lunes, 2 de julio de 2018

El papel del Ejército Nacional en dos masacres colombianas


El papel del Ejército Nacional en dos masacres colombianas
Jhon Monsalve
 
Imagen tomada de: https://steemit.com/history/@arielpr/the-banana-massacre-the-day-that-u-s-murdered-thousands-of-innocent-colombians
El 6 de diciembre de 1928, luego de que el presidente Abadía Méndez decretara la orden de fuego hacia los trabajadores de la United Fruit Company, los soldados encargados de acabar con la huelga llevaron al pie de la letra tal orientación: dispararon contra los campesinos que laboraban para la empresa estadounidense y ocasionaron la que podría ser una de las masacres más cruentas de la historia colombiana. Algo similar ocurrió en Bucaramanga el 11 de octubre de 1981, cuando, después de un desorden público generado por una supuesta falla arbitral, se hizo el llamado al Ejército Nacional para que interviniera, y, efectivamente, el resultado de su participación fue la sangre derramada en los suelos del Estadio Alfonso López. De este modo, el Ejército Nacional ha sido protagonista de dos masacres que ponen en duda el papel social de este ente del Estado. En el siguiente artículo, se expondrán las similitudes de estas dos masacres: el abuso de poder, la polémica por el número de muertos y el olvido de estos hechos por parte la sociedad.

El Ejército Nacional tiene como misión, según lo que se expone en su página oficial, conducir "operaciones militares orientadas a defender la soberanía, la independencia y la integridad territorial y proteger a la población civil y los recursos privados y estatales para contribuir a generar un ambiente de paz, seguridad y desarrollo, que garantice el orden constitucional de la nación". Esta misión da cuenta de unos deberes institucionales que no pueden transgredirse porque se comprenderían como abuso de poder. Por ejemplo, si se dan operaciones militares para proteger a la población civil, los actos que se implementen para ello deben ser acorde a los derechos de los seres sociales implicados. Es decir, si bien el Ejército Nacional puede defender a un árbitro o a unos hinchas no puede tomar la decisión de asesinar a otros civiles bajo el argumento de que debe implementar el orden para proteger a una parte de la población. Lo mismo sucede en la historia de la Masacre de las Bananeras, en donde el Ejército actúa bajo mandato presidencial con el fin de proteger los recursos privados de la empresa United Fruit Company, pero pasa por encima de los derechos de los ciudadanos huelguistas. 

Bien es sabido que, según los documentos históricos oficiales de la historia colombiana, la Masacre de las Bananeras dejó solo nueve muertos y que, sin acudir a la imaginación de García Márquez en Cien años de soledad, se puede argumentar con discursos de la United Fruit Company y de los sobrevivientes que fueron más de mil, tal como lo afirma la Editorial de El tiempo en 2010: "Pero los sobrevivientes -y un funcionario diplomático estadounidense- afirman que la masacre dejó más de mil cadáveres, que habrían sido arrojados al mar antes del levantamiento por parte de los peritos oficiales". Este dato da cuenta de la actitud del Ejército Colombiano ante la cantidad de muertos: además de haber masacrado a la comunidad trabajadora, esconde los cuerpos para simplificar la tragedia y no implicar al gobierno. Algo similar ocurre con la masacre de los hinchas en el partido entre el Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla el 11 de octubre de 1981: el Ejército los asesina y se escribe en los documentos oficiales que los muertos no fueron más de cuatro, cuando en realidad pueden superar varias decenas, como afirma el narrador de fútbol González, quien estuvo presente: “Hubo muchos más muertos de los que dicen. Yo vi como sacaban gente en bolsas”, y ante lo cual Vanguardia Liberal complementa: "El reporte oficial habla de cuatro muertos y más de 30 hinchas gravemente heridos. Sin embargo, nadie que haya estado allí cree que esa cifra sea cierta".

Lo triste de estas historias es que terminan favoreciendo al gobierno colombiano de una u otra forma, ya sea por la tergiversación de la información o por el olvido de los colombianos. Bien lo representó García Márquez en la conversación que mantiene José Arcadio Segundo con una de las habitantes de Macondo que no sabe de qué muertos le habla el Buendía herido. Bien se representa en la última parte del primer capítulo de La casa grande, de Cepeda Samudio, cuando uno de los soldados antecede el olvido en que quedará la masacre. Y no solo ocurrió con la crueldad del ejército en las bananeras, sino también con la masacre del Alfonso López: quedó en el olvido, nadie la recuerda, ni los hinchas que parecen estar más pendientes de las riñas que de los asuntos importantes de su equipo. Vanguardia Liberal también enfatiza en el problema de alzheimer de los bumangueses: "Será un ‘deja vu’ histórico enmarcado en el olvido de lo ocurrido ese 11 de octubre de 1981, indiferencia denunciada por varios de quienes vivieron la tragedia, para los que no se ha hecho suficientes esfuerzos para recordar a las víctimas".

A partir de lo anterior, se puede concluir que el papel del Ejército Nacional  tanto en la Masacre de las Bananeras como en la Masacre del Alfonso López ha ido en contra de su misión como ente estatal. El hecho de que los documentos oficiales escondan el número real de muertos hace ver la protección que recibe el Ejército Colombiano ante actos atroces que perjudican a la población civil. Además, la complicidad de los medios de comunicación, de los colegios y otras instituciones educativas ha sumido en la ignorancia a la población para que olviden rápidamente. Queda, por tanto, en duda el rol del Ejército Nacional en cuanto a su función social.  

sábado, 30 de junio de 2018

Comentario sobre "El asesinato de Roger Ackroyd", de Agatha Christie


Comentario sobre El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie
Jhon Monsalve
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Imagen tomada de: http://es.escritores-del-mundo.wikia.com/wiki/El_asesinato_de_Roger_Ackroyd.
La novela El asesinato de Roger Ackroyd es, a su vez, un manuscrito en el que Sheppard, médico de King´s Abbod, relata su punto de vista sobre el asesinato de Ackroyd, importante habitante del lugar que contraería matrimonio con Mrs Ferrars, luego de que esta hubiera asesinado a su esposo. La perspectiva del médico es fundamental en la novela, hasta el hecho de ser considerada clave para el desarrollo y la tensión de la narración.  El narratario se deja llevar por una visión, la que presenta Sheppard, la única que se explaya a lo largo de los primeros veinte capítulos. Las voces, los comentarios y las acciones dependen de él, de su versión, de lo que asegura haber visto.

