martes, 20 de agosto de 2013

Análisis de "La ciudad y los perros", de Vargas Llosa

ANÁLISIS  DE “LA CIUDAD Y LOS PERROS”, DE MARIO VARGAS LLOSA
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
Introducción
En 1962, hace aproximadamente 50 años, el escritor peruano Mario Vargas Llosa hizo pública la novela que, en un principio recibió el nombre de Los impostores, y que terminó llamándose La ciudad y los perros. Siempre he pensado que los libros llegan a los ojos del lector en el momento justo, y sin sospecharlo ni planearlo, esta novela llegó a mis manos en una edición conmemorativa hecha por la Real Academia de la Lengua Española, muy económica, por cierto, hace apenas unos días. Lo que pueda afirmar de su contenido, de lo que produjo, de lo qué tan catártica puede llegar a ser podría parecer una tarea de la subjetividad que acompaña mi diario vivir, ajeno a muchos, literario, poético, en paz. En fin, posiblemente y aunque no creo, la afirmación de Marcos Martos al respecto puede influir en algo: “No se lee de la misma manera La ciudad y los perros en 1962  o en 2012, cincuenta años después, cuando la celebramos. Cualquier joven que tenga en sus manos el libro sabe de antemano que se trata de la obra de un autor consagrado que ha merecido el Premio Nobel, que en cierto sentido es un libro clásico, que la lectura que emprenda ha sido precedida por la lectura de miles y miles de aficionados”. Desde un principio el escritor peruano aclara que no habría podido escribir esta novela de no haber sido porque en algún momento fue o actuó como algunos de sus personajes: Cava, Alberto, el Jaguar: “Para inventar su historia, debí primero ser de niño, algo de Alberto o del Jaguar, del Serrano Cava y del Esclavo, cadete del colegio militar Leoncio Prado, miraflorino del Barrio Alegre vecino de la Perla”. Podría yo afirmar lo mismo, pero desde el lugar del lector, porque al momento de imaginar cada escena, cada acción, cada lágrima, experimenté las sensaciones humanas, tan pertinentes, de todos los personajes que componen la obra prima de Vargas Llosa. Pero si quieren, seamos académicos y objetivos.
La ciudad y los perros
La novela está dividida en dos partes y en un epílogo. Cada una de las partes se compone de ocho capítulos y van antecedidas por epígrafes en francés. El epílogo, por su parte, va antecedido por un epígrafe en español. Todos, como es normal, hacen alusión a las acciones humanas que se llevan a cabo en cada uno de los apartados. El narrador varía de primera persona a omnisciente, se presentan varios diálogos de los personajes y la trama no es plana. Marcos Martos rescata la importancia de esta obra en el Perú: “(…) abrió un camino de perfección, tanto en la obra del autor como en las letras hispanoamericanas, enriquecidas, a partir de ese momento de un modo inédito, nunca visto, significó una revolución para las letras del Perú que alcanzaba una mayoría de edad literaria y el lanzamiento de un joven autor a la liza editorial del mundo, el comienzo de una merecida fama aumentada cada año con nuevos logros”.
Por otra parte y para dar un esbozo de la novela, exponemos lo siguiente: El Círculo fue una organización comandada por el Jaguar, cuyo propósito era hacer respetar al grupo de inferiores que eran maltratados por los cadetes de títulos mayores. Los perros son entendidos como aquellos nuevos cadetes, novatos, sin experiencia, que entran al colegio militar por mandato de sus padres que tienen el temor de que en otra institución se dañen socialmente. Generalmente eran humillados por grupos de cadetes con más experiencia. El Círculo fue la solución a esta situación. Y de donde resultaron todas las acciones de la novela. Por azar, Cava, uno de los cadetes del círculo, tiene que robar un examen para beneficio de todos; incluso para venderlo a algunos que dan una buena suma por conocer las preguntas. Sin embargo, y aunque lo hurta, rompe un vidrio de una ventana, que pone en evidencia la falta. No obstante, nadie se entera, ni sopla (hago uso de un término muy recurrente en la novela) quién fue el culpable de tal hecho. Mientras se desarrollan estas acciones, el novelista mantiene una historia paralela que solo hasta el final dará sus luces. Presenta a dos niños: uno ladrón, el Jaguar, que se queda sin padres, que cae en el más bajo mundo y que al fin es enviado por su padrino al colegio militar. El Jaguar tuvo una enamorada, Teresa, una chica un poco fea, que al fin de cuentas le fue infiel con otro, con el que Jaguar tuvo problemas de groserías y de golpes. El otro niño es Alberto, con el que usa la primera persona para narrar sus acciones, que fue enviado al colegio militar porque su padre temía que le saliera marica. Y es en Alberto, sobre todo, en quien giran la mayoría de las acciones de La ciudad y los perros.
Tengamos en cuenta también al Esclavo, un cadete que desde el principio fue humillado por los demás, que nunca tuvo amigos, que consideraba a Alberto como su único compañero y que fue asesinado un día por el Jaguar. Ya veremos cómo. Sepamos que Gamboa era uno de los jefes de cuadra y que apoyó hasta donde pudo la denuncia hecha por Alberto del asesinato de su amigo. Por supuesto que hay más personajes, pero conformémonos con estos, mientras tanto. Y ahora sí expliquemos. Después de que se descubre que fue roto el vidrio para robar el examen de Química, los militares de alto rango prohíben la salida los fines de semana a todos los cadetes hasta que se sepa quién fue el culpable. El Esclavo, que andaba enamorado de Teresa, no resistió más su encierro y decidió informar sobre el culpable del hurto. A Cava lo expulsaron y, a partir de ahí, se desencadenaron los demás hechos de la novela. La acción transformadora vino con la muerte del Esclavo, mientras hacían un simulacro de guerra en una especie de selva. Al principio se afirmó que había sido el mismo Esclavo el que había disparado su fusil y que se había causado a sí mismo la muerte. Alberto negó tal hipótesis porque el tiro se lo dieron en la nuca, acto que imposibilitaba el suicidio involuntario. Alberto acusó al Jaguar y se desató entre los militares mayores un conflicto social y político: Gamboa apoyó la idea de Alberto y la defendió ante los de más alto rango militar. El coronel y los demás rebatían tales acusaciones por los problemas que se le vendrían a la institución si llegase a entrar en investigaciones de tal índole. Cambiaron los hechos, de tal forma que se indicara científicamente y legalmente que el Esclavo había muerto por un accidente.
La insistencia de Gamboa hizo que fuera trasladado a otra sede con menos posibilidades de ascenso y en condiciones mucho más precarias. El Jaguar confesó al fin su acto, pero no fue culpado por las cuestiones políticas ya explicadas.
La experiencia de estar en el suelo
En 50 años son muchas las propuestas que se han planteado en torno a los personajes, el contexto militar o histórico, el poder y los súbditos. Y aunque se ha estudiado el tema a fondo, no sobraría reflexionar nuevamente sobre la cuestión del poder y del sentimiento del Jaguar cuando estuvo en los zapatos del esclavo, en la ocasión en que sus compañeros, los que siempre le habían brindado respeto y pleitesía, lo culparon de que había sido él, el Jaguar, y no otro, el que había “soplado” la información de que todos los cadetes tenían en los cajones alcohol y cigarrillos. El Jaguar, y todos los que pertenecían a la misma cuadra, habían supeditado todo el tiempo al Esclavo, lo habían humillado, y cuando el Jaguar se sintió en el piso, tal cual el Esclavo, tomó la decisión de confesar su crimen, después de haberlo encubierto por tanto tiempo: “(…) ahora comprendo mejor al Esclavo. Para él no éramos sus compañeros, sino sus enemigos. ¿No le digo que no sabía lo que era vivir aplastado? Todos los batíamos es la pura verdad, hasta cansarnos, yo más que los otros. No puedo olvidarme de su cara, mi teniente.  Le juro que en el fondo no sé cómo lo hice. Yo había pensado pegarle, darle un susto. Pero esa mañana lo vi ahí al frente, con la cabeza levantada y le apunté”. Y con esto llegamos a uno de los puntos más sobresalientes de la obra: la conveniencia del colegio militar en no delatar al asesino por su propio bien. Y tal vez, en nuestros países latinoamericanos, continúe haciéndose lo mismo.
Así las cosas, La ciudad y los perros, en poco más de 50 años de vida, es considerada una de las obras más importantes de la literatura universal. Sobresalen temas como el racismo, el abuso del poder, el contexto del colegio militar (al que también perteneció el autor), la subvaloración de las personas, dentro de un marco en el cual tales comportamientos hacen más hombre al joven cadete. Nadie, según la experiencia del Jaguar, comprendería a los súbditos si no viven como ellos.

