domingo, 16 de diciembre de 2018

Reseña sobre "Vida de Jesús", de Ernest Renan


RESEÑA SOBRE VIDA DE JESÚS, DE ERNEST RENAN

Jhon Monsalve

VIDA DE JESÚS - ERNEST RENAN - EDICIONES PETRONIO - GRANDES OBRAS UNIVERSALES (Libros de Segunda Mano - Religión)
Imagen tomada de: https://www.todocoleccion.net/libros-segunda-mano-religion/vida-jesus-ernest-renan-ediciones-petronio-grandes-obras-universales~x113694663

Renan, Ernest (1968). Vida de Jesús (Traducción de Agustín Tirado). Madrid: E.D.A.F. Goya.

El 24 de junio de 1863 se publica en Francia, por vez primera, Vida de Jesús, escrita por el controversial Ernest Renan, recordado por sus posturas racionales sobre el Mesías, en las que niega todo acto sobrenatural del Hijo de Dios, incluido, por supuesto, el de la resurrección. Existe una biografía amplia del autor, pero parece ser que un solo momento de estos se configura como pertinente para la reseña sobre su libro más representativo: es matriculado, desde niño en una escuela católica, que deja tras una crisis religiosa que afecta, en gran parte, a varios intelectuales de la época. Tal decisión no es extraña: el siglo XIX consolida los avances científicos y la industria, lo que conlleva una forma diferente de percibir el mundo místico. Vale aclarar que Renan no es considerado ateo, pero sí un revolucionario en torno a la idea de la divinidad de Jesús.

Vida de Jesús es considerado el libro más representativo de Ernest Renan, por dar cuenta de las vivencias del Hijo de Dios, desde una perspectiva más histórica y crítica que aquella expuesta en los evangelios canónicos. En una introducción detallada sobre las bases que tiene presentes para la escritura de este discurso, el autor reseña las incongruencias y vacíos entre los evangelios de la Biblia e incluso, a partir de una reflexión histórica, asegura que Marcos y Mateo conocen someramente Palestina, que el texto de Juan fue el último en aceptarse (cabe aclarar que, a propósito, el apéndice de la obra de Renan está centrado exclusivamente en comentarios en torno al evangelio de Juan) y que el libro de Lucas es una extensión de los dos primeros: “En general, el tercer Evangelio parece posterior a los dos primeros y ofrece las características de una redacción mucho más avanzada” (p. 45). A lo largo de la introducción, Renan ofrece características negativas en cuanto a forma, estilo y contenido en los cuatro evangelios del Nuevo Testamento. Luego de estas apreciaciones, detalla los rasgos de los evangelios apócrifos, los cuales presentan una visión más amplia y desde otras aristas sobre la vida de Jesucristo. Estas fuentes bibliográficas, sumadas a la experiencia del autor en Tierra Santa, son el soporte para la escritura de lo que él mismo denomina el Quinto Evangelio, diferente a los demás por la manera en que se organiza y por las alusiones históricas que lo acompañan. El libro se divide en XXVIII capítulos que narran, de manera secuencial, la vida de Jesús, tal como se describe a continuación.

Los primeros apartados de la obra relatan los acontecimientos de la niñez y juventud de Jesús. Luego de una reflexión que presenta el autor sobre la indiferencia hacia la cultura israelita, sobre todo, después de perder el poder social que la caracteriza, viene a la tierra el Salvador de la humanidad, a quien esperan con el mismo ímpetu que los persas esperan a su profeta. Llama la atención el énfasis que hace el autor en cuanto a las características similares de estos grupos, pues no solo comparten la concepción de un Mesías, sino también el monoteísmo, aspecto tan disímil en otras culturas. El capítulo II, específicamente, trata sobre la niñez de Jesús y sus nexos familiares. El autor expone que el Mesías tiene una tía con el mismo nombre que su madre y que las hermanas, en Su juventud, se casan en Nazareth. El centro de este capítulo es, sin embargo, la descripción de los lugares pobres y desolados que vive o frecuenta Jesús en su infancia.

En los capítulos siguientes se describen las relaciones poco afectivas entre Jesús y su familia; además, se expone la educación del futuro Salvador lejos de una sociedad de alcurnia y de los textos griegos, a pesar de que se adapta de esta cultura la idea de un Nuevo Mundo, que no es originaria del Judaísmo, como suele pensarse. Jesús cree en el diablo, habla un dialecto siríaco combinado con hebreo y se adapta a las demás costumbres y sistemas de creencias de su época: el vino, los paseos en familia, etc. Renan describe también las características geológicas, sociales y culturales del espacio en que vivió Jesús. Por ejemplo, detalla, entre otras cosas, las montañas y los desiertos de los lugares aledaños a su vivienda.

En el quinto capítulo, el autor presenta las sentencias más célebres de Jesucristo. Aclara que, aunque otros, como Judas el Gaulonita, también dicen cosas semejantes, son las acciones de Jesucristo las que perduran y no únicamente sus discursos. A lo largo del capítulo, Renan reseña máximas como “Amad a tus enemigos” o las oraciones que profiere el Mesías hacia el Padre delante de su pueblo. También hace énfasis en las expresiones de Jesucristo con respecto a las acciones de los fariseos en las sinagogas, quienes se crecen por ir a orar para que los vean y quienes dan limosnas para ser observados.

El sexto capítulo se centra en la vida e influencia de Juan el Bautista, quien vive en Judea y hace parte de la secta de los bautismos; además, va en contra de las decisiones políticas del momento y de los comportamientos incestuosos de sus gobernantes. Juan es muy popular. Bautiza y proclama el Reino de Dios. Jesús, que es de la misma edad, lo considera superior e incluso toma parte de sus discursos y sus acciones como ejemplo. La gente cree que Juan es Elías reencarnado, el que vendría antes de la llegada del Salvador; otros, incluso, piensan que Juan es el Mesías, idea que nunca fue alimentada por el Bautista. Renan narra que este personaje tan importante en la vida de Jesús es encerrado en prisión a causa de su pensamiento político y de su acogimiento popular, hasta el punto que los gobernantes lo consideran una amenaza.

El capítulo VII trata de cómo, basado en Juan el Bautista, Jesús empieza a predicar sobre el Reino de Dios. El autor hace hincapié en la revolución moral que predica Jesús y no en la revolución política. Para Renan, es mucho mejor este camino que el de la sedición política puesto que las ideas del Mesías no se habrían expandido lo suficiente. También afirma el autor que, si no hubiesen apresado a Juan el Bautista, lo más seguro es que Jesús hubiera terminado como un discípulo de él y no como el heredero de sus ideas, de sus discursos impetuosos y de su proselitismo popular. La idea del Reino de Dios es una idea moral, orientada a los pobres, a los más necesitados. En la perspectiva de Renan, Jesús no busca suplantar las riquezas; quiere abolirlas completamente.

