrumbe. Después de recorrer juventudes
rotas, maternidades extenuadas, hijos sin padre, deseos ocultos, ancianos
olvidados y mujeres heridas, lo que queda en pie son precisamente esas formas
mínimas de resistencia: una habitación, una cocina, una rutina, una memoria,
una voz.
Y quizá esa sea la mayor virtud
de este libro: hacer de la soledad y de la vejez no simples temas, sino modos
de mirar la vida.
Aclaración de apoyo de IA: todas las ideas de la presente reseña fueron compartidas con el autor a través de mensajes de WhatsApp, redactados por mí, Jhon Monsalve, como lector de los cuentos. Los comentarios en aquellos mensajes surgen de reflexiones propias, lo que indica que no están contaminados por otras visiones humanas o artificiales. Para agilizar la redacción de esta reseña, tuve en cuenta una IA, que mantuvo, eso sí, la esencia de mis ideas.
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