viernes, 9 de agosto de 2013

La búsqueda de una cohesión humana: reflexiones éticas del diario vivir

La búsqueda de una cohesión humana: reflexiones éticas del diario vivir
Jhon Monsalve

Imagen tomada de internet
Nuestro tiempo parece ser a la vez el tiempo del avance y de la retrospección. No hay que poner en duda que el progreso tecnológico de los últimos años ha permitido que el humano tenga una vida más cómoda, pero esta comodidad no puede justificar de ninguna manera el daño ambiental que la tecnología causa. Las industrias arrojan los desechos a los ríos, los automóviles eliminan a diario gran cantidad de CO2 que deteriora poco a poco la capa de ozono y hasta el humano, que piensa solo en su beneficio, no encuentra más lugar que la calle para botar el papel que estorba.
El problema de lo anterior podría radicar en el egoísmo. Pensamos solo en nosotros, en nuestros intereses y si, para lograrlos, debemos dañar el planeta Tierra y pasar por encima de nuestro prójimo, lo hacemos porque pensamos tan individualmente que la sociedad y sus problemas se los culpamos al destino. Y no nos damos cuenta de que con esto podríamos empezar la búsqueda de la verdad: la cohesión de lo humano. Una búsqueda de ética planetaria traería consigo la unión de la humanidad y el rencuentro de esta con la tierra. Pertenecemos a la Naturaleza y lo hemos olvidado; somos uno solo con nuestro prójimo y lo ignoramos apropósito. Posiblemente la verdad la hallemos cuando dejemos nuestros intereses a un lado y actuemos en pro de la Humanidad como conjunto y de la Naturaleza como parte de nosotros, pues solo ahí encontraremos la cohesión de lo humano.
Nos hemos creado la idea de que el ser humano tiene que pasar de un rango a otro, de una posición económica a otra, de un nivel paupérrimo a uno exitoso, de pobre a rico. Parecemos animales de rango inferior que luchan por ser de rango superior y que para alimentarse y aparearse necesitan del permiso del animal superior. Nada más parecido al capitalismo: cada uno que luche por sus intereses; que triunfe el más capaz y el más adinerado y que el resto siga sumido en la pobreza y en la ignorancia.
Ahora bien, el problema descrito en el párrafo anterior no se puede justificar de ningún modo argumentando que de esta manera se forman las clases sociales para la defensa de sus integrantes y marginados. No: el problema radica en que pensamos solo en nuestro beneficio y ponemos excusas como la anterior para excusarnos y justificarnos. Todos como humanidad podemos lograr la ética planetaria y social, que permitiría la vida por muchos más años en la tierra.
En un sistema como el nuestro, los que tienen dinero pueden invertir y multiplicar, mientras que los pobres, con lo poco e injustamente que ganan, hacen lo posible por alimentarse. En nuestro sistema tomamos la industria, la empresa y el avance tecnológico como nos conviene. Pero no nos damos cuenta de las consecuencias: las máquinas industriales, por una parte, causan un daño letal en el medio ambiente y, además, reducen el trabajo de mano de obra, que antaño fue generador  de vasto empleo. La comodidad con la que vivimos nos está matando poco a poco.
En conclusión, podríamos decir que la búsqueda de una cohesión humana se logra con la idea de que unidos podemos salvar la tierra y la sociedad. La Tierra la estamos acabando a diario por el hecho de pensar en nuestros propios intereses, por ignorar que nuestro beneficio puede ser el beneficio de los demás. La cohesión humana podría ser, entonces, la búsqueda ética por excelencia.