El siguiente capítulo, intitulado “Jesús en Cafarnaúm”, describe geográficamente la zona en que el Salvador lleva el mensaje del Reino de los Cielos y hace un especial hincapié en que la familia de Jesús y propiamente los habitantes de Nazareth no creen ni apoyan los mensajes y las actitudes del Mesías. En Cafarnaúm, Jesús halla la aceptabilidad de la gente y empieza a creer en él mismo como Hijo del Hombre y no como Hijo de David, denominación que le parece menos apropiada por sus raíces humildes. En Cafarnaúm, Jesús halla quien lo escuche, lejos de Nazareth, de su madre y hermanos incrédulos.

Los siguientes capítulos describen las características de los discípulos, algunos de los cuales acogen al Mesías en sus hogares, y otros, como Pedro, se convierten en apóstoles con funciones especiales en el futuro. Jesús es seguido, ahora, por hombres y mujeres en Cafarnaúm (según la exposición de Renan, entre las mujeres, hay varias que, incluso, lo apoyan económicamente). Y junto a ellos, en el Lago Tibiríades, el Mesías lleva su palabra de consuelo a los más necesitados. El décimo capítulo trata, justamente, sobre las predicaciones de Jesucristo a orillas del río en Galilea, en las cuales configura a los pobres como beneficiarios del Reino de los Cielos; de este modo, los discursos de Jesús se convierten en esperanza para los más desfavorecidos de la sociedad galilea, hasta el punto que llega a forjarse, en el cristianismo primitivo, una orientación centrada exclusivamente en la condecoración divina para los pobres: el Ebionismo. En el mismo sentido, el apartado siguiente retoma la idea de que los pobres son la prioridad de Jesús, quien, a partir de parábolas, enseña sobre las promesas de la pobreza y las maldiciones de la riqueza. Así como con los pobres, el Mesías también tiene en cuenta en sus discursos a las mujeres y los niños.

El décimo segundo capítulo habla sobre Juan Bautista y su influencia en Jesús. El Baustista se configura como el puente necesario para que venga el Mesías. Desde las profecías del Antiguo Testamento, se espera que venga, primero, Elías, quien, otrora, es arrebatado y que, ahora, traerá esperanza al pueblo. Las características del hombre esperado las tiene Juan el Bautista. Ernest Renan relata su muerte a causa de Salomé, quien es influenciada por su madre Herodías, la cual, junto a Herodes Antipas, gobiernan el pueblo y, en vista de que Juan considera ese matrimonio inoportuno porque Herodías es divorciada, critica constantemente al rey. Salomé, aconsejada por su madre, pide la cabeza del Bautista en una bandeja. La noticia de su muerte llega a Jesús y las alusiones hacia él se hacen más recurrentes.   

En las siguientes páginas, Renan narra las visitas de Jesús a Jerusalén, donde no es bien recibido por las ideas bastante contrarias de los fariseos. Jesús no muestra su acuerdo con los sacrificios y con los sacerdocios impíos que abundan en Jerusalén. Devasta el templo de Dios cuando ve que ha sido convertido en una plaza. Los fariseos ya ven en Jesús alguien que va en contra del Judaísmo y que, posiblemente, podrá destruirlo. El Mesías empieza a ser una amenaza para los fariseos, para el Judaísmo, para los habitantes de Jerusalén. Paso seguido, el autor aborda las leyendas que surgen normalmente de las hazañas de los héroes o de personajes históricamente reconocidos. El pueblo de Galilea argumenta de diversas formas, por ejemplo, las razones del nacimiento de Jesús en Belén, para cumplir con exactitud con lo estipulado en las profecías, o también las razones de por qué es considerado el Hijo de Dios. Las desavenencias aparecen, entonces, entre galileos y jerosolimitanos, y se forjan las prioritarias razones de la muerte del Mesías.

Según los seguidores de Jesús de aquella época, para que sea considerado algo como sobrenatural, es importante que exista un milagro y la realización de las profecías. Renan describe en los capítulos siguientes cómo el Salvador cumple con estas dos características: hace milagros en una época en que la medicina no tiene precedentes en Galilea, y, añadido a lo anterior, ya se ha difundido la idea de que Juan Bautista es Elías, tal como se evidencia en las profecías. Luego el autor se centra en aquello que Jesús considera el Reino de Dios. Por una parte, no es ni el cielo para los pobres, ni el favorecimiento del apocalipsis para los justos, como puede haberse interpretado de sus enseñanzas anteriores. En esta etapa, luego de ir a Jerusalén en Pascuas y de regresar a Galilea, Jesús considera que el Reino de Dios es el reino del alma, de las voluntades positivas del hombre en la tierra hacia el Padre: " (…) el reino del alma, creado por la libertad y por el sentimiento filial que el hombre virtuoso profesa en el seno de su Padre" (p. 215).

El siguiente capítulo aborda la institucionalidad creada por Jesús y evidenciada en tres acciones: en primer lugar, los discursos y actos realizados por los apóstoles, muy similares a las predicaciones y milagros del Hijo de Dios; en segunda instancia, la creación de la iglesia o la congregación en nombre de Él y, en tercer lugar, la última cena, que trasciende los obstáculos temporales y sigue siendo parte del rito cristiano en el mundo.

En el capítulo XIX, por su parte, Renan presenta a Jesucristo como virtuoso, pero también como quien plantea un mundo ideal en el que, incluso, se deje a familiares para seguirlo a Él. Todo lo que no sea del Reino de Dios al Mesías le parece inapropiado. Llega al punto de recomendarle a un seguidor que no vaya a enterrar a su padre, si desea encaminarse hacia Él. Así mismo, les deja claro a los apóstoles lo que sufrirían por seguirlo y reafirma la idea de que ha venido a la tierra para traer la guerra y no la paz.

Paso seguido, el autor habla sobre los enemigos de Jesús: Herodes Antipas no es considerado como tal, pero se inquieta cuando llega el rumor de que el Hijo de Dios era el mismo Juan Bautista reencarnado, es decir, al que había enviado a cortarle la cabeza, por petición de Salomé. Los fariseos tratan de hacer creer a Jesús que Antipas llegaría por él, pero Jesús hizo caso omiso. De lo grandes enemigos que tiene Jesús, sin duda, están los fariseos, caracterizados por una filosofía y unas formas diferentes de percibir la vida espiritual.

Luego el autor narra el último viaje de Jesús a Jerusalén, cuando ya presiente que lo persiguen. Sus familiares lo incitan a que vaya a ciertas fiestas y, al fin, ante la insistencia, decide marcharse solo. Llama la atención la manera como Renan critica a lo largo del libro la actitud negativa de los familiares hacia Jesús.  En Jerusalén, los fariseos y la aristocracia del momento no aceptan sus discursos, ofensivos y amenazantes para ellos. Buscan la manera de entregarlo a Pilato, y se inventan cualquier estratagema: por ejemplo, la pregunta clásica de que si hay que pagar o no tributo al César.

Después se trata el tema de la persecución de los sacerdotes hacia Jesús para asesinarlo. Renan reflexiona sobre el carácter político de la decisión de Caifás al decir que más vale la muerte de un hombre que la perdición de un pueblo, ideal de todo el sacerdocio. En el mismo sentido, expresa que así han sido los partidos de corte conservador: pretenden salvar con la sangre de algunos la calamidad de todo un pueblo. Jesús tiene orden de captura en febrero o marzo de ese año, pero se retira al desierto con sus discípulos. Tan pronto como lo reconozcan, podrá ser apresado.