El asesinato de Roger Ackroyd es considerada, en noviembre de 2013, la novela más importante de crimen de todos los tiempos: “La autora inglesa Agatha Christie (1890-1976) fue reconocida ayer como la mejor escritora de novela negra británica, y su obra El asesinato de Roger Ackroyd (1926) la mejor novela de ese género. La Asociación de Escritores del Crimen (CWA) del Reino Unido reveló los resultados de una encuesta que realizó entre autores británicos del género para conmemorar su 60 aniversario, y que otorga el primer puesto a la reina del suspense y el género policíaco”. Hay fundamentos para ello: el asesino se encubre detrás de las líneas del único foco existente; además, la trama es atractiva: un chantaje de uno de los personajes hacia Mrs Ferrars, que aprovecha el conocimiento sobre el asesinato de Mr Ferrars para callar a cambio de una buena suma de dinero. Por otra parte, la trama es interesante en cuanto a la herencia que deja el señor Ackroyd después de su asesinato, que surge, justamente, cuando descubre quién es el chantajista de su futura esposa.

La novela es rica en sicología. Ya es bastante conocido el fundamento sicológico que Agatha Christie impregnaba en sus novelas (incluso en las que no eran policiacas y donde adoptaba el seudónimo de Mary Westmacott). Hércules Poirot es el detective del caso, y ya sin su compañero Hastings, quien habita en Argentina, se ve apoyado por Mr. Sheppard, el narrador de la novela. El detective, ya retirado y dedicado a sembrar calabazas, acepta ayudar a la señorita Ackroyd en la búsqueda del asesino de su tío. Las lecturas de Poirot, siempre tan medidas y acertadas, llevan al descubrimiento del culpable, quien termina suicidándose y suplicando que su hermana, Caroline, no se entere del caso.

Los sospechosos del asesinato se encuentran entre la familia y entre los empleados de la víctima. Las investigaciones aportan datos que configuran, según la visión del narrador, a muchos de ellos como autores del crimen. Incluso en la dedicatoria que la autora hace en el libro expone: “A Punkie, a quien le encantan las historias de detectives, con asesinatos, investigaciones, ¡y con una larga lista de sospechosos!”. Entre tantas posibilidades, el lector deja la opción más plausible lejos de toda posibilidad: el narrador no puede ser el asesino, no es común que lo sea, no cabe en dentro de las opciones. No obstante, ante la única visión del relato, ante los hechos que son incomprensibles, Hércules Poirot no descarta al doctor Sheppard como el responsable, hasta el punto que lo descubre, y al criminal, que era el mismo chantajista, no le queda más por decir si no: “Me hubiera gustado que Hercules Poirot no se hubiese retirado nunca para venir aquí a cultivar calabacines”.