jueves, 1 de agosto de 2013

Tras un análisis de “El vuelo de la reina”, de Tomás Eloy Martínez

Tras un análisis de “El vuelo de la reina”, de Tomás Eloy Martínez

Jhon Monsalve

Imagen tomada de internet
El presente texto tiene como fin el acercamiento al análisis de la novela ganadora del Premio Alfaguara 2002, pero en ninguna manera es una interpretación de la obra o un trabajo investigativo sobre ella. Aclaro lo anterior por si, llegado el caso, lo que escriba en este texto no sea más que unos comentarios simples o complejos, pero al fin de cuentas solo comentarios. La complejidad e importancia de “El vuelo de la reina” merece análisis mucho más profundos.
La trama
Camargo, el director de  El Diario (periódico crítico e importante en Argentina, según el contexto de la novela) es un hombre de avanzada edad que, luego de experiencias negativas en torno a relaciones familiares, entre ellas, las de la madre, que lo abandonó, adopta ciertos comportamientos obsesivos en la relación amorosa que mantiene con Reina Remis. El primer capítulo del libro presenta escenas voyeristas que, como leimotivs, se encontrarán en el transcurso de todo el libro. Camargo observa a Reina desnuda desde un telescopio en un un edificio aledaño a la residencia de la joven periodista. Con el pasar del tiempo, esta mujer llega a trabajar a El Diario, se relaciona con Camargo, por sus cualidades al momento de escribir, cubre varias noticias en torno a la sociedad y políticas del año 2000 en Argentina, y logra, en tiempo récord, un aumento tanto de puesto como de salario. Reina cree enamorarse de Camargo, viajan juntos, viven experiencias juntos, gratificantes para los dos, pero, en cierta ocasión, mientras Reina trataba de convencerlo para que fuera a visitar a Ángela, una de sus hijas que estaba a punto morir en un hospital de Estados Unidos, Camargo explota, la golpea y empieza a decaer la relación y se empieza a complicar. Entre aceptaciones y prohibiciones, Reina viajaba a cubrir noticias que luego el periódico, tras el estudio respectivo, decidiría si las publicaban o no. Ella se alejó de Camargo, con toda razón, y aunque trataron de retomar las cosas, ya existía un verdadero amor para Reina, y muy distinto de la simple, y esto le dolía a Camargo, admiración que sentía hacia él. Camargo la siguió vigilando, aumentó la intensidad expiatoria, pero ella, en Colombia, mientras hacía una entrevista a dos cabecillas de la guerrilla, vivía un romance amoroso con Germán, un periodista bogotano, con el que se escribía por correo electrónico constantemente; de esto Camargo ya tenía sospechas.
Para evitar que Reina lo traicionara o mirara hacia otro lugar que no fuera el suyo, Camargo decidió perjudicarla de tal manera que él fuera el único hombre que aceptara amarla como quedara. Para esto, contrató a unos indigentes que eran extranjeros exiliados a causa de la Guerra de Kosovo, y a los cuales prometió los pasajes de vuelta a su país de origen a cambio del favor. Era simple: que él, el hombre, violara y contagiara de enfermedades venéreas a Reina, mientras ella dormía profundamente después de que Camargo le agregara a un líquido que Reina acostumbraba a beber cierta sustancia que le producía sueño. Y así pasó, y para garantizar que Reina volviera con él, decidió llamar a todos los periódicos para decirles que Reina los había traicionado y que, por lo tanto, no era éticamente profesional. De esta manera, decidió alejarse, cargar con el peso de que la habían violado sin saber quién, el peso de que Germán, su enamorado, no le creyera, no la apoyara, decidió alejarse, montar a caballo, y Camargo la siguió hasta el fin, hasta la casa de los padres de ella, la vigilaba todo el tiempo, y luego, la mató, dos tiros, la mató, y la vida lo castigó con una silla de ruedas y con Brenda, su exesposa, a su lado, cuidándolo y dándole el cariño que él, Camargo, nunca le brindó a ella ni a sus hijas. 
Los matices
No sé si hablar de propósitos o de matices en la obra para huirle al término Interpretación. Hablemos del contexto: el año es 2000, el lugar, Argentina, y se viven situaciones políticas llenas de corrupción y de malos manejos administrativos, que son, precisamente, los que El Diario saca a la luz. Un gobierno que se aprovecha de las creencias religiosas para hacer de las suyas. Esta es, en parte, la importancia de la presencia de la teología estudiada por Reina. Otro matiz, más allegado a los personajes, tiene que ver con la transposición que hace Camargo de los valores maternales a los amorosos. Es decir, la influencia sicológica dejada por la madre se extrapola a la relación con Reina y, en muchas ocasiones, se le compara con ella. Incluso el padre de Camargo, y tal vez por el mismo motivo, llama Puta a Reina Remis. Al respecto, Leonardo tarifeño afirma que:
“El vuelo de la reina pierde el juego místico y transforma el pecado del protagonista en el eco psicológico de un trauma infantil. Camargo, el combativo director de un diario argentino en tiempos corruptos, es abandonado por su madre cuando todavía es un niño; la memoria de esa fuga se activa con otro abandono, el de su amante Reina, y a partir de entonces el crimen será la única alternativa para conjurar la ausencia materna y el rechazo amoroso. "La ternura perdida era como una pierna o un oído que le hubieran quitado y que lo disminuía ante las demás personas", dice el narrador, y Camargo llena ese vacío con la soberbia que le permitirá, a través del castigo físico a Reina, restaurar un orden ético donde la amenazante libertad de las mujeres siempre es condicional”.
 Por otro lado, encontramos la importancia y pertinencia de los nombres: Reina hace alusión a la abeja madre del panal y cuyo vuelo se lleva a cabo con el fin de fecundar, donde se aparea con varios zánganos. Para Camargo, Reina era como una abeja con tales características y, por esa razón, quiso cortarle las alas. No fecundaría fuera de su corazón. Camargo, por su parte, sufre una especie de similitud fonética con la palabra Amargo. Sus acciones se entenderían por ello.
Otros apuntes
Si bien es cierto que una obra literaria es independiente de la vida del autor, también lo es que no pueden negarse los valores de este que se presentan en ella. Tomás Eloy Martínez tal vez nunca habría situado las acciones de esta novela en una periódico si él no hubiera sido en vida periodista. Del mismo modo que no habría citado tantísimas películas para hacer referencia a ciertas acciones, de no ser porque era crítico y amante del cine. Y ni hablar del país en que se desarrolla la novela y de los actos de habla de los personajes.
Así las cosas, esta novela, que fue Premio Alfaguara 2002, es una representación de la sociedad argentina y latinoamericana del primer año del nuevo siglo. Se destaca, ante todo, el comportamiento del personaje Camargo, por motivo de la mala experiencia con su madre, y las decisiones y consecuencias que vienen con ello. Se evidencia, por otra parte, la crueldad y corrupción política, los problemas sociales y la libertad de expresión. El vuelo de la reina es, por último, el vuelo sin frutos ni retoños, opacados, como ya sabemos, por las obsesiones de Camargo.