En el capítulo XXIII, se narran las acciones de la última semana de Jesucristo. Por supuesto, luego del desierto, el Mesías va, como era de esperarse, a Jerusalén por fechas de Pascuas. Ya presiente que lo matarán y sus discípulos acompañan sus momentos finales. En la última cena, Jesús da a conocer que uno de sus discípulos lo traicionará. Este pasaje toma, y hasta el momento, gran importancia para la cultura cristiana.

Los siguientes capítulos, en una narración bastante amena, presentan la detención, el proceso, la muerte y el sepulcro de Jesús; en este último apartado, se pone en entredicha la ascensión del Mesías. Para el autor, la perspectiva histórica de Jesús llega únicamente hasta el último respiro. Luego de estas circunstancias, Renan reflexiona sobre las consecuencias de los que cometen acto tan atroz: los gobernantes, como de costumbre, son suplantados. Judas Iscariote, según algunas versiones, se suicida; en otras, se afirma que se cae en un campo que compra con el dinero de la traición y muere después de esta caída. Sin embargo, quien recibe el peso de toda la responsabilidad es el pueblo de Jerusalén; tanto en los fariseos como en la gente del común recae el peso de la muerte del hombre que cambia, para siempre, las formas de ver el mundo.

Lejos de las críticas propias de la época hacia esta obra, lejos de la valoración negativa por parte de la Iglesia por la consideración del autor, entre otras cosas, de que el Mesías se configura como anarquista y como ser humano que no resucita, Vida de Jesús es una representación fehaciente de la trascendencia científica que impera en el siglo XIX y que, en lo posible, evita lo sobrenatural. La narración de Renan es loable y, además, está sustentada en lecturas que, de manera rigurosa, realiza teniendo en cuenta varias perspectivas sobre la vida de Jesús: la canónica, la apócrifa y la histórica. Desde el nacimiento hasta la muerte, el autor detalla las acciones y discursos del Hijo de Dios y su importancia para la cultura occidental. En Colombia, Fernando Vallejo intenta, a finales de los 2000, mostrar una mirada crítica de la vida de Jesús, según el análisis de los evangelios en su libro La puta de Babilonia. No obstante, el tono de odio, propio del discurso del escritor antioqueño, se aleja de la cientificidad del discurso de Renan, que hace ver de manera más clara y responsable los vacíos entre los evangelios y la necesidad de una nueva versión, más organizada, un tanto objetiva y sin contradicciones.


lunes, 19 de noviembre de 2018

Conocimiento en las Ciencias Sociales para procesos de investigación


EL CONOCIMIENTO EN LAS CIENCIAS SOCIALES: OBJETIVIDAD, SUBJETIVIDAD, PARADIGMAS, TÉCNICAS Y RELACIONES DISCIPLINARES EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL
Jhon Alexánder Monslave Flórez
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Imagen tomada de: https://proyectoseducativoscr.wordpress.com/2015/10/11/la-investigacion-cientifica/
Nota aclaratoria: Comparto a continuación la relatoría que realicé sobre el primer eje temático de la asignatura Teoría Social I, de la Maestría en Métodos y Técnicas de Investigación Social. En ella pueden hallar nociones generales sobre objetividad y subjetividad, paradigmas y técnicas de investigación, así como aclaraciones sobre interdiciplinariedad, transdiciplinariedad y multidisciplianariedad.

Descripción general de la sesión
“El conocimiento en las Ciencias Sociales” es el primer núcleo temático de la asignatura “Teoría social I” del primer semestre de la Maestría en Métodos y Técnicas de Investigación Social. La primera sesión se caracterizó, principalmente, por  aspectos que serán desarrollados en las próximas páginas: la conceptualización en torno al método científico, a la verdad, a la multidisciplinariedad, interdisciplinariedad y transdisciplinariedad, así como a la relación directa entre teoría y metodología. En la medida en que se vayan reseñando estos conceptos, se relacionarán con las preguntas de los talleres escritos que fueron elaborados en clase. 