domingo, 6 de mayo de 2018

Crónica: Masacre en el Alfonso López



MASACRE EN EL ALFONSO LÓPEZ: TRIBUNAS, AMORES Y MUERTES
Jhon Monsalve
 Imagen tomada de Vanguardia Liberal
El sábado 28 de abril de 2018, salgo de la universidad a eso de las 5:45 p.m. A las 6:10 p.m., tengo una cita con Ella en los costados más alejados de Cabecera. Ya voy tarde. La hora pico en Bucaramanga es semejante a vivir una y otra vez la experiencia del trancón del cuento Autopista del sur, de Julio Cortázar. Veo oportuno tomar el taxi en la calle y no pedirlo por la aplicación Los Móviles, que utilizo normalmente en las noches, cuando ninguno de los “canarios” se digna a llevarme hasta mi casa, al norte de la ciudad. Me subo, miro la hora: 5:53 p.m.: imposible llegar a tiempo. La llamo a Ella; informo que me demoro un poco y solicito, un tanto con afán, que me guarde los besos y abrazos de paz para más tarde: después del embotellamiento no hay mejor alivio que sus afectos.
El taxista, un señor algo calvo y con cerca de 60 años encima, me ve por el retrovisor y me pregunta la dirección; por poco le digo que voy para el cielo. No imaginaba, en ese momento, que también él viajaría hacia el Edén, junto a los albores de un amor verdadero, lleno de buenas historias y buenos tiempos, pero que, así mismo, presenció, debido a los infortunios de la vida, una masacre en el Estadio Alfonso López, en octubre de 1981.
Tal vez la ruta que conecta con más facilidad a la UIS con Cabecera sea la del estadio. Las noches de los sábados son bastante particulares por la conglomeración de gente del norte de la ciudad que acude a ver partidos en televisores de tienda, a ahogar sus penas o a celebrar sus triunfos con cerveza. La zona rosa de los pobres, frente al estadio, da pie para que el señor taxista rememore sus momentos.
Suena al fondo música de Miguel Morales y, más al fondo, el ritmo de una tecnocumbia. El taxista se fija en los que cantan y beben con camisetas amarillas de apoyo al Atlético Bucaramanga, aunque no sea día de partido, simplemente porque todos los días los hinchas son hinchas y no encuentran otra razón que el fútbol para olvidar sus deudas, sus cuitas, sus sueños frustrados. El taxista se dirige hacia mí: “¡Cómo han cambiado los hinchas del Bucaramanga, joven!”. Me río con cierta estridencia más por el vocativo que por la alusión a los avatares de los hinchas. Me cuenta el taxista que él perteneció a la hinchada del Atlético Bucaramanga por muchos años y que, desde la masacre aquella, no volvió a pisar una grada del lugar. Él era un hincha decente, educado, que no buscaba problemas, que no perseguía encuentros entre hinchas, que no llevaba navajas, que iba al estadio por la pasión misma del fútbol y, aunque el Atlético perdiera o ganara, no hallaba excusas en ello para subestimar o crecerse ante hinchas del equipo contrario. Los hombres y las mujeres que vemos, cuando en el fondo se entremezclan vallenato y ritmos peruano-bumangueses, tienen para el señor taxista pinta de todo menos de hinchas amables y honestos.
Recuerdo que había oído hablar de esa masacre. Incluso le digo al taxista que me enteré por lecturas que hice cuando pertenecía a la Fuerza Leoparda Sur. “Bueno, al menos usted es un hincha que lee”, me dijo con un tanto de desconfianza, como si los que apoyan al Atlético no tuvieran ánimos sino para pelear, bailar cumbias y fumar marihuana. “Propiamente, ya no soy hincha”, respondo. Cuento que pasaba domingos enteros buscando boletas revendidas para los mejores partidos; esas entradas valían casi tres veces más, pero, por relaciones de poder, como suele serlo todo en la vida, los que tenían plata las compraban antes y por montones, mientras los otros mirábamos cómo nos las arreglábamos para comprar una por el precio de tres y no tener que devolvernos a pie hasta la casa.
El taxi ya va llegando a la UCC. La gente por estos lados de la ciudad, cerca de Guarín, es muy diferente a la gente del estadio: cambia su manera de vestir, de pensar, de ver la vida, posiblemente más llena de oportunidades. En el semáforo que antecede las noches de rumba de aquellos que escuchan Diomedes Díaz o se sumergen en los ritmos de las Años Maravillosos, el taxista suelta la pregunta clave: “¿Y por qué dejó de ir al estadio, joven?”.
Le explico que se debía en parte a la prioridad que quise darle al ámbito académico, a la vida universitaria, a planear mi futuro, pero que era consciente de que pude haber realizado las dos cosas a la vez. De inmediato me doy cuenta de que la pregunta era más para él que para mí, como cuando alguien, una persona A, por ejemplo, quiere contar cosas buenas o malas de su vida para desahogarse y opta por preguntarle esas mismas cosas a una persona B con el fin de que esta sienta que se interesan por ella y tenga la actitud de escucha cuando la persona A relate sus penas o felicidades.
Acaba de iniciar el trancón más grande. La carrera 33 está colapsada. Los pitos suenan y los insultos se asoman por las ventanas de los autos. Los insultos, los gritos, el afán de salir del laberinto… Muchos sentimientos similares pueden haber traído con más ahínco el recuerdo de la sangre derramada en el Estadio Alfonso López el 11 de octubre de 1981. Ese recuerdo del taxista va acompañado de otro más grato: el inicio de un amor que no fue obstaculizado ni por la furia de la hinchada del Atlético Bucaramanga que reclamaba al árbitro Eduardo Peña por un penalti que no pitó. Ese día, 11, como los trágicos en el mundo, como el de septiembre de 2001, el de las Torres Gemelas, perpetrado por Osama bin Laden, o como el del atentado en los trenes de Madrid, el 11 de marzo de 2004, por parte de una célula terrorista de tipo yihadista… Ese día, 11 de octubre de 1981, el taxista llevaba tres meses de novios con su actual esposa, y el amor, un tanto con suerte y otro tanto con aguante, resistió a las imágenes que quedarían para siempre en la mente del hincha y de la novia enamorada que se entrega completamente a los idilios del otro, sin que sean sus deseos propios, con el fin de otorgar felicidad. “Hoy todavía mi señora esposa ve los partidos conmigo, aunque no le gusten. Así fue ella al estadio en esa ocasión: más enamorada que apasionada por el fútbol”, dice entre nostálgico y creído.
El trancón sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, en una hilera interminable de carros y autobuses que llevan cientos de personas que, posiblemente, desconocen la historia de esta ciudad bonita, aunque la maldecoren eventos tristes y trágicos. En ese momento, reflexiono en si esta ciudad es bonita o la maquillaron para que pareciera bonita.
Un ambiente de amor o cursilería, dependiendo de quien lo vea, empieza a flotar en el taxi. La voz y la expresión del taxista recuerdan los buenos amores de los viejos tiempos en que el romanticismo era protagónico en las relaciones de pareja. La manera como el taxista se expresa de su esposa solo se compara con las palabras de Florentino Ariza cuando recordaba o se proyectaba a futuro con Fermina Daza. Y, en ese mismo sentido, yo, que deseo llegar pronto a encontrarme con Ella, me pregunto si mantengo la esencia de los amores a la antigua.
El taxista describe que, tomados de la mano con su novia, salieron huyendo de la zona del estadio en la que se hallaban, que oyeron los disparos y que buscaron rápidamente su carro para huir, que un joven solicitaba con la mirada ayuda y que nadie pensaba en apoyar a nadie, solo en salir del laberinto de insultos, gritos y balazos.
Tocándose parte de la calva con la mano izquierda, mientras la derecha la mantiene en el volante, recuerda que la gente quería linchar al árbitro por su trabajo en la cancha. Jugaba el Atlético Bucaramanga con el Junior de Barranquilla un partido en el que se buscaba o un empate o un triunfo para pasar a la siguiente fase del campeonato. Roberto Frascuelli, quien fue capitán del equipo bumangués y quien moriría tiempo después en un fatídico accidente aéreo, tomó el balón luego de una señal realizada por el árbitro Peña y lo ubicó en el punto del penalti. La hinchada, esperanzada en que el partido podría empatarse, pues el Atlético perdía 2-1 frente al Junior, se enfureció al ver que el árbitro aclaraba que la señal que había realizado era para saque de puerta y no para pena máxima.
Ante el desorden de los hinchas y los deseos desenfrenados de hacer justicia por sus propias manos, la policía pudo hacer muy poco y se lanzó, por tanto, el llamado al Ejército Nacional para que aportara en la solución de este problema de orden público. Efectivamente, los soldados actuaron, con intención o sin ella, sobre la multitud enardecida. Según parece, después de que a un soldado se le escapara un tiro, los demás comprendieron ese acto como una orden de fuego. Así se ha justificado en parte este hecho que queda en el olvido de la comunidad bumanguesa, que habita en esta ciudad bonita, más por maquillaje que por belleza natural.
A partir de mis lecturas, donde se aseguraba que habían sido solo cuatro muertos en aquella masacre, cuestioné sobre la cantidad de víctimas. El taxista recuerda, hasta donde vio, que eran decenas de heridos y de muertos. Puede ser que los periódicos y los documentos oficiales hayan reducido el número… y no es raro. En un país, en donde la Masacre de las Bananeras tuvo solo nueve muertos en los archivos históricos oficiales, cuando los informes de la mismísima United Fruit Company afirmaban que fueron más de mil, queda la duda de si se escondieron los muertos del Alfonso López o si en realidad el Ejército con las balas de salva dio de baja a cuatro, no más, aquellos que tuvieron piel y órganos tan débiles que pudieron morir con el impacto de la invisibilidad.
Y en medio de ese caos estaba el señor taxista con su actual esposa, tratando de escapar de las balas que unos dicen que fueron de salva, pero que increíblemente perforaban la piel, los órganos, hasta el brote de la sangre sobre las gradas y el prado del estadio más negro y triste del nororiente colombiano. Cuenta, nuevamente pasándose la mano por el espacio baldío de su cabeza, que la gente lloraba y gritaba, gritaba y lloraba, aquí y allá, así y así, gritos, llantos, el carro arrancó, la luz del laberinto se observaba cercana y surgió el adiós para siempre al fútbol en los estadios.
Ya no hay trancón. El taxista opta por bajar unas cuadras para buscar una calle que nos lleve hasta un paraíso cercano a la Clínica Bucaramanga, donde me espera Ella, a quien no dejo de imaginar como la novia que corre agarrada de la mano del hincha para escapar de la muerte. Reflexiono sobre esa costumbre que tengo de suponer que el cine, la literatura, la música y las historias cotidianas están dados para mí y para Ella, y que llegan a mis sentidos con el fin de que imagine la vida de otros como si fuera la nuestra. El taxista también decide, después de esa carrera, acudir donde su esposa: ya la extraña; entre tantos recuerdos, parece surgir la necesidad de verla.

miércoles, 25 de abril de 2018

Vigilancia independiente del Norte de Bucaramanga: Análisis discursivo de un comunicado de ofrecimiento de servicios