domingo, 28 de julio de 2013

La crónica del examen del Concurso Docente 2013

La crónica del examen del Concurso Docente 2013
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
Bueno, Jhon, estás frente al espejo y, en unos minutos, después de que te bañes, te afeites, te cambies para la ocasión, saldrás a tratar de encontrar el futuro en una hoja de respuestas. Mientras tanto, mírate y date cuenta de que aún no tienes cara de profesor, de que la barriga apenas te está saliendo, y eso porque te has excedido últimamente en el consumo de cerveza y de comidas rápidas… Fíjate en que a tu cara le hace falta un poco más de seriedad y que tus conocimientos aún son nulos para enfrentarte a la difícil tarea de formar y educar éticamente una sociedad para el futuro. No te importa nada, Jhon… vas en todo caso, tratas de ser responsable, de llegar temprano y esperas, como siempre, que las promesas que te hacen se lleven a cabo tal cual las dijeron. Pensaste que el Icfes había mejorado su puntualidad y que, por esta razón, sería cínico el acto de que los líderes de salón miraran mal a aquellos que llegaban tarde porque se les presentó a último momento algún problema o porque se les había olvidado, como casi se te olvida a ti,  que el porvenir junto al Estado les dan el chance de lanzar la moneda para ver si ven al fin la cara que sueñan.
Te fuiste, Jhon, y no desayunaste, no comiste nada, querías disfrutar del viaje del bus en ayunas, en lugar de llevar la barriga llena y algunas náuseas. Te cargaste dos lápices, por si acaso, y te fuiste revisando en cada parada del bus el documento de identidad, el borrador, el sacapuntas… Estabas paranoico, Jhon, muy pocas veces te vemos así. Los lápices tocaron su música en el transcurso del viaje y una señora, y luego otra, y después otra, se subieron al bus con una mirada de fracaso que no dudé en asociar con el peso de la docencia, de la mala educación, de la impotencia de no sobresalir en su trabajo ni en los tres exámenes que ya llevan encima. Te miraban, Jhon, y tú solo hacías sonar aquellos lápices al compás de los huecos y de los sueños frustrados.  
Te bajaste en la UIS, y viste cientos de colegas, con caras tristes pero optimistas. Hablaban del Concurso anterior, de las preguntas, de lo que creen ellos que se repite, y tú sin ninguna experiencia, sin nada más que tus libros en la cabeza que tal vez no sirvan de nada en ese examen, te dices entre dientes que, para tranquilizar los ánimos, deberías tomarte un café. Te decides al fin por una avena y compras un paquete de galletas para suavizar los ánimos. Te tocó hacer fila, Jhon, porque los profesores son muy educados; no como tú que le contestas a tu papá no como él quiere sino como se te da la gana. No sabes por qué, pero te fastidian esos profesores, la manera como se expresan, como hablan, se les nota la mediocridad por encima, como tú, Jhon, aunque no lo quieras aceptar. Dices que se comportan como si fueron peritos y los más nobles del mundo… ya los verás en clase algún día, Jhon, pasando por encima de los estudiantes y pensando solo en su labor docente, en sus casas, en sus egos. Y llegarán al hogar en la noche no con el afán de preparar clases porque el Estado no paga horas extras, sino de ver el programa de moda o la novela de mayor rating. Ahí se quedan los peritos, Jhon, y lo sabes bien, y más abajo queda su bondad y su carisma.
Según tus reflexiones, no entras en esa categoría, y ahora más que nunca piensas que para ser docente te hace falta mucho. Te despides de los que puedes regalando una sonrisa más de compasión que de compañerismo. ¿Acaso tú no eres uno de ellos, Jhon? Te preguntas, te planteas situaciones y concluyes que, posiblemente, lo que le conviene al país sea gente como la de la fila, pues se ahorrarían dolores de cabeza, movilizaciones, revoluciones futuras. Ay, Jhon, y te vi la cara cuando llegaste al lugar del examen y buscaste un lugar en el piso para pararte, porque todos los demás docentes, con las ganas de prosperar con un triste sueldo, llegaron más temprano que tú, y eso ya es mucho.  Caras conocidas, solo algunas, las demás están regadas por la ciudad y por el país, buscando lo mismo que tú: una limosna estatal por un trabajo que vale oro. Y llegó la hora del examen y apenas abrían la puerta para buscar el salón. Qué irresponsables, pensaste. Luego, la búsqueda, la caminada, el desbarajuste te llenaron de ira, y el desorden alfabético de los nombres te agregó al día la pizca de miedo normal en estos casos.
Adioses para los conocidos y cédula en mano. Te tocó la primera hilera, como siempre te ha gustado, y después de amenazadoras recomendaciones, dejaste en el piso, al lado del tablero, tu celular, que ya estaba apagado, para que nadie te llamara y te soplara las preguntas una por una, en un acto heroico que solo ellos, los que ya son docentes, y no pueden evaluar de otra forma, se imaginan.
La Aptitud Matemática es una prueba de lógica en la que se necesitan conocimientos mínimos de Quinto y Sexto grado. Algo que se supone deben, según tu opinión, saber todos los docentes porque ya pasaron por esas… No obstante, de la misma manera como, tal vez, muchos en Colombia que estudiaron lo tuyo no sabían que León de Greiff en aquel poema evocaba a Shakespeare sin nombrarlo, con eso de Macbeth, así mismo hay quienes ni se enteran de que 1/7 representa una de las siete unidades en que se divide una unidad mayor. No te burles, Jhon, de los que no sabían lo de Shakespeare… Ten en cuenta que, primero, tú no te las sabías todas y que incluso dudas que tengas la más mínima posibilidad de pasar el examen, y segundo, que tus compañeros, tus colegas, se graduaron de una universidad tan mediocre en esta área como la de Pamplona o que algunos que hayan estudiado en la UIS no supieron la respuesta de Macbeth porque, curiosamente, en una Licenciatura en Español y Literatura, no dictan al menos una Literatura Universal, y eso que el maestro de esta área tiene que conocer a fondo tales temas para trabajarlos de la mejor manera en cualquier grado académico. Bueno, total… la prueba de matemáticas estuvo algo compleja, Jhon, pero menos mal estudiaste algo de regla de tres, una que otra cosa de geometría, y pudiste contestar lo más cercano posible… al menos eso crees…
El problema aparece, según tu opinión, en la prueba de Aptitud Verbal. Aunque es lógico que en la de matemáticas debías leer y hacer una que otra inferencia, se supone que este rasgo tendría que ir reforzado y con un grado de dificultad propio de maestros en la prueba de Aptitud Verbal. Y nada. Un texto algo extenso, tres preguntas y solo una de ellas era de comprensión lectora. Bien lo dijo uno de tus colegas que estaba sentado a tu derecha: “Esto es un insulto para nosotros, Jhon”. Y pensaste que era cierto, que cómo era posible que se priorizara en que una palabra es sinónima de otra o que un conector puede tomar el lugar de otro. Pero bueno, piensas… Luego se quejan de por qué el maestro solo enseña ortografía en clases de Español… Ya estás sospechando de dónde es que nace el agua sucia del río. Y antes que se te olvide: la ortografía que tanto evaluaron en la prueba de lenguaje se quedó en la década pasada. Todavía tildan “solo” y todos los pronombres “éste, ésta (…)”. Qué triste, sí, Jhon, cómo se contradicen.
De la Prueba Sicotécnica ni qué hablar. Tonta. Bueno, no sabes. Eso lo hacen sicólogos especializados, Jhon, no critiques esas cosas. Pero insistes en que fue tonta, porque, según tu ingenuidad hipócrita, es obvio que todos los docentes son éticos y piensan en trabajo de grupo y no tienen ideales individuales. Tú la embarraste, Jhon, cómo se te ocurrió desear como premio de tu jefe una colección de tus libros favoritos, si debiste, más bien, contestar que un diplomado, porque así verá tu jefe y los evaluadores de la prueba que estás interesado en seguir estudiando. Solo pensaste en que un diplomado hoy en día no es nada y que si no te dan al menos una beca para maestría o doctorado de premio, mejor eliges una colección de los libros de Cortázar o de Borges. Así eres tú, Jhon… A veces, cansas, pero eres así.
Y ya, y decides no hablar más, porque lo otro fue particular y a casi nadie le interesa. Así son todos los profesores, según tú. Y bien… saliste, almorzaste, volviste a la 1:30 p.m. a encontrarte con la impuntualidad, contestaste, casi te duermes, y ahora que puedes hacerlo, te da por escribir… no se te borran las caras, las preguntas, las respuestas mal contestadas… haces sonar de nuevo los lápices…