Descripción particular de los conceptos y talleres abordados en el aula
Ante todo, y con el fin de relacionar la teoría social con el proceso de investigación en Ciencias Sociales, se reflexionó sobre el concepto de método científico, caracterizado por partir de un cuestionamiento y concluir con la validación cierta o falsa de una hipótesis. El método científico se compone, por tanto, de una pregunta, a partir de la cual surge una hipótesis que es validada con experimentos, los cuales ofrecen resultados analizables con el fin de determinar si tal hipótesis es oportuna o no. De esta caracterización del método científico, se plantea, para Ciencias Sociales, el siguiente orden en procesos de investigación: elección del tema, preguntas relacionadas con el tópico, lectura del estado del arte, definición del objeto de estudio, problematización, construcción del marco teórico (el cual determina la perspectiva epistemológica), planteamiento de hipótesis, prueba o estudio de tal hipótesis y conclusiones.
Paso seguido, el profesor William Plata, orientador del curso, hace precisiones sobre las diferencias entre método y técnica de investigación. Desde algunas bases teóricas, se concibe el método como la posición epistemológica del investigador. En los estudios históricos se pueden analizar fenómenos con base tanto en los discursos de poder como en los discursos del pueblo. La visión define, por tanto, el método de investigación que, en otras palabras, se comprendería como la posición ideológica desde la cual se aborda la pesquisa. El profesor hace especial hincapié en no confundir el método de investigación con la técnica; según lo que expone, la técnica da cuenta de cómo se realiza la investigación, es decir, a partir de qué enfoque; por ejemplo, si es etnografía, fenomenología, investigación experimental, no experimental, etc. A propósito de este tema, los participantes del curso leyeron, para el segundo taller de aula, el artículo “Investigación Alternativa: Por una distinción entre posturas epistemológicas y no entre métodos”, de Páramo y Otálvaro (2006). En la plenaria, uno de los participantes del curso hizo ciertas precisiones terminológicas que le llamaron la atención. Los autores diferencian, en este texto, entre posturas epistemológicas y estrategias de investigación. Los términos varían con respecto a otras fuentes, pero la esencia es la misma: las posturas epistemológicas son entendidas como la orientación filosófica y científica de la investigación, es decir, si es positivista o alternativa, mientras que las estrategias se comprenden como “el enfoque general de la investigación, ya sea etnografía, investigación-acción, estudio de caso o análisis histórico” (p. 3). En esta variación terminológica desde fuentes diversas, debe prestarse atención a no confundir el concepto de técnica, pues, en comparación con otras referencias bibliográficas, la técnica, desde esta mirada, es el instrumento con el cual se recogen los datos para el análisis.
Otro de los conceptos fundamentales durante la primera sesión fue el de “verdad”, que se relaciona con los conceptos de objetividad y subjetividad en Ciencias Sociales. El profesor, en el primer taller, planteó una actividad de análisis con respecto a la decisión de Tomás de Cipriano de Mosquera en 1861 contra el clero colombiano, que se resistía a cumplir el decreto sobre desamortización de bienes de manos muertas. Para ello, el profesor Plata propuso cuatro textos que daban cuenta de dos miradas ideológicas diferentes sobre el mismo punto: la perspectiva del clero y la perspectiva del gobierno. Ante ello, surge la pregunta de quién tiene la verdad. En plenaria, y a partir de la lectura “La objetividad, un debate inacabado”, de Pilar Giménez (2005), se llegaron a las siguientes conclusiones sobre el concepto de verdad y sobre el caso ideológico del siglo XIX. En primera instancia, el concepto de verdad se condiciona por el grupo ideológico que la comparte. Pilar Giménez (2005), antes de hablar de este término, afirma que el objetivismo es imposible de lograr porque quien observa siempre tiene una visión limitada de lo real. Desde el subjetivismo, no se perciben los hechos como verdaderos o falsos, pues se parte de la premisa de que la verdad depende de quien la observe o exprese. Así las cosas, las miradas del mundo son siempre subjetivas, limitadas, condicionadas y comprendidas como verdades por parte de grupos sociales que comparten las mismas visiones de mundo. De este modo, concluye la escritora: “El hecho de admitir que un mismo acontecimiento no puede ser interpretado y contado de la misma forma por dos personas, no equivale a decir que la verdad en la información es imposible, sino que la verdad siempre es observada por un sujeto y éste la conoce desde un punto de vista concreto y parcial” (p. 102). Por lo tanto, la actitud de Tomás Cipriano de Mosquera para acusar al clero de incumplir con el decreto sobre la desamortización de bienes de manos muertas parte de una verdad compartida, desde un grupo social, y contrasta con la ideología del clero y de los que lo apoyan. Desde la investigación social, considerar los actos de Cipriano de Mosquera o del clero colombiano como verdaderos implican una visión completa de los hechos, como la postura política del mandatario y los intereses particulares que perseguía, así como las condiciones del clero colombiano en el ámbito religioso y político. El profesor William Plata consideró importante partir de una honestidad subjetiva para tomar una postura ante el hecho histórico, es decir, una actitud académica y de rigor que busque la mayor cantidad de información para interpretar la realidad histórica de la manera menos parcial posible.
Paso seguido, se propuso el estudio de tres conceptos que, aunque comparten la raíz etimológica, definen metodologías diferentes que aportan a las interpretaciones sociales en las investigaciones. La multidisciplinariedad se comprende como el estudio de un tema general desde disciplinas diferentes, que no comparten los mismos fines de investigación. Un estudio multidisciplinar, por ejemplo, de la integración a la sociedad de personas que hicieron parte de las guerrillas colombianas podría realizarse desde la sociología, la historia y la semiótica: tres disciplinas, condicionadas por las características propias de sus teorías y métodos, pero orientadas hacia el mismo tema de investigación. Por su parte, un estudio interdisciplinar implica analizar el mismo objeto de estudio desde diversas disciplinas. Se puede, por tanto, investigar cuáles fueron las consecuencias de la guerra en Colombia a partir del análisis de los discursos de quienes estuvieron directamente implicados, desde una perspectiva fenomenológica y semiótica. Es, entonces, el estudio de un problema a partir de varias disciplinas. En el caso de la transdiciplinariedad, un objeto de estudio se aborda desde las metodologías y teorías que son compartidas por varias disciplinas. Normalmente, la fenomenología, la antropología y la semiótica utilizan la etnografía y, desde sus bases teóricas, pueden aportar a la comprensión de los discursos sociales. Una investigación sobre los sentidos de la muerte en culturas indígenas colombianas puede realizarse desde la fenomenología, pero nutrirse, así mismo, de las teorías y métodos semióticos y antropológicos.
Una de las preguntas del segundo taller apuntaba a las consecuencias de la unidisciplinariedad. En plenaria los participantes expusieron sus puntos de vista al respecto sobre la mirada escasa de una investigación desde un solo campo disciplinar. Partiendo del artículo “Complejidad, transdisciplina y metodología de la investigación social”, de Mayra Espina (2007), se comprende que la transdiciplinariedad no determina una actitud de “todero” del conocimiento, sino, más bien, la comprensión ética de que el saber no pertenece a una sola disciplina y que, con base en otras, se puede llegar a mejores conclusiones. El estudio exclusivamente disciplinar se basa en el “aislamiento, separación, control que obvian o consideran subalternas las cualidades que surgen de la interconexión de partes, de la configuración de la totalidad y de la interferencia sujeto-objeto y las posibles dualidades o ambigüedades” (p. 32).
Por último, se retoma la relación entre teoría y metodología, a partir del artículo de Páramo y Otálvaro (2006). En plenaria se plantea, nuevamente, la diferencia entre paradigma y estrategia de investigación. Se insiste en el hecho de que el primero determina la perspectiva epistemológica de la pesquisa, mientras que la estrategia (en otras referencias, la técnica) se comprende como el enfoque de investigación. Esto lleva a concluir la parte teórica de la primera sesión de Teoría Social I: el método de investigación ofrece un camino holístico y pertinente para la interpretación social, que va desde el planteamiento del tema hasta la corroboración de las hipótesis. La perspectiva epistemológica de donde la cual el investigador determina su concepción de mundo; la estrategia, por su parte, configura el enfoque utilizado según las características de la pesquisa.
Lo anterior no puede comprenderse sin considerar que lo que buscan los procesos de investigación social es la interpretación de la realidad y, por ello, no puede evadirse la concepción de “verdad” desde una perspectiva filosófica. Se ha descrito en las anteriores páginas que la verdad depende de la manera como perciben el mundo los grupos sociales caracterizados por diversas ideologías.  El investigador, ante tal sentido de verdad, se orientará por mantener la honestidad subjetiva, es decir, procurará leer la mayor cantidad posible de documentos desde diferentes perspectivas para otorgar un rigor importante a sus visiones de mundo. Para lograrlo, puede limitarse a una sola disciplina, pero, tal cual lo afirma Mayra Espina, reducirá su comprensión del fenómeno estudiado. No obstante, desde lo transdiciplinar, podrá hacer uso de metodologías y teorías de otros campos que ayuden a complementar esta visión; desde lo interdisciplinar, el investigador puede apoyarse en otras pesquisas que se estén desarrollando en torno al mismo objeto de su interés; desde lo multidisciplinar, puede aportar y nutrirse de un tema de estudio general para todos los interesados en la investigación. De esta manera, queda la base sobre la concepción general del conocimiento en las Ciencias Sociales.

Bibliografía

GIMÉNEZ Armentia, Pilar (2005). “La objetividad, un debate inacabado” Comunicación y Hombre 1, 91-103.

ESPINA Prieto, Mayra Paula (2007). “Complejidad, transdisciplina y metodología de la investigación social” Utopía y Praxis Latinoamericana 12-38, 29-43

PÁRAMO, Pablo y OTÁLVARO, Gabriel (2006). “Investigación Alternativa: Por una distinción entre posturas epistemológicas y no entre métodos” Cinta de Moebio, 25, 1-7.


martes, 16 de octubre de 2018

Mis dos firmas de Roberto Burgos Cantor. ¡Adiós, maestro!