VIGILANCIA INDEPENDIENTE DEL NORTE DE BUCARAMANGA: ANÁLISIS DISCURSIVO DE UN COMUNICADO DE OFRECIMIENTO DE SERVICIOS

Jhon Monsalve


1.      Introducción
El discurso, según su modalidad, puede ser oral o escrito[1]. No obstante, se caracteriza por ser sincrético, es decir, por permitir que otros elementos que no son propiamente lingüísticos hagan parte del proceso de significación del acto discursivo. Es por ello que el analista, cuando pretende estudiar el discurso oral, no puede prescindir de lo cinésico o de ciertos elementos proxémicos, pues estos también determinan la comprensión del objeto de análisis. De la misma manera, cuando el corpus es un discurso escrito, debe tener en cuenta, además de los hechos propios de la lengua, los factores paratextuales. Lo anterior daría pie, sin duda, a definir el discurso no simplemente como un acto lingüístico, sino como un proceso semiótico, en el cual pueden converger diversos códigos:
(…) el proceso semiótico aparece, entonces, como un conjunto de prácticas discursivas: prácticas lingüísticas (comportamientos verbales) y no lingüísticas (comportamientos somáticos significantes, manifestados por los órdenes sensoriales).  (Greimas y Courtés: 1990, p. 126).
Los comportamientos somáticos a los que se refieren los autores del “Diccionario razonado de la teoría del lenguaje” podrían identificarse, en un discurso escrito, en aquellos elementos que se observan en el objeto soporte y que no son propiamente lingüísticos: el material, el formato, la tipografía y, llegado el caso, las imágenes. Estos factores podrían, incluso, determinar acciones de poder discursivo.
Teniendo en cuenta la anterior contextualización teórica, este trabajo tiene como propósito presentar el análisis de un comunicado que circuló, puerta a puerta, en el mes de agosto de 2013 en algunos barrios del norte de Bucaramanga. A partir de este estudio, puede comprenderse, por una parte, ciertos valores o problemas sociales tales como la inseguridad, y por otra, el fin persuasivo que está implícito dentro del discurso escrito. Para ello, con base en la teoría discursiva de Van Dijk y en algunos aportes de Searle y de Calsamiglia y Tusón en torno al análisis del discurso, se estudia, primeramente, el tema y la relación entre los sujetos que intervienen en el discurso; en segunda medida, se analizan los elementos paratextuales y, por último, la organización textual y los factores lingüísticos.
2.      Temática, ilocución y perlocución
A modo de carta (ver anexo), el comunicado de la Vigilancia Independiente del Norte de Bucaramanga, ofrece sus servicios de atención y seguridad social a los pequeños negociantes. En primer lugar, se evidencia la constante alusión a los ladrones y delincuentes que atemorizan tanto a los clientes como a los comerciantes y, luego de ello, se ofrece el servicio de protección como medio de solución a la inseguridad social. A partir de lo anterior, puede notarse un actuar ilocucionario:
Los actos ilocucionarios y proposicionales consisten característicamente en emitir palabras dentro de oraciones, en ciertos contextos, bajo ciertas condiciones y con ciertas intenciones (…). (Searle: 1994, p. 33).
En este caso, junto al ofrecimiento, se está haciendo una promesa de protección, si y solo si los beneficiados, tal cual se informa en la última parte del comunicado,  pagan una cuota de 5000 pesos semanales. Esta promesa explícita en el texto tiene: 1) como contenido proposicional un actuar próximo del locutor, 2) la presunción de que los lectores prefieren que se realice el acto de seguridad ciudadana a que no se realice, 3) una disposición de cumplir el acto de promesa y 4) una obligación a llevarlo a cabo. Los puntos inmediatamente anteriores equivalen a las reglas ilocucionarias que John Searle denomina, respectivamente, como Regla de contenido proposicional, Reglas preparatorias, Regla de sinceridad y Regla esencial[2]
Del mismo modo, se evidencia un presupuesto actuar perlocutivo. Es decir, el acto ilocucionario de la promesa pretende causar ciertos efectos persuasivos en los lectores; de lo contrario, este no se realizaría completamente, tal cual lo afirma Jorge Lozano (1986):
La intención ilocucionaria del locutor debe ser correspondida, de parte de su interlocutor,  con un determinado efecto ilocucionario; sin tal correspondencia el acto ilocucionario no se puede considerar plenamente realizado (p. 194).
Para este caso en particular, puede decirse que la promesa se lleva a cabo, siempre y cuando se haya cancelado el valor semanal de vigilancia. Van Dijk (1984) explica este acto de habla de la siguiente manera, partiendo de dos oraciones condicionales:
La expresión de tales frases vale como una promesa condicional y como un consejo[3] condicional (…). Estos términos, sin embargo,  pueden ser engañosos. Debemos entender que significan que una promesa o dar un consejo se realiza solo si se satisfacen las cláusulas condicionales. (p. 308).
Así las cosas, los enunciadores de la carta tienen un propósito definido: el ofrecimiento de servicios de seguridad ciudadana, y pretenden, por medio de un discurso persuasivo, que los enunciatarios paguen la cuota semanal para que sean protegidos. Esta persuasión se comprende, además, en la organización discursiva, debido a que primero se enfatiza en los peligros que corren los clientes y los comerciantes en los sectores del norte de Bucaramanga, para después ofrecer sus servicios a cambio de cierta suma de dinero. 