lunes, 22 de julio de 2013

Análisis de “El diablo de la botella”, de Robert Louis Stevenson

Análisis de “El diablo de la botella”, de Robert Louis Stevenson
Jhon Monsalve
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Después de “La isla del Tesoro” y de El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde la obra más leída del escritor escocés Robert Louis Stevenson es “El diablo de la botella”. Hablemos primero de la importancia literaria de la obra de este autor en pleno auge del Naturalismo y de la novela sicológica en Europa. La corriente naturalista representaba la realidad, lo más fiel posible,  en la literatura, es decir, se huía de todo tipo de fantasía literaria, llegando incluso a documentar ciertos hechos dentro de una novela, un poema o un cuento. Por otro lado, en la novela sicológica, encontramos al hombre en la búsqueda de su identidad, en la exploración de la siquis humana. Robert Louis Stevenson fue contra estos modelos, retomando la novela y el relato de aventura que se aleja notablemente de cualquier rasgo naturalista y, en menor medida pero lo suficiente, de la novela sicológica[1].  Y bien: aunque halla unas obras en las que la aventura se presente más que en otras, podemos afirmar que, de cierta manera, las peripecias de los personajes del relato objeto de nuestro análisis fueron aventuras (tal vez preocupantes) de casi de nunca acabar.
¿Cuento o novela?
Vamos a caracterizar como relato y no como novela o como cuento “El diablo de la botella”. Esta discriminación la hago, sobre todo, por la extensión de la narración. Aunque bien sabemos que puede haber cuentos de mil páginas como novelas de solo veinte, para este análisis y sin el fin de polemizar, prefiero llamar relato a este texto porque como cuento no presenta una sola acción en la que gira toda la narración, y como novela, no cumple con la estructura estándar (no quiero decir que no pueda hacerse) de la separación de capítulos y de la extensión. Algunas nuevas teorías discursivas y literarias han catalogado de esta manera (Relato) a cualquier narración cuya extensión sea menor a la de la novela y mayor a la de un cuento. Edgar Allan Poe, Hemingway y hasta Borges y Cortázar han escrito relatos con tales características. Por otra parte, la narración está hecha en tercera persona, y el narrador, aunque es omnisciente, toma distancia de los personajes. Está narrada de un solo tirón y, dependiendo de la editorial, puede variar entre 40 y 80 páginas. “El diablo de la botella” fue escrito en 1891, cuatro años antes de que el autor muriera. El narrador del relato pone como fecha de creación el año 1889 y como lugar, Apia, Opolu, Islas de Samoa.
La trama
Por ponerle un nombre al personaje que, según el narrador, en realidad existió y para proteger su identidad, lo llamó Keawe. Era una marinero, soñador, antojado de mansiones y de buena vida. Era oriundo de Hawái, pero su trabajo le permitía recorrer gran parte del mundo. En una de esas excursiones, en la ciudad de San Francisco, admiró las casas y las calles, y se impresionó, sobre todo, de una mansión que, según sus ideales, siempre había querido. El viejo dueño de la casa lo invitó a seguir y le ofreció una solución para llevar a cabo sus deseos. Algo triste y acomplejado por la vejez, le mostró a Keawe la razón de su riqueza y de su comodidad: una botella que cumplía todos los deseos de su posesor. Se la ofreció en venta y, al principio, no creyó las maravillas de las que hablaba y mucho menos cuando aceptó por ella solo 50 dólares. Como prueba de que los deseos sí se cumplían lo tentó a que, si se la compraba, tenía la posibilidad de probar su éxito, pidiendo de vuelta en su bolsillo los 50 dólares que pagara por ella. Así lo hizo y recibió las recomendaciones correspondientes, entre las cuales se rescatan estas dos: 1) la botella debía ser vendida antes de que el propietario muriera, pues de tenerla en su poder llegado el trágico momento, se quemaría por siempre en el infierno, y 2) la botella debía venderse a un menor precio del que se había pagado para su obtención.
Deseó una mansión similar a la del viejo aquel y días después le llegó junto a una tragedia familiar: un tío suyo había muerto y le había dejado una grande herencia. El dolor se notó en sus lágrimas, pero con el tiempo pudo hacer su mansión, tal cual la quería. Después de tal evento, uno de sus amigos, que le había prometido la compra de la botella después de que los deseos de Keawe se cumplieran, se llevó consigo el objeto mágico luego de que, como prueba, pidiera conocer al diablo que encerrado en la botella se encontraba.
Los días pasaron en una extraña felicidad en la inmensa mansión de Keawe. Un día, incluso, conoció a Kokua, una mujer también hawaiana muy hermosa de la que se enamoró perdidamente y de quien pidió su mano para matrimonio. Cuando todo estaba preparado, sucedió lo inexplicable: mientras se bañaba le salió una llaga de lepra que lo imposibilitaba para el amor y la sociedad. Ahora tenía que ir en busca de la botella, que era la única que lo podía ayudar en ese caso para que pudiera amar a Kokua como quería y lo había planeado. Después de buscar por mucho tiempo dio con ella, donde un hombre que la había comprado por 2 centavos y que estaba martirizado porque, evidentemente, nadie se arriesgaría a comprarla por un centavo si, de esa forma, no podría, nunca, salvarse del infierno. Para Keawe fue más grande el amor hacia Kokua y decidió comprar por ese precio la botella sin importarle las consecuencias infernales que le traería tal acto. Pidió que lo curara de la lepra y el deseo se cumplió rápidamente. Logró el objetivo de casarse con Kokua y de vivir feliz en su mansión, mientras el tormento de quemarse en el infierno no llegó. Su mujer notó el cambio y él le confesó todo lo que había hecho por amor. Ella comprendió la gran muestra de cariño y le propuso como solución que viajaran a tierras francesas donde existía una moneda cuyo valor era inferior a la del centavo; esta se llamaba céntimo, y cinco de ellos hacían un centavo de dólar. Sin embargo, por más que buscaron la persona indicada para la venta de la botella, no la hallaron por ninguna parte; lo que trajo la preocupación y el sufrimiento acrecentado de Keawe.