Mis dos firmas de Roberto Burgos Cantor. 
¡Adiós, maestro!
Jhon Alexánder Monsalve Flórez

El 17 de abril de 2015 conocí a Roberto Burgos Cantor. Estaba sentado a la entrada del auditorio Camacho Caro de la Universidad Industrial de Santander, dispuesto a dialogar con estudiantes y docentes en un muy grato y recordado homenaje a Gabriel García Márquez, orientado por el profesor Hernando Motato. Hacía apenas un año de la muerte de Gabo; Roberto Burgos Cantor compartía escenario junto a Ariel Castillo y José Luis Garcés. Dialogaron sobre la obra del escritor fallecido en una charla bastante amena, difícil de olvidar. Ahí estaba Burgos Cantor, ¡Burgos Cantor!, a quien el profesor Motato, en un artículo de julio de 2015, definiría como: “el más digno heredero del legado garciamarquiano y en la actualidad el escritor más representativo de nuestra literatura colombiana”.
¡Burgos Cantor!: hombre sencillo, bien vestido, con un esfero en la mano. Humildemente, saludaba a profesores y estudiantes que se acercaban a hablar sobre algún cuento de su autoría o sobre Gabo, y firmaba autógrafos en libros nuevos y usados, algunos de ellos, como en mi caso, comprados en la librería del también fallecido Don Fidel. Cuando llegó mi turno, no tuve otra opción que alabar uno de los más grandes cuentos de la literatura colombiana: “Fosas comunes”, que aparece en el libro de cuentos El secreto de Alicia. También leí la novela Ese silencio, en donde hallé en varias ocasiones a Gabo; también leí otros cuentos, que me interesaron por el momento, pero, luego, por las jugadas de mi memoria, se esfumaron con el tiempo. Pero el que no olvidé, el que no olvidaré, es “Fosas comunes”: la representación más fidedigna del paramilitarismo en Colombia… el llanto, el dolor de las mujeres en busca de sus hijos y de sus esposos, enterrados todos, desaparecidos todos, por las manos represoras del gobierno.
Le hablé del cuento. Sobrevaloré el cuento. Reiteré mi gusto por el cuento. Y me miraba algo extrañado ante tanta insistencia, característica de mi intensidad literaria cuando un texto me gusta. Siempre me desahogo con amigos o colegas, pero, de la misma forma como reiteré, en el 2014, mi gusto por El crimen del siglo ante el mismísimo autor, así reafirmé, una y otra vez, mi interés por “Fosas comunes” ante los ojos inciertos de Burgos Cantor. Tal vez por eso, luego de solicitar su autógrafo para mí, decidió escribirme: “El secreto de Alicia es para Jonh [así, con la h desubicada y no después de la J]. Con la gratitud sin secretos del autor por su lectura honda. Roberto. Bucaramanga, abril 2015”.

Y cargaba otro libro en la maleta. No sabía si sacarlo o no. Parecía que Ese silencio gritara en las profundidades del bolso escolar. Opté por abrir el morral. Pasé rápidamente la primera página. Solicité otro autógrafo. Este, con mucha creatividad, decía: “Ese silencio es para John [de nuevo la h mal ubicada] con un abrazo ruidoso. Roberto, abril, 2015”.

 Cerré rápidamente el libro. Agradecí sobremanera. Y temí que se hubiera fijado. Yo quería esa firma también en Ese silencio. Nunca supe si él se dio cuenta de mi astucia bien intencionada: en la primera página, el autor ya había firmado, en enero de 2012, este libro de segunda mano (comprado donde Don Fidel); el destinatario era a un tal René Dimarco, a quien también brindó un abrazo explícito en la firma.

En julio de 2018 ganó con Ver lo que veo el Premio Nacional de Novela. En los últimos días, trabajaba en otra novela… El tiempo dirá qué tan inclusa quedó. Hoy, a los setenta años, murió Burgos Cantor. El Heraldo informa sobre su muerte: “El autor, quien residía en Bogotá, falleció en la Clínica de Marly de la capital del país, cerca de las 6 p.m., según precisó su esposa Dora de Burgos, con quien estuvo casado durante 48 años”.
Y yo, aquí, sin poder dormir, recuerdo la tarde de abril en que su pluma dejó tatuada su firma en las páginas de mis libros. Gracias, Roberto… Muchas gracias.

lunes, 20 de agosto de 2018

"Amor ciego", de Miguel Torres: una novela de crimen redescubierta


Amor ciego, de Miguel Torres: una novela de crimen redescubierta
Jhon Monsalve
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 Imagen de la portada de la novela
El narrador que configura Torres no tiene nombre. Desde la primera idea que escribe en la novela, el narrador deja una curiosidad para el narratario: ¿cómo mató a Irene Damián? No es difícil, como se evidencia, relacionar este inicio con El túnel, de Ernesto Sábato: dos asesinos pasionales.
La novela de Torres existe desde hace veinte años, aproximadamente, y hasta ahora resurge. Gracias al éxito literario de la trilogía que el autor inició a publicar desde el 2006 con El crimen del siglo, seguida de Incendio de abril y rematada con La invención del pasado, Tusquest permite que los lectores asiduos de la obra del escritor bogotano retomen la primera novela que pasó desapercibida tras su primera publicación.
Y por fortuna fue así. Un narrador, escritor literario, se enamora profundamente de Irene Damián, una actriz de teatro en Bogotá (la ciudad nunca se nombra, pero alusiones a Monserrate y al contraste entre sur y norte permiten la inferencia citadina), quien viaja constantemente y mantiene relaciones extrañamente pasionales con Manuela, una mujer que amenaza con suicidarse si Irene la deja.
El narrador se enamora de la imagen que ve en un afiche publicitario de uno de los teatros de la ciudad. La imagen tenía la figura de Irene, representando a Medea, la heroína trágica. El narrador entra a ver la obra y se enamora de la mujer, de la actriz y del personaje. Inicia, así, una relación bastante pasional entre los dos sujetos.
En el momento en que Irene decide viajar y dejarlo solo, el narrador se enfrenta con la soledad que produce la obsesión hacia alguien y decide asesinarla. Mientras la relación dura, el narrador sufre episodios de horribles soledades y de depresiones contantes sin su amada, a quien pareciera no importarle tales reacciones. Una de las razones más recurrentes que la mujer da al escritor sobre su ausencia se resume en que debe acompañar a su amiga Manuela para que atente contra su propia vida (quien será reconocida como Laura por el narrador, luego de varios capítulos. Esta Laura es una mujer del círculo cercano de Irene. Aunque nunca lo corroboró, el narrador se lleva a la tumba esta impresión).
Un día Irene, luego de acabar con su temporada de Medea y luego de recibir fuertes golpes por parte del escritor obsesivo, decide marcharse una vez más fuera del país. El narrador prepara un plan para asesinarla, ya sea con arma blanca o con revólver. Irene llega a lo que sería, en principio, una cena de despedida. El narrador come con ella y, cuando están en la cama, decide matarla ahogándola con la almohada, mientras ella gime ante un eterno orgasmo. Loaiza Grisales, cita a Torres: “Se va creando un mundo ficticio, delirante, casi sin salida, parece que la única salida que tiene al final es matar al ser amado para apropiarse de él. Es una ley perversa, es la única manera que él encuentra para que ella no se vaya, no sea de otro, para que no sea ajena. Es terrible”.
Gracias a un oportuno trabajador de funerarias, logra cremar el cuerpo sin ningún rastro de asesinato. No obstante, el narrador no soporta el recuerdo de Irene y decide suicidarse. Ante la imposibilidad de tal acto, opta por contratar a una sicaria, que se vista con las ropas de Irene, para que lo asesine.
Esta novela de crimen y de pasiones se redescubre, después de tantos años, ante su belleza literaria, su tensión y buena narración.