3.      Elementos paratextuales
El comunicado en cuestión está impreso. Algunos espacios se dejaron en blanco para completar cierta información concerniente a la fecha, al número de celular al que los interesados pueden comunicarse, al valor del servicio y a la firma del coordinador de la organización. No obstante, las grafías que van sobre estos espacios siguen dentro del plano lingüístico, pero con la variación particular en la representación del código. Es necesario tener claro que, sin embargo, existen otros códigos semióticos que influyen en la configuración del discurso escrito:
Si el soporte de la comunicación oral son principalmente los hablantes por sí mismos, sus expresiones faciales, movimientos y gestos, el soporte de la comunicación escrita se materializa en objetos reales, autónomos que aparecen en contextos materiales determinados. Al conjunto de códigos semióticos que pueden aparecer concomitantes con el texto escrito se le ha llamado paratexto (Calsamiglia y Tusón: 2001, p. 86).
En la cita anterior, se presenta un parangón entre los elementos extralingüísticos de la oralidad que también aportan a la significación y las diversas formas semióticas (no propiamente códigos) que configuran elementos semánticos de la escritura. Lo que Calsamiglia y Tusón definen como paratexto, puede comprenderse, a partir de su propia teoría, en cuatro aspectos[4] que se relacionarán a continuación con el comunicado de la Vigilancia Independiente del Norte de Bucaramanga: 1) El material soporte: el comunicado está impreso en papel;  2) El formato: el tamaño de la hoja es propio de una carta; es decir, concuerda con  el género discursivo;  3) La tipografía y el diseño gráfico: el título sobresale en tamaño e intensidad de color; se hace uso de la negrilla en el destinatario de la información y en el apócope de la referencia. El texto no está justificado tipográficamente, el tamaño y tipo de la letra corresponden a Arial 12 y, a pesar de que se combina la escritura a mano con la digital, no hay firma del remitente. El último de los aspectos que exponen Calsimiglia y Tusón concierne al sincretismo de códigos semióticos tales como escritura-imagen-diagramas-tablas. En este análisis se omite este aspecto por el hecho de que se cuenta únicamente con el código lingüístico.
Ahora bien, los datos precedentes podrían caracterizar, hasta cierto punto, el acto ilocucionario del discurso. El hecho de que esté resaltado el título (que hace referencia al remitente), el destinatario y la referencia, es una manera de hacer énfasis en la entidad que ofrece el servicio, en quien podría beneficiarse de él y  en la razón por la cual se hace el comunicado.  El tamaño de la letra, la estructura utilizada y la fusión de escritura a mano con la del formato Word harían suponer que el remitente pretendía respetar las normas propias del género discursivo, pero que, por motivo de posibles cambios de fecha, de precios o de número celular, prefirió limitarse a un formato particular que podría imprimir cuando lo considerara necesario y, así, poder completarlo con la información correspondiente y actualizada. Por otra parte, el hecho de que la carta no esté firmada por el coordinador de la organización, supondría que la responsabilidad de los servicios prestados se adjudicaría no a una sola persona, sino a la entidad en general: Vigilancia Independiente del Norte de Bucaramanga, que sería, según lo afirma Fontanille (2006) basándose en Benveniste, el sujeto de la enunciación implícita:
(…) si hay enunciación, entonces hay sujeto. Si esta enunciación es una representación simulada en el enunciado, entonces tiene que ver con un simulacro enunciado del sujeto; si queda presupuesta por el enunciado, entonces tiene que ver con “el sujeto de la enunciación implícita”. (p. 225).
En este caso, no se podría hablar de un simulacro porque no hay representación aparente del sujeto en el enunciado (el pronombre nos no indica con precisión si se trata o no de los vigilantes. Cf. el punto 3 del presente trabajo) , sino más bien una enunciación presupuesta que indicaría que los enunciadores del discurso hacen parte de la organización de vigilancia. Lo que no puede constatarse de ninguna manera es si, en realidad, el autor se corresponde con el nombre Jairo Ramírez, tal cual aparece al final del comunicado, pues si el precio de la celaduría cambia dependiendo del vigilante (información que se da en el último párrafo del cuerpo de la carta. Ver anexo), podría suponerse, y solo como conjetura, que, en últimas, es este quien enuncia.
De esta manera, puede comprenderse la importancia de los elementos paratextuales del discurso escrito objeto de estudio. En otras palabras y partiendo de lo analizado, tanto el formato y el soporte como la tipografía y el diseño gráfico aportan rasgos semánticos al acto discursivo.
4.      Organización textual y elementos lingüísticos
El comunicado en cuestión posee algunos elementos formales propios de la carta. Este género discursivo se caracteriza, según Jesús Sánchez Lobato, Ángel Cervera, Guillermo Hernández y Coronada Pichardo (2007), por “estar distribuida de una manera fija y ordenada” y que consta de membrete, lugar y fecha, encabezamiento, saludo, introducción al cuerpo, cuerpo en forma epistolar, despedida y, llegado el caso, posdata (Cf. P. 399). En la carta objeto de estudio, se encuentra, en primera medida, el título, poco frecuente en la escritura epistolar, que se refiere, de cierto modo, al remitente. Seguido de este, aparece el número del Registro Único Tributario (RUT) de la empresa de vigilancia para crear el efecto de veracidad y legalidad en el documento. Justo después aparece la información típica de ciudad y fecha, del destinatario y de la referencia; luego, viene el cuerpo de la carta y, por último,  el espacio para la firma (en este caso, inexistente) del destinador. Con respecto al cuerpo del comunicado, puede decirse que está organizado a partir de una suerte de relevancia, que consiste en que los enunciadores centran la primera información en los problemas de inseguridad que ha habido en el sector, para terminar con la propuesta de ofrecimiento de servicios. En otras palabras, los enunciadores hacen relevante la primera información para su beneficio, priorizando, por ende, en la inseguridad del sector, que es, a la vez, la información conocida y compartida con los comerciantes. Esta noción de relevancia es expuesta por Van Dijk en “Texto y contexto” y en “Ideología y discurso”, de la siguiente manera, respectivamente:
(…) un hecho y, por tanto, el conocimiento de tal hecho, es importante en relación con un contexto o en general con una situación si es una condición inmediata para un suceso o acción probable (o prevención de estos) en ese contexto o situación. (1980: p. 296).
(…) la información que expresamos al principio de un texto tiene más énfasis: se entiende primero y, por lo tanto, controla mejor la interpretación del resto del texto. Es decir, existe un paralelismo entre la importancia semántica y la prominencia formal (…). Por muchos motivos (…) este paralelismo puede manipularse” (2003: p. 70).
A partir de lo anterior, en el comunicado resulta importante el conocimiento de los hechos de inseguridad como condición inmediata de otro hecho subordinado. En este caso, la información del “raponeo y del malestar causando por indigentes” es relevante con respecto a los propósitos ilocucionarios. Por otra parte, dicha información podría llegar a ser notable por el hecho de la valoración social en torno a la inseguridad que, se presume, caracteriza a la comunidad. En pocas palabras: parece ser que se manipula el orden de la información en relación con su contenido con el fin de producir efectos perlocucionarios: persuasión de la seguridad ofrecida a cambio de una suma particular de dinero.
Ahora bien, dentro del cuerpo de la carta se evidencian ciertos elementos lingüísticos que demuestran el uso propio de la lengua del destinador (o de los destinadores, como se expondrá más adelante), que, al parecer, no ha desarrollado una competencia de escritura óptima. A continuación, se tratará, entonces, de estudiar la organización proposicional del enunciador para comprender la forma en que cohesiona las ideas: la cohesión, según María Cristina Martínez (1997), “se refiere a la manera como los usuarios de una lengua organizan un desarrollo proposicional en el discurso” (p. 41).
En el primero de los siete párrafos que componen el comunicado, se presenta la voz enunciadora con la conjugación del verboide poder en tercera persona plural acompañado por el pronombre nos, que vuelve a aparecer en el tercer párrafo con el verbo ponemos y en el quinto con el pronombre nosotros. En este mismo párrafo, la alusión a los enunciadores se impersonaliza en dos ocasiones: se requiere de la unión (…) con la ayuda mutua se pueda oficializar el servicio. Posiblemente, si se hubiese hecho uso del pronombre de primera persona plural (nosotros), habría causado cierta desconfianza en los lectores, debido a que los propósitos serían muy propios de la empresa de vigilancia y no de los beneficiados: en estos fragmentos, los vigilantes son los que requieren de la unión y los que desean oficializar el servicio.  Por otra parte, el uso del pronombre nos como enunciador parece no referirse a los vigilantes, sino a un grupo de personas que dirigen y evalúan el trabajo. A este respecto, en el primer párrafo se afirma que: “(…) nos permitimos ofrecer el servicio de vigilancia PERMANENTE EN LOS SECTORES, vigilantes que estarán a su disposición (…)”; las palabras que aparecen en itálica se refieren, por lo visto, a dos sujetos del enunciado totalmente distintos.
En el primer párrafo, la mayúscula sostenida cumple la función de énfasis. El foco de la información recae, entonces, sobre la permanencia diaria de los vigilantes en los sectores inseguros. Esto aporta, sin duda, al grado de relevancia del enunciado, del mismo modo que en el último párrafo la palabra Valor fue escrita con mayúscula inicial, con el fin de acentuar el precio del servicio prestado.  
Por otra parte, la mala puntuación (sobre todo la carencia de comas después de conectores o antes de adversativos; verbigracia, en el tercer párrafo, antes de la conjunción adversativa pero o después del conectivo En tal sentido), los errores en la transcripción de palabras (causando, en lugar de causado, en el primer párrafo; comunicarle en lugar de comunicarse, en el cuarto; y en el sexto, la falta de la consonante r en el verboide vincular) y la mala acentuación (está, número, próspero) a lo largo del comunicado demuestran, de igual modo, el uso propio de la lengua por parte de los enunciadores. En este aspecto lingüístico no se ahonda lo suficiente por cuestiones de pertinencia con respecto al propósito de este trabajo, pero la descripción dada serviría, y solo posiblemente, para proponer una caracterización general tanto del sujeto enunciador como del enunciatario: en otra situación, por ejemplo, el discurso habría variado si los destinatarios hubiesen pertenecido a la zona oriental de Bucaramanga.
Así las cosas, la organización textual y la sintaxis aportan elementos necesarios para la comprensión pragmática del comunicado objeto de estudio. A partir de estas, pueden comprenderse asuntos tales como la relevancia o la competencia lingüística del enunciador.
5.      Conclusiones
Este análisis discursivo sobre el comunicado de la Vigilancia Independiente del Norte de Bucaramanga demuestra propósitos ilocutivos que pretenden causar efectos persuasivos en los destinatarios. Sobre este aspecto, valdría la pena retomar la proposición con la cual finaliza el tercer párrafo del anexo: “En tal sentido ponemos a consideración la frase de que la unión hace la fuerza”. Esta oración tiene como fin persuadir sobre el pago del servicio ofrecido a los comerciantes a cambio de la seguridad prestada; es decir, habría una condición para llevar a cabo la promesa de protección ciudadana. 
Por otro lado, los elementos paratextuales del discurso escrito aportan a la comprensión global del comunicado. La tipografía, el diseño, el formato y el soporte son factores semánticos que ayudan a comprender, por ejemplo, los motivos por los cuales hay letras más grandes que otras o usos de la negrilla solo en algunas palabras. Lo paratextual también aporta en la comprensión de las razones por las cuales se dejan espacios en blanco: existe un formato prestablecido a partir del cual se completa la información dependiendo de la fecha, de los datos y del precio particular del vigilante encargado de un sector determinado. En últimas, no es el autor de la carta quien cobra el dinero; sin los espacios en blanco habría sido imposible llegar a esta conclusión.
Por último, el estudio de la organización textual y de los usos lingüísticos del enunciador describe la relevancia temática en el comunicado y los fines ilocucionarios de tal acto. Además, el análisis del uso del discurso escrito del destinador ayuda a comprender, por un lado, la manera en que cohesiona las proposiciones y, por tal motivo, su competencia particular en escritura. 
De esta manera, el discurso escrito, para ser comprendido en su totalidad, debe estudiarse partiendo tanto de lo lingüístico como de lo paralingüístico. Si no se hubiera tenido en cuenta este último factor, jamás se habrían comprendido las razones por las cuales, en el comunicado, hay palabras más grandes que otras, vocablos con negrilla o espacios en blanco. Y viceversa.