Kokua, al verlo así, y consciente de la muestra de amor que él había hecho por ella, decidió comprar la botella y condenarse a sí misma, en lugar de ver la condena y el sufrimiento de su esposo. Para que Keawe aceptara que ella se quedara con el objeto diabólico, convenció a un anciano de que la comprara por 4 céntimos (que ella misma le daría) y luego ella se la compraría a él por 3. Así fue. Al otro día la felicidad era de Keawe y el tormento y la preocupación era de Kokua. Tuvieron problemas a causa de la actitud de ella frente al bienestar de él. Kokua le ocultó su decisión. Él festejó con sus amigos su tranquilidad y dejó a un lado la tranquilidad de quien hubiese adquirido la botella. Incluso alcanzó a tratar de idiota al viejo que la compró. Cuando se le hubo acabado el dinero para comprar más licor, decidió ir en busca de él al lugar donde se hospedaban, en compañía de un amigo marinero que lo esperó a unas cuadras. Cuando llegó cautelosamente al lugar, vio a su mujer con la botella al lado y comprendió todo: el inmenso amor que ella sentía por él y el sacrificio que hizo para lograr su tranquilidad.  Entonces decidió decirle a su amigo que comprara la botella en 2 céntimos y que luego él se la compraría en 1. Todo para salvar y demostrarle el amor y agradecimiento a su esposa.  El amigo fue y después de un buen rato volvió borracho y sin la mínima intención de darle la botella. Decidió condenarse pero vivir feliz y próspero por medio de ella. Por más que Keawe lo trató de persuadir no pudo lograr tal objetivo porque su amigo marinero había visto en la botella la solución a todos sus inconvenientes. Fue así como se libraron del tormento y vivieron en paz en la mansión: La Casa Resplandeciente.
Algunos datos históricos interesantes y algunas cuestiones humanas
Si hay un gobernante que ha pasado a la Historia por sus logros es Napoleón. Entre conquista y conquista alcanzó a apoderarse de casi toda Europa. Tal éxito, según el narrador de “El diablo de la botella”, se debe a que este valiente militar tuvo en sus manos la botella diabólica: “Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la vendió al final y fracasó”. Por otra parte, James Cook, un navegante y cartógrafo británico, logró, según el relato, descubrir gran cantidad de islas (entre esas, Hawái), gracias a que también llevó consigo la botella: “El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas islas”. Por último, se da incluso el dato de la primera persona en el mundo que tuvo la botella: El preste Juan, quien supuestamente descendía de los Reyes Magos. Un hombre que tuvo muchos tesoros y que estuvo al mando del cristianismo en Oriente. Por el hecho de tener la botella, el narrador del relato, que es la voz del viejo que vendió la botella a Keawe, insinúa que logró todos sus éxitos: “En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la transacción”.
Por lo anterior, podemos afirmar que la razón por la cual el viejo, a quien el narrador presta la voz para venderle la botella a Keawe, da este tipo información es para lograr la venta del objeto diabólico. Pero no nos podemos conformar con ello. Si nos damos cuenta, cada uno de los personajes históricos que tuvieron contacto con la botella representan un valor social o humano: El preste Juan, por ser rey cristiano y descendiente de los Reyes Magos, configura el valor de la religiosidad en el relato, para excusar en parte lo diabólico de la botella. En segundo lugar, Napoleón representa uno de los más grandes íconos de la Historia europea, como símbolo de patria y política. Y por último, el capitán Cook configura el nacimiento de la nacionalidad a la que pertenecen los protagonistas del relato.
La avaricia y las cuestiones éticas
Sin ninguna duda, el tema eje del relato es la avaricia. Tal vez mezclada en parte con los sueños o con las ilusiones de cualquier ser humano que no tenga las comodidades suficientes. Cada uno de los personajes que tuvo en su poder la botella no pensó en ningún momento en la posibilidad de ayudar con ella al prójimo. Todos los deseos giraron en torno a sus propias expectativas y sueños de vida. Por ejemplo, Keawe, aunque sintió dolor por la muerte de sus familiares, olvidó rápidamente el hecho porque La Casa Resplandeciente hacía olvidar cualquier tipo de problema o de dificultad. Recordemos, para ejemplificar un poco más la cuestión de la avaricia y relacionarla con la poca intensión altruista dentro de los deseos de los personajes, que Keawe se reía y mofaba del viejo que le compró la botella por 4 céntimos, y lo llegó a considerar hasta estúpido. Kokua, claro está, no pensaba de la misma manera. En muchas ocasiones hizo reflexionar sobre el dolor ajeno de quien tuviera la botella en sus manos, y Keawe tomaba tales comentarios como ofensas de su mujer en cuanto a que no se alegraba de su recuperación espiritual y de su salvación. Alexánder Peña Sáenz afirma al respecto: “(…) el deseo de avaricia que albergan los hombres es tan grande, que no importa si se vende el alma al diablo con tal de conseguir grandes cantidades de dinero, lujos y poder. El afán de riqueza, quizá sea inherente a la naturaleza humana”[2].
“El diablo de la botella” es, entonces, un relato que, alejado de cualquier tipo de Naturalismo, representa uno de los más grandes rasgos humanos: la avaricia, acompañada del más grande desdén hacia el prójimo. Es un relato de aventuras, de sufrimientos, de caídas y de reposiciones. “El diablo de la botella” es la configuración de una cualidad humana que desea lo que no se tiene sin pensar en las consecuencias. Es por esta razón por la que Keawe reitera una y otra vez: “Ya está hecho (…) y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo malo”.