lunes, 2 de julio de 2018

El papel del Ejército Nacional en dos masacres colombianas


El papel del Ejército Nacional en dos masacres colombianas
Jhon Monsalve
 
Imagen tomada de: https://steemit.com/history/@arielpr/the-banana-massacre-the-day-that-u-s-murdered-thousands-of-innocent-colombians
El 6 de diciembre de 1928, luego de que el presidente Abadía Méndez decretara la orden de fuego hacia los trabajadores de la United Fruit Company, los soldados encargados de acabar con la huelga llevaron al pie de la letra tal orientación: dispararon contra los campesinos que laboraban para la empresa estadounidense y ocasionaron la que podría ser una de las masacres más cruentas de la historia colombiana. Algo similar ocurrió en Bucaramanga el 11 de octubre de 1981, cuando, después de un desorden público generado por una supuesta falla arbitral, se hizo el llamado al Ejército Nacional para que interviniera, y, efectivamente, el resultado de su participación fue la sangre derramada en los suelos del Estadio Alfonso López. De este modo, el Ejército Nacional ha sido protagonista de dos masacres que ponen en duda el papel social de este ente del Estado. En el siguiente artículo, se expondrán las similitudes de estas dos masacres: el abuso de poder, la polémica por el número de muertos y el olvido de estos hechos por parte la sociedad.

El Ejército Nacional tiene como misión, según lo que se expone en su página oficial, conducir "operaciones militares orientadas a defender la soberanía, la independencia y la integridad territorial y proteger a la población civil y los recursos privados y estatales para contribuir a generar un ambiente de paz, seguridad y desarrollo, que garantice el orden constitucional de la nación". Esta misión da cuenta de unos deberes institucionales que no pueden transgredirse porque se comprenderían como abuso de poder. Por ejemplo, si se dan operaciones militares para proteger a la población civil, los actos que se implementen para ello deben ser acorde a los derechos de los seres sociales implicados. Es decir, si bien el Ejército Nacional puede defender a un árbitro o a unos hinchas no puede tomar la decisión de asesinar a otros civiles bajo el argumento de que debe implementar el orden para proteger a una parte de la población. Lo mismo sucede en la historia de la Masacre de las Bananeras, en donde el Ejército actúa bajo mandato presidencial con el fin de proteger los recursos privados de la empresa United Fruit Company, pero pasa por encima de los derechos de los ciudadanos huelguistas. 

Bien es sabido que, según los documentos históricos oficiales de la historia colombiana, la Masacre de las Bananeras dejó solo nueve muertos y que, sin acudir a la imaginación de García Márquez en Cien años de soledad, se puede argumentar con discursos de la United Fruit Company y de los sobrevivientes que fueron más de mil, tal como lo afirma la Editorial de El tiempo en 2010: "Pero los sobrevivientes -y un funcionario diplomático estadounidense- afirman que la masacre dejó más de mil cadáveres, que habrían sido arrojados al mar antes del levantamiento por parte de los peritos oficiales". Este dato da cuenta de la actitud del Ejército Colombiano ante la cantidad de muertos: además de haber masacrado a la comunidad trabajadora, esconde los cuerpos para simplificar la tragedia y no implicar al gobierno. Algo similar ocurre con la masacre de los hinchas en el partido entre el Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla el 11 de octubre de 1981: el Ejército los asesina y se escribe en los documentos oficiales que los muertos no fueron más de cuatro, cuando en realidad pueden superar varias decenas, como afirma el narrador de fútbol González, quien estuvo presente: “Hubo muchos más muertos de los que dicen. Yo vi como sacaban gente en bolsas”, y ante lo cual Vanguardia Liberal complementa: "El reporte oficial habla de cuatro muertos y más de 30 hinchas gravemente heridos. Sin embargo, nadie que haya estado allí cree que esa cifra sea cierta".

Lo triste de estas historias es que terminan favoreciendo al gobierno colombiano de una u otra forma, ya sea por la tergiversación de la información o por el olvido de los colombianos. Bien lo representó García Márquez en la conversación que mantiene José Arcadio Segundo con una de las habitantes de Macondo que no sabe de qué muertos le habla el Buendía herido. Bien se representa en la última parte del primer capítulo de La casa grande, de Cepeda Samudio, cuando uno de los soldados antecede el olvido en que quedará la masacre. Y no solo ocurrió con la crueldad del ejército en las bananeras, sino también con la masacre del Alfonso López: quedó en el olvido, nadie la recuerda, ni los hinchas que parecen estar más pendientes de las riñas que de los asuntos importantes de su equipo. Vanguardia Liberal también enfatiza en el problema de alzheimer de los bumangueses: "Será un ‘deja vu’ histórico enmarcado en el olvido de lo ocurrido ese 11 de octubre de 1981, indiferencia denunciada por varios de quienes vivieron la tragedia, para los que no se ha hecho suficientes esfuerzos para recordar a las víctimas".

A partir de lo anterior, se puede concluir que el papel del Ejército Nacional  tanto en la Masacre de las Bananeras como en la Masacre del Alfonso López ha ido en contra de su misión como ente estatal. El hecho de que los documentos oficiales escondan el número real de muertos hace ver la protección que recibe el Ejército Colombiano ante actos atroces que perjudican a la población civil. Además, la complicidad de los medios de comunicación, de los colegios y otras instituciones educativas ha sumido en la ignorancia a la población para que olviden rápidamente. Queda, por tanto, en duda el rol del Ejército Nacional en cuanto a su función social.  

sábado, 30 de junio de 2018

Comentario sobre "El asesinato de Roger Ackroyd", de Agatha Christie


Comentario sobre El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie
Jhon Monsalve
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Imagen tomada de: http://es.escritores-del-mundo.wikia.com/wiki/El_asesinato_de_Roger_Ackroyd.
La novela El asesinato de Roger Ackroyd es, a su vez, un manuscrito en el que Sheppard, médico de King´s Abbod, relata su punto de vista sobre el asesinato de Ackroyd, importante habitante del lugar que contraería matrimonio con Mrs Ferrars, luego de que esta hubiera asesinado a su esposo. La perspectiva del médico es fundamental en la novela, hasta el hecho de ser considerada clave para el desarrollo y la tensión de la narración.  El narratario se deja llevar por una visión, la que presenta Sheppard, la única que se explaya a lo largo de los primeros veinte capítulos. Las voces, los comentarios y las acciones dependen de él, de su versión, de lo que asegura haber visto.