Bibliografía
Calsamiglia, H.  y Tusón, A. (2001). Las cosas del decir. Barcelona: Editorial Ariel.
Cortés, L. y Camacho, M. (2003). ¿Qué es el análisis del discurso? Barcelona: Ediciones Octaedro.
Fontanille, J. (2006). Semiótica del discurso. Lima: Fondo Editorial.
Greimas, A.J. y Courtés, J. (1990). Semiótica. Diccionario Razonado de la teoría del lenguaje. Madrid: GREDOS.
Lozano, J. (1986). Análisis del discurso: hacia una semiótica de la interacción textual. Madrid: Cátedra.
Martínez, M. (1997). Análisis del discurso. Cohesión, coherencia y estructura semántica de los textos expositivos. Cali: Universidad del Valle.
Sánchez, J. Cervera, A. Hernández, G. Pichardo, C.  (2007). Saber escribir. Colombia: Editora Aguilar.
Searle, J. (1990). Actos de habla. España: Printer Industria Gráfica S.A.
Van Dijk, T. (1984). Texto y contexto. Madrid: Ediciones Cátedra.
Van Dijk, T. (2003). Ideología y discurso, una introducción multidisciplinaria. Barcelona: Ariel.





[1] Cf. Cortés, L. y Camacho, M. (2003). ¿Qué es el análisis del discurso? Barcelona: Ediciones Octaedro, p. 66.
[2] Cf. Lozano, J. (1986). Análisis del discurso: hacia una semiótica de la interacción textual. Madrid: Cátedra, p. 192. 
[3] Para este caso, sería una promesa condicional.
[4] Cf. Calsamiglia, H.  y Tusón, A. (2001). Las cosas del decir. Barcelona: Editorial Ariel, págs. 86-89. 

sábado, 20 de enero de 2018

Cuento: "El pueblo de la igualdad de género"

El pueblo de la igualdad de género
Jhon Monsalve
Imagen tomada de: http://ariesonline.com.ar/noticia/10441/hoy-inicia-jornada-nacional-de-educacion-en-igualdad-de-genero