[1] Aclaro que, a mi modo de ver, sí existía la búsqueda de la identidad y de la comprensión de la mentalidad humana en algunas obras del escritor escocés. Un ejemplo de ello es El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, cuya trama muestra a un doctor que trata de separar el bien y el mal del cuerpo humano (de su propio cuerpo). Solo con esto podemos comprobar que sí existe un fin sicológico dentro de esta novela.
[2] Peña Saenz, Alexánder. “Reseña: El diablo de la botella”. En: La pasión inútil: http://la-pasion-inutil.blogspot.com/2009/08/robert-louis-stevenson-el-diablo-de-la.html

jueves, 11 de julio de 2013

Una contradicción de los cristianos evangélicos: El amor al uribismo

Una contradicción de los cristianos evangélicos: El amor al uribismo
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
Una contradicción de los cristianos evangélicos: El amor al uribismo
Jhon Monsalve
Hace unos años, cuando estrenábamos presidente, cuando descubríamos la paz por medio de la guerra, cuando vivíamos amenazados por hombres salidos del odio y de la desvergüenza, que ocupaban barrios enteros y se adueñaban de la vida de los colombianos, comprendí que o Dios va muy ligado al conservadurismo, al hitlerismo, al despotismo, al autoritarismo... o sus feligreses han tergiversado sus mandatos para excusar sus más oscuros deseos humanos. 
Nací, crecí y he vivido con cristianos evangélicos que se caracterizan, todos, no se salva ninguno, por ser amantes, veneradores, loadores del Mesías del momento. Hablo en presente porque la figura de nuestro respetadísimo exmandatario no se ha querido ir del recuerdo de los colombianos aplastados por una cruel e inocente ignorancia social y política, que es rasgo característico, y muy curiosamente, de cristianos evangélicos.
Vecinos, familiares, amigos, compañeros, mujeres, hombres, niños, y todos aquellos que de una u otra manera rodean mi diario vivir y hacen parte de mis experiencias más personales y próximas tienen como rasgo común el acto idólatra hacia el muy echado de menos expresidente colombiano de las causas no perdidas. Lo curioso no es eso, porque ya se comprende la normalidad de que las masas sean tontas. Lo extraño del caso radica en que todos los que me rodean y tienen la explícita inclinación política, son evangélicos de cualquiera de todas aquellas sectas religiosas que devinieron de las propuestas luteranas, revolucionarias, en parte liberales, tan distintas a la cerrazón mental y social de predicadores y feligreses protestantes del momento.
Después de pensar concienzudamente sobre el hecho, no he podido llegar a la conclusión de si la postura política es la que lleva a la inclinación religiosa o si tal suceso (muy extraño, por cierto) ocurre a la inversa. Es difícil afirmar que los cristianos evangélicos se vuelven déspotas después de estar en una secta cualquiera o que el hecho de ser conservadores sociales los caracterice y los agrupe, con el tiempo, dentro de una religión represora. La dificultad se acrecienta cuando vemos a nuestro exmandatario haciendo parte de un culto evangélico, arriba, cerca del púlpito, con los ojos cerrados, deseando que, de parte y parte, se saque tajada del acto.
Todas estas acciones hacen que nos planteemos ciertos interrogantes: Partiendo de que si un hombre se considera “cristiano” es porque, evidentemente, sigue la vida y el ejemplo de Cristo, ¿no deberían, pues, ir sus actos y sus pensamientos acorde a su doctrina? Es decir: ¿Cristo tendría la misma inclinación política si estuviera en la tierra y viviendo en este país? ¿Acaso, por más represora que parezca la Iglesia, Jesús no dejó un legado moral y ético con sus enseñanzas y gestiones? Entonces, ¿por qué los cristianos (y por primera vez, incluyo a muchos católicos) tienden a tener posturas políticas y sociales tan antimorales y tan poco éticas?
Las respuestas a estas preguntas nos llevarían a pensar que los cristianos se contradicen constantemente y que tal ideología tiende a buscar la paz por medio de la guerra y a perseguir una seguridad a través de crímenes y limpiezas sociales. Es cierto que se deben respetar las inclinaciones religiosas, pero no por ello se deben pasar por alto sus errores y contradicciones.
Uno de los temas más recurrentes en barrios, cafés, centros de salud, peluquerías y hasta en universidades, es la consecución del poder de nuestro extrañadísimo expresidente. Lo curioso es que, en lugar de criticar la complejidad irrisoria de su gobierno, desean con cierto brillo en los ojos la continuidad de su mandato. Sin ser conscientes de las consecuencias de tales anhelos, violan los más importantes mandamientos de la ley judeo-cristiana: No matarás y No robarás, que son los que directamente atacan y perjudican al prójimo, y de “ñapa”: Amarás a Dios sobre todas las cosas, porque, si el Supremo existe, estará deseando acabar el mundo nuevamente a causa de los pensamientos y de las crueles actitudes humanas, que demuestran que los hombres sienten en su corazón tantos deseos atroces, antiéticos, que no pueden ser asociados, de ninguna manera, al amor de Dios.