El asesinato de Roger Ackroyd es considerada, en noviembre de 2013, la novela más importante de crimen de todos los tiempos: “La autora inglesa Agatha Christie (1890-1976) fue reconocida ayer como la mejor escritora de novela negra británica, y su obra El asesinato de Roger Ackroyd (1926) la mejor novela de ese género. La Asociación de Escritores del Crimen (CWA) del Reino Unido reveló los resultados de una encuesta que realizó entre autores británicos del género para conmemorar su 60 aniversario, y que otorga el primer puesto a la reina del suspense y el género policíaco”. Hay fundamentos para ello: el asesino se encubre detrás de las líneas del único foco existente; además, la trama es atractiva: un chantaje de uno de los personajes hacia Mrs Ferrars, que aprovecha el conocimiento sobre el asesinato de Mr Ferrars para callar a cambio de una buena suma de dinero. Por otra parte, la trama es interesante en cuanto a la herencia que deja el señor Ackroyd después de su asesinato, que surge, justamente, cuando descubre quién es el chantajista de su futura esposa.

La novela es rica en sicología. Ya es bastante conocido el fundamento sicológico que Agatha Christie impregnaba en sus novelas (incluso en las que no eran policiacas y donde adoptaba el seudónimo de Mary Westmacott). Hércules Poirot es el detective del caso, y ya sin su compañero Hastings, quien habita en Argentina, se ve apoyado por Mr. Sheppard, el narrador de la novela. El detective, ya retirado y dedicado a sembrar calabazas, acepta ayudar a la señorita Ackroyd en la búsqueda del asesino de su tío. Las lecturas de Poirot, siempre tan medidas y acertadas, llevan al descubrimiento del culpable, quien termina suicidándose y suplicando que su hermana, Caroline, no se entere del caso.

Los sospechosos del asesinato se encuentran entre la familia y entre los empleados de la víctima. Las investigaciones aportan datos que configuran, según la visión del narrador, a muchos de ellos como autores del crimen. Incluso en la dedicatoria que la autora hace en el libro expone: “A Punkie, a quien le encantan las historias de detectives, con asesinatos, investigaciones, ¡y con una larga lista de sospechosos!”. Entre tantas posibilidades, el lector deja la opción más plausible lejos de toda posibilidad: el narrador no puede ser el asesino, no es común que lo sea, no cabe en dentro de las opciones. No obstante, ante la única visión del relato, ante los hechos que son incomprensibles, Hércules Poirot no descarta al doctor Sheppard como el responsable, hasta el punto que lo descubre, y al criminal, que era el mismo chantajista, no le queda más por decir si no: “Me hubiera gustado que Hercules Poirot no se hubiese retirado nunca para venir aquí a cultivar calabacines”.

