miércoles, 10 de octubre de 2012

Análisis de Pedro Páramo: El padre Rentería como representación de la Iglesia


ENTRE EL BIEN