Las violadoras de aquel pueblo defensor de la igualdad de género empezaron a preocuparse porque por fin las descubrieron. Tras años de responsabilizar y de publicar en noticias la culpabilidad que recaía únicamente sobre los violadores, los y las periodistas habían dejado a las violadoras libres y tranquilas para cometer los actos sexuales mal valorados por esta cultura que, aparte de ser creyente en Dios y lectora de una Biblia bastante misógina, defendía –vaya paradoja-- a capa y espada la igualdad de la mujer en una sociedad patrialcal y machista.
Algo similar pasó con las marihuaneras y consumidoras de bazuco. Se generalizaba tanto con el uso del plural masculino, que habían quedado ajenas a todo juicio social, y, por tanto, encajaban dentro de una comunidad siempre libre de todo tipo de pecados. Las borrachas estaban también bajo la mira y empezaron a ser sorprendidas en lugares semioscuros en donde los billetes de la quincena desaparecían al ritmo de las cervezas y los hombres solicitados a la carta. Los hijos de estas señoras lloraban de hambre en sus casas, como lo habían hecho siempre, pero, por lo menos, ahora tenían la esperanza de ser escuchados: ya no había solo borrachos en este lugar, sino también --y consecuente con la igualdad de género, casi en la misma proporción-- había borrachas.
Las asesinas protagonizaban frecuentemente los titulares de las noticias. Los diarios amarillistas intentaban matizar el discurso para que no sonara tan fuerte. Los periódicos más respetados y serios no caían en eufemismos; eran bastante imparciales: la palabra asesina, para seguir los rasgos propios de esta cultura, cuando no iba en mayúscula, iba en rojo intenso. Por tal motivo, solo los intelectuales o gente muy culta leía este tipo de periódicos, que ya empezaban a ser considerados de izquierda y, sin saber por qué, también ateos.
En este pueblo la fealdad de las mujeres no es un tabú. Los abuelos de hoy recuerdan que, en tiempos remotos, todas las mujeres eran bellas y que se consideraba irrespetuoso decirle a alguna Fea, por muy desproporcionado que tuviera el rostro. Pero, en aras de la igualdad de género, así como criticaban la fealdad masculina, las mujeres también fueron consideradas feas, hasta el punto –-vaya sorpresa—que los y las periodistas más respetados y respetadas sacaron a la luz una información que atrajo el interés de los académicos y académicas más importantes: por una cantidad considerable, había más mujeres que hombres en la situación, ahora incómoda, de pertenecer a la categoría de los monstruos.
Fue tanta la importancia de la igualdad de género que las jefas de ciertos trabajos brindaron oportunidad solo a las mujeres, hasta el punto que los hombres casi que protestaban por otra igualdad en donde cupieran todos. Entonces, de la misma manera como muchos hombres lavaban y planchaban en la casa, las mujeres fueron contratadas en oficios que habían sido exclusivos del género masculino durante muchos años: las obreras de construcción trabajaban de sol a sol para llevar a casa el sustento diario, no sin antes tomarse una cerveza al compás de buenos vallenatos de Los Inquietos y del Binomio de Oro.

Hoy por hoy, los hombres del pueblo siguen con la idea de enunciar protestas para lograr una igualdad social de género, mientras los y las periodistas y los académicos y las académicas tratan de concientizar a la multitud masculina para que respeten las normas, tanto lingüísticas como políticas, instauradas en este pueblo.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Contra los argumentos de José Manuel Blecua en torno a la importancia de la "h" en lengua española

CONTRA LOS ARGUMENTOS DE JOSÉ MANUEL BLECUA EN TORNO A LA IMPORTANCIA DE LA “H” EN LENGUA ESPAÑOLA
Jhon Monsalve
Imagen tomada de: http://www.semana.com/cultura/articulo/la-incognita-de-la-letra-h-por-que-existe-si-no-suena/546242

La Revista Semana publicó hoy, 6 de noviembre de 2017, un artículo que toma de BBC Mundo referente a la importancia de la letra hache (h) en lengua española. En este se aborda, de manera general, la importancia histórica de la letra, desde los fenicios, griegos, romanos y hablantes de lenguas vernáculas (específicamente, la del pueblo hispano) hasta nuestros días. En breve, lo que defiende el artículo es la importancia que tiene hoy la letra “h”, a pesar de que se considere inútil y de que escritores como García Márquez hubieran propuesto su eliminación del alfabeto. Para sustentar los argumentos, la editorial del periódico virtual (leído por una gran cantidad de hispanohablantes) cita al filólogo José Manuel Blecua, quien fue entrevistado, al parecer, para concretar argumentos sólidos de que la letra en mención es bastante útil.
Hasta aquí todo va bien. No obstante, cuando se leen las razones del que también fue conocido como director de la Real Academia de la Lengua, desde 2010 hasta 2014, surgen vacíos que deberían tenerse en cuenta, antes de viralizar la información que ofrece la noticia. En la presente entrada, contradiré los argumentos del Doctor en Filología Románica, según las explicaciones que hace sobre la importancia de la “h” (o al menos, de cómo lo presenta el medio de comunicación virtual).
El artículo se llama “La incógnita de la letra H: ¿por qué existe si no suena?”. Desde la función catafórica del título, se evidencia una intención comunicativa consistente en dar razones sobre por qué es útil esta letra del alfabeto. Blecua afirma en la entrevista: “La H es una letra muy compleja, y existe porque ha ido reuniendo a lo largo de la historia una serie de valores, algunos de los cuales han desaparecido pero otros se mantienen”. Se supone, ante esta aclaración, que el filólogo centrará sus argumentos en los valores que mantiene hasta hoy la “h”. Y eso está bien: era lo que necesitaba el periódico. Empero, tales valores parecen ser muy poco pertinentes para la descripción lingüística que busca el acto comunicativo.  
El primero de ellos, que puede servir para una buena explicación de por qué la “h” existe hoy, pero no de por qué es útil hoy, sería el siguiente: “Blecua defiende que la H no es una letra inútil, aunque pueda parecerlo”. Y cita el periódico: “Tomemos por ejemplo la palabra ‘huevo’. A simple vista, parece absurdo que lleve una H inicial. Pero esa H está justificada. Antiguamente, las letras U y V se escribían exactamente igual, con la misma grafía. La H sirve para identificar que la letra que la sucede en la palabra ‘huevo’ es una U y no una V”. Como tal distinción entre la letra “u” y “v” no existe hoy, pero sí fue importante en un español antiguo, el argumento es anacrónico y, por tanto, la letra “h” no sería esencial hoy (recordemos que, a partir de la necesidad de explicar la utilidad de la letra en nuestros días, surge el artículo). Pero, bueno, obviando lo anterior, se diría que, efectivamente, la letra “h” se escribe al inicio de palabras que presenten diptongos que inicien con “u” tales como “huevo”, “hueco” “huir” “huilo” “huaca” “huarpe”, porque no existían (o tal vez cobraban otros sentidos), desde una perspectiva diacrónica de la lengua, las palabras “vevo”, “veco”, “vir”, “vilo”; la manera que buscaban los hablantes para diferenciar la “v” con valor de vocal y la “v” con valor de consonante era anteponer la “h” a la vocal. Y muy bien, claro que sí, pero en el español de hace varios siglos; no en el de hoy.
Y el periódico continúa con los argumentos basados en las respuestas de Blecua: “Y aún da otro ejemplo más de su utilidad: «La palabra búho. La H intercalada sirve para marcar un hiato», subraya. Es decir: para advertir al lector de que hay una separación entre la U y la O, que la palabra búho se compone de dos sílabas y no de una”. Si esto fuera así, en todos los hiatos que surgen de diptongos rotos en lengua española, las vocales irían divididas por una “h”, como sucede con “bahía” o “retahíla”. Bajo este argumento, por ejemplo, se deberían escribir con esta letra cientos de palabras, entre otras: “alcaldía”, “grúa”, “ganzúa”, “todavía” e incluso “ortografía”. La “h”, por supuesto, en el español actual, no es determinante de diptongación rota o de hiato (recordemos que existen dos clases de hiato: a. dos vocales abiertas unidas que forman dos sílabas distintas y b. una vocal abierta y otra cerrada, sin importar el orden, cuyo acento lo lleva la cerrada, y forma, de igual manera, dos sílabas distintas), y, por lo tanto, el argumento es poco válido y no aporta a la comprensión de por qué la letra “h” es útil en la lengua española de hoy.
El siguientes es el último argumento que propone el periódico, sin citar ya a Blecua, pero bien puede suponerse que influenciado en sus respuestas: “Y, por supuesto, la H sirve a la hora de escribir para diferenciar palabras homófonas, vocablos que en el lenguaje hablado suenan exactamente igual aunque tienen significados distintos. Porque no es lo mismo huno que uno, hojear que ojear, hola que ola o hala que ala”. Este argumento es bastante interesante para determinar la utilidad de la “h” en el español actual, pero, ¿acaso el hablante puede reconocer cuándo es una palabra homófona y cuándo homógrafa para decidir si usa o no la “h”? Por ejemplo, ¿cómo saber que la palabra objeto, que puede adquirir muchos sentidos, entre ellos, el de cosa y el de fin, es homófona u homógrafa? Si ocurriera con todas las palabras lo que sucede con “hojear” y “ojear” o con “hola” y “ola”, podríamos quitarnos el dolor de cabeza de preguntar si palabras como “objeto” inician con “h” o no, pues, simplemente, diríamos que cuando hace referencia a cosa sí se escribe la letra muda, pero cuando hace referencia a finalidad, entonces, no se escribe.
Con lo anterior se evidencia que los argumentos del periódico y de Blecua son poco válidos para los fines que el artículo perseguía. Si existe la intención de buscar razones que sustenten el uso de la letra “h” en la lengua española de hoy, habrá que intentar, al parecer, con otros argumentos.
Y me voy, ya no critico más. Ojalá el Doctor José Manuel Blecua se dé cuenta de cómo generalizaron sus respuestas (porque estoy seguro de que fue tergiversación involuntaria del periódico y no ignorancia del filólogo), para que escriba a BBC con el fin de que mejoren o aclaren con más detalles las respuestas que otorgó.