domingo, 6 de mayo de 2018

Crónica: Masacre en el Alfonso López



MASACRE EN EL ALFONSO LÓPEZ: TRIBUNAS, AMORES Y MUERTES
Jhon Monsalve
 Imagen tomada de Vanguardia Liberal
El sábado 28 de abril de 2018, salgo de la universidad a eso de las 5:45 p.m. A las 6:10 p.m., tengo una cita con Ella en los costados más alejados de Cabecera. Ya voy tarde. La hora pico en Bucaramanga es semejante a vivir una y otra vez la experiencia del trancón del cuento Autopista del sur, de Julio Cortázar. Veo oportuno tomar el taxi en la calle y no pedirlo por la aplicación Los Móviles, que utilizo normalmente en las noches, cuando ninguno de los “canarios” se digna a llevarme hasta mi casa, al norte de la ciudad. Me subo, miro la hora: 5:53 p.m.: imposible llegar a tiempo. La llamo a Ella; informo que me demoro un poco y solicito, un tanto con afán, que me guarde los besos y abrazos de paz para más tarde: después del embotellamiento no hay mejor alivio que sus afectos.
El taxista, un señor algo calvo y con cerca de 60 años encima, me ve por el retrovisor y me pregunta la dirección; por poco le digo que voy para el cielo. No imaginaba, en ese momento, que también él viajaría hacia el Edén, junto a los albores de un amor verdadero, lleno de buenas historias y buenos tiempos, pero que, así mismo, presenció, debido a los infortunios de la vida, una masacre en el Estadio Alfonso López, en octubre de 1981.
Tal vez la ruta que conecta con más facilidad a la UIS con Cabecera sea la del estadio. Las noches de los sábados son bastante particulares por la conglomeración de gente del norte de la ciudad que acude a ver partidos en televisores de tienda, a ahogar sus penas o a celebrar sus triunfos con cerveza. La zona rosa de los pobres, frente al estadio, da pie para que el señor taxista rememore sus momentos.
Suena al fondo música de Miguel Morales y, más al fondo, el ritmo de una tecnocumbia. El taxista se fija en los que cantan y beben con camisetas amarillas de apoyo al Atlético Bucaramanga, aunque no sea día de partido, simplemente porque todos los días los hinchas son hinchas y no encuentran otra razón que el fútbol para olvidar sus deudas, sus cuitas, sus sueños frustrados. El taxista se dirige hacia mí: “¡Cómo han cambiado los hinchas del Bucaramanga, joven!”. Me río con cierta estridencia más por el vocativo que por la alusión a los avatares de los hinchas. Me cuenta el taxista que él perteneció a la hinchada del Atlético Bucaramanga por muchos años y que, desde la masacre aquella, no volvió a pisar una grada del lugar. Él era un hincha decente, educado, que no buscaba problemas, que no perseguía encuentros entre hinchas, que no llevaba navajas, que iba al estadio por la pasión misma del fútbol y, aunque el Atlético perdiera o ganara, no hallaba excusas en ello para subestimar o crecerse ante hinchas del equipo contrario. Los hombres y las mujeres que vemos, cuando en el fondo se entremezclan vallenato y ritmos peruano-bumangueses, tienen para el señor taxista pinta de todo menos de hinchas amables y honestos.
Recuerdo que había oído hablar de esa masacre. Incluso le digo al taxista que me enteré por lecturas que hice cuando pertenecía a la Fuerza Leoparda Sur. “Bueno, al menos usted es un hincha que lee”, me dijo con un tanto de desconfianza, como si los que apoyan al Atlético no tuvieran ánimos sino para pelear, bailar cumbias y fumar marihuana. “Propiamente, ya no soy hincha”, respondo. Cuento que pasaba domingos enteros buscando boletas revendidas para los mejores partidos; esas entradas valían casi tres veces más, pero, por relaciones de poder, como suele serlo todo en la vida, los que tenían plata las compraban antes y por montones, mientras los otros mirábamos cómo nos las arreglábamos para comprar una por el precio de tres y no tener que devolvernos a pie hasta la casa.
El taxi ya va llegando a la UCC. La gente por estos lados de la ciudad, cerca de Guarín, es muy diferente a la gente del estadio: cambia su manera de vestir, de pensar, de ver la vida, posiblemente más llena de oportunidades. En el semáforo que antecede las noches de rumba de aquellos que escuchan Diomedes Díaz o se sumergen en los ritmos de las Años Maravillosos, el taxista suelta la pregunta clave: “¿Y por qué dejó de ir al estadio, joven?”.
Le explico que se debía en parte a la prioridad que quise darle al ámbito académico, a la vida universitaria, a planear mi futuro, pero que era consciente de que pude haber realizado las dos cosas a la vez. De inmediato me doy cuenta de que la pregunta era más para él que para mí, como cuando alguien, una persona A, por ejemplo, quiere contar cosas buenas o malas de su vida para desahogarse y opta por preguntarle esas mismas cosas a una persona B con el fin de que esta sienta que se interesan por ella y tenga la actitud de escucha cuando la persona A relate sus penas o felicidades.
Acaba de iniciar el trancón más grande. La carrera 33 está colapsada. Los pitos suenan y los insultos se asoman por las ventanas de los autos. Los insultos, los gritos, el afán de salir del laberinto… Muchos sentimientos similares pueden haber traído con más ahínco el recuerdo de la sangre derramada en el Estadio Alfonso López el 11 de octubre de 1981. Ese recuerdo del taxista va acompañado de otro más grato: el inicio de un amor que no fue obstaculizado ni por la furia de la hinchada del Atlético Bucaramanga que reclamaba al árbitro Eduardo Peña por un penalti que no pitó. Ese día, 11, como los trágicos en el mundo, como el de septiembre de 2001, el de las Torres Gemelas, perpetrado por Osama bin Laden, o como el del atentado en los trenes de Madrid, el 11 de marzo de 2004, por parte de una célula terrorista de tipo yihadista… Ese día, 11 de octubre de 1981, el taxista llevaba tres meses de novios con su actual esposa, y el amor, un tanto con suerte y otro tanto con aguante, resistió a las imágenes que quedarían para siempre en la mente del hincha y de la novia enamorada que se entrega completamente a los idilios del otro, sin que sean sus deseos propios, con el fin de otorgar felicidad. “Hoy todavía mi señora esposa ve los partidos conmigo, aunque no le gusten. Así fue ella al estadio en esa ocasión: más enamorada que apasionada por el fútbol”, dice entre nostálgico y creído.
El trancón sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, en una hilera interminable de carros y autobuses que llevan cientos de personas que, posiblemente, desconocen la historia de esta ciudad bonita, aunque la maldecoren eventos tristes y trágicos. En ese momento, reflexiono en si esta ciudad es bonita o la maquillaron para que pareciera bonita.
Un ambiente de amor o cursilería, dependiendo de quien lo vea, empieza a flotar en el taxi. La voz y la expresión del taxista recuerdan los buenos amores de los viejos tiempos en que el romanticismo era protagónico en las relaciones de pareja. La manera como el taxista se expresa de su esposa solo se compara con las palabras de Florentino Ariza cuando recordaba o se proyectaba a futuro con Fermina Daza. Y, en ese mismo sentido, yo, que deseo llegar pronto a encontrarme con Ella, me pregunto si mantengo la esencia de los amores a la antigua.
El taxista describe que, tomados de la mano con su novia, salieron huyendo de la zona del estadio en la que se hallaban, que oyeron los disparos y que buscaron rápidamente su carro para huir, que un joven solicitaba con la mirada ayuda y que nadie pensaba en apoyar a nadie, solo en salir del laberinto de insultos, gritos y balazos.
Tocándose parte de la calva con la mano izquierda, mientras la derecha la mantiene en el volante, recuerda que la gente quería linchar al árbitro por su trabajo en la cancha. Jugaba el Atlético Bucaramanga con el Junior de Barranquilla un partido en el que se buscaba o un empate o un triunfo para pasar a la siguiente fase del campeonato. Roberto Frascuelli, quien fue capitán del equipo bumangués y quien moriría tiempo después en un fatídico accidente aéreo, tomó el balón luego de una señal realizada por el árbitro Peña y lo ubicó en el punto del penalti. La hinchada, esperanzada en que el partido podría empatarse, pues el Atlético perdía 2-1 frente al Junior, se enfureció al ver que el árbitro aclaraba que la señal que había realizado era para saque de puerta y no para pena máxima.
Ante el desorden de los hinchas y los deseos desenfrenados de hacer justicia por sus propias manos, la policía pudo hacer muy poco y se lanzó, por tanto, el llamado al Ejército Nacional para que aportara en la solución de este problema de orden público. Efectivamente, los soldados actuaron, con intención o sin ella, sobre la multitud enardecida. Según parece, después de que a un soldado se le escapara un tiro, los demás comprendieron ese acto como una orden de fuego. Así se ha justificado en parte este hecho que queda en el olvido de la comunidad bumanguesa, que habita en esta ciudad bonita, más por maquillaje que por belleza natural.
A partir de mis lecturas, donde se aseguraba que habían sido solo cuatro muertos en aquella masacre, cuestioné sobre la cantidad de víctimas. El taxista recuerda, hasta donde vio, que eran decenas de heridos y de muertos. Puede ser que los periódicos y los documentos oficiales hayan reducido el número… y no es raro. En un país, en donde la Masacre de las Bananeras tuvo solo nueve muertos en los archivos históricos oficiales, cuando los informes de la mismísima United Fruit Company afirmaban que fueron más de mil, queda la duda de si se escondieron los muertos del Alfonso López o si en realidad el Ejército con las balas de salva dio de baja a cuatro, no más, aquellos que tuvieron piel y órganos tan débiles que pudieron morir con el impacto de la invisibilidad.
Y en medio de ese caos estaba el señor taxista con su actual esposa, tratando de escapar de las balas que unos dicen que fueron de salva, pero que increíblemente perforaban la piel, los órganos, hasta el brote de la sangre sobre las gradas y el prado del estadio más negro y triste del nororiente colombiano. Cuenta, nuevamente pasándose la mano por el espacio baldío de su cabeza, que la gente lloraba y gritaba, gritaba y lloraba, aquí y allá, así y así, gritos, llantos, el carro arrancó, la luz del laberinto se observaba cercana y surgió el adiós para siempre al fútbol en los estadios.
Ya no hay trancón. El taxista opta por bajar unas cuadras para buscar una calle que nos lleve hasta un paraíso cercano a la Clínica Bucaramanga, donde me espera Ella, a quien no dejo de imaginar como la novia que corre agarrada de la mano del hincha para escapar de la muerte. Reflexiono sobre esa costumbre que tengo de suponer que el cine, la literatura, la música y las historias cotidianas están dados para mí y para Ella, y que llegan a mis sentidos con el fin de que imagine la vida de otros como si fuera la nuestra. El taxista también decide, después de esa carrera, acudir donde su esposa: ya la extraña; entre tantos recuerdos, parece surgir la necesidad de verla.