Lo preocupante es que, al paso que vamos, terminarán más feligreses dando ofrendas, más pastores improvisados con ansias de dinero, más políticos aprovechados de las creencias, y tendremos por fin la más grande dictadura que, inocentemente, siempre hemos deseado. 

sábado, 6 de julio de 2013

"El lujo del lenguaje", de Jesús Tusón: Espacio de diversidad

Características del lenguaje como código y como espacio de diversidad
Jhon  Monsalve 

Imagen tomada de internet

El presente texto tiene como objetivo presentar las características del lenguaje como unidad y como espacio de diversidad, con base en “El lujo del lenguaje”, texto escrito por Jesús Tusón. Luego de dicha presentación, se tratará de encontrar el punto de liaison entre esas características.
La sintaxis, el simbolismo y la capacidad de extraer diversos sentidos de lo que se oye o se escribe son la base para afirmar que el lenguaje (innato, por supuesto) se presenta como código unificador. Todas las lenguas se caracterizan por estos universales: una sintaxis limitada en todas las lenguas que no permite cualquier tipo de orden, por tal razón, jamás se oyen proposiciones como “El sol se cada día pone”; el simbolismo afirma al lenguaje, debido a que toda lengua es arbitraria y a la capacidad humana de relacionar sonidos con significados; por último, la capacidad de reconocer diversos sentidos en las estructuras o en partes de ellas, como la distinción de un agente y de un lugar en oraciones con estructura de pasiva (fue recibido por el comisario, fue recibido por el pasadizo), aceptar esta afirmación como universal permite, juntando a esto simbolismo y sintaxis, hablar de la unidad del lenguaje.
Teniendo en cuenta lo anterior, se presentarán algunas ideas que sustentarán lo ya dicho. Según Roger Bacon, la gramática es solo una y la misma para todas las lenguas y, cuando se afirma esto, se da por sentado que por encima de todo, una lengua es su arquitectura formal, es decir, su morfología o sintaxis, aquello con lo que se alude a cualquier tiempo verbal y con lo que se distingue un agente de un objeto. Incluso en los actos de habla se encuentran elementos comunes: se forman plurales, se aplican los mismos pronombres, etc. La estructura de nuestra lengua, afirma Jesús Tusón, es la propiedad compartida de que todos gozamos; aquello que nos permite comprender y ser comprendidos.
Lo dicho hasta el momento sustenta la idea de que todas las lenguas son iguales y que es en la estructura donde se hermanan los hablantes y no en el léxico, que varía. Todos los humanos poseen una gramática universal que les es innata, y al parecer conocen los límites de sus lenguas de manera inconciente, ya que no pueden ordenar a su gusto las oraciones que escriben o dicen: la sintaxis aparece de nuevo como universal lingüístico, y como universal lingüístico también su límite.
Por otra parte, el lenguaje es el sistema simbólico más elaborado, tomado como el instrumento de mayor excelencia y flexibilidad para la comunicación. Todas las lenguas son simbólicas, arbitrarias, y debido a que las palabras no guardan relación con los objetos a los que representan, la ambigüedad aparece como el segundo tipo de conocimiento lingüístico, después del uso gramatical y creativo (sintaxis) de una lengua. He aquí otro punto, según Tusón, donde se hermanan los humanos: son capaces de emitir juicios sobre la ambigüedad de aquellas oraciones que pueden ser interpretadas en más de una forma[1].
Es muy poco lo que resta de la capacidad humana de extraer los sentidos de las estructuras: solamente puede decirse que el humano reconoce el rol del sujeto o del objeto en la estructura oracional que se presente. De esta manera, el lenguaje se presenta como código unificador.
Ahora bien, si bien es cierto que hay características que forman al lenguaje como código unificador, también es cierto que por cuestiones diacrónicas, diatrópicas, diatráticas y diafásicas el lenguaje es un espacio de diversidad, y esa diversidad habita en el léxico. El humano habla una variación de lengua y es adscrito a este o aquel dialecto; por otra parte, tiene la capacidad de cambiar de registro para adaptarse a las situaciones de la vida cotidiana y, por convención, habla una lengua estándar que es exigida por la comunidad lingüística a la que pertenece. En cualquier registro o variación de lengua se mantiene la sintaxis, pero a la vez se presenta un cambio en el léxico que sustenta la diversidad, y, en ocasiones, el simbolismo estándar o convencional varía aunque las palabras sean las mismas: se ha dicho que el simbolismo es universal y que afirma al lenguaje como código unificador, pero dentro de un diasistema (tomando el concepto de Coseriu), específicamente en una Norma lingüística, unas palabras que hacen parte del estándar pueden ser símbolos precisamente no de las mismas cosas, en otras situaciones, en otros lugares o en otros tiempos.
No obstante, la diversidad no es excesiva: Sapir, según Tusón, afirma que si el entorno físico de un pueblo se refleja ampliamente en su lengua, esto vale también en lo que se refiere a su entorno social[2], y en ese entorno físico todas las lenguas disponen de palabras para significar, por ejemplo hipónimos de naturaleza: árboles, plantas, ríos; así que “El mundo (…) no permite una diversidad excesiva porque los elementos que constituyen el entorno físico se hallan distribuidos universalmente en el tiempo y en el espacio”[3]; es decir, por más diversidad que haya, siempre habrá palabras que designen a las cosas del mundo, y entonces, se hablaría de una diversidad asentada en el léxico de las lenguas. Las características del léxico, su carácter superficial y fácil al cambio, hacen de éste el nivel idóneo donde se pueden reflejar con amplitud las diferencias entre los grupos lingüísticos[4]. Evidentemente, de una lengua a otra cambia el léxico como puede cambiar por una variación intraidiomática; la diversidad habita en éste (el léxico), como la unidad, en la estructura.
Por último, podría afirmarse que en la diversidad (del léxico y no en lo que éste representa) también hay sintaxis, es decir, también hay unidad. En tal caso, se unirían por el hecho de que para poder fijar una unidad en el lenguaje es necesaria la búsqueda de universales lingüísticos que fundamentan la unidad, el simbolismo y la sintaxis, y que solo son encontrados en la diversidad lingüística. Entonces, se sabe que existe la unidad del lenguaje debido a la diversidad del mismo.

BIBLIOGRAFÍA
Tusón, Jesús. El lujo del lenguaje. Madrid: editorial Paidós, 1989.


[1] Tusón, Jesús. El lujo del lenguaje. Madrid: editorial Paidós, 1989, p. 36.
[2] Íbid, 61
[3] Íbid, 61
[4] Íbid,65