domingo, 16 de abril de 2017

El protagonismo de los dioses en la literatura mitológica de los mayas y los griegos

El protagonismo de los dioses en la literatura mitológica
de los mayas y los griegos
Jhon Monsalve
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Imagen tomada de: http://squitel.blogspot.com.co/2015/04/popol-vuhla-sagrada-narrativa-de-la.html
Los lectores de los mitos griegos habrán notado el protagonismo de los dioses en esta literatura: sus actos de guerra contra otras deidades o las relaciones a veces contrariadas y a veces aceptadas con los humanos. No es raro ver en los escritos griegos que un dios condena, por una falla de cierto hombre, a toda la descendencia de este. Tampoco es raro encontrar relaciones positivas entre un héroe griego y un dios que lo acompaña o protege. La relación entre dios y hombre es recurrente en Grecia, pero también las relaciones entre divinidades, sus encuentros y diferencias. El objetivo de este comentario es comparar el protagonismo de los dioses griegos con la importancia representativa de las deidades en el libro sagrado de los mayas: el Popol Vuh.
También en El libro del Consejo se halla una relación estrecha entre las tribus que se forman con sus respectivos dioses. Sigue presente la conexión entre humanidad y divinidad, propia de las culturas. No obstante, del mismo modo como sucede en Grecia, las deidades mayas viven en constante lucha con otras, hasta el punto que, en gran parte del Popol Vuh, los protagonistas son dioses y el humano se desdibuja de las páginas del libro.
En la literatura griega, hay claros ejemplos de cómo los dioses son los sujetos protagonistas de esta mitología. Puede recordarse fácilmente a Eros que, herido y retado tras un enfrentamiento con Apolo (también deidad), decide enviarle una flecha de oro para que se enamore profundamente del primer sujeto que vea, mientras que a Dafne le envía una flecha de plomo para que, después de la misma acción, odie al primer sujeto. Actos similares ocurren en el Popol Vuh: no se trata de cómo un dios juega con el amor de otra divinidad, sino de cómo Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú aceptan el reto de jugar pelota con los Señores del Xibalbá. No hay humanos por ninguna parte: en el mito griego, Dafne es una ninfa y los dos restantes son dioses; en el mito maya, las deidades bajan al infierno para aceptar el reto; los humanos son apenas un plan.
En la mitología griega, la guerra entre dioses es tan común que ha sido llamada Titanomaquia. Antes de que el humano existiera, los dioses, según reza en esta literatura, luchaban constantemente por razones diversas; entre otras, el poder o el dominio del cielo y del mar. Es lo que sucede, por ejemplo, con la guerra entre Zeus y los Titanes, hermanos de Cronos. Después de que este dios destituye del poder a Urano, inicia una época de gobierno igualmente injusta: libera a los Titanes y se come a sus propios hijos para evitar que estos cumplan los propósitos vengativos de Urano. Zeus lucha contra Cronos y los Titanes durante diez años, hasta que los vence y se hace dios Cielo, así como Poseidón del Mar y Hades del Infierno.
En el Popol Vuh la lucha también es entre deidades y con el objetivo expreso del poder. Después de que Hun-Hunahpú muere en el Xibalbá, sus dos hijos, Hunahpú e Ixbalanqué, persiguen no solo la venganza de la muerte de su padre, sino también el hecho de no ser subyugados por los Señores del infierno, tal como queda explícito en la voz de los hermanos-dioses: “Puesto que ya no existe vuestro gran poder, ni vuestra estirpe, y tampoco merecéis misericordia, será rebajada la condición de vuestra sangre” (p. 120).

A partir de lo anterior, puede concluirse que las deidades, tanto en la literatura griega como en la mitología maya, son protagonistas. Aunque existen muchas más congruencias que las desarrolladas en este comentario, es importante rescatar al menos dos similitudes: en primer lugar, las relaciones entre los dioses y los humanos están presentes en las dos literaturas. Sin embargo, existen momentos en que el foco de la narración recae exclusivamente en los dioses; sobre todo, cuando el hombre no existe aún. En segundo lugar, las relaciones, normalmente bélicas, entre las deidades tienen un objetivo claro: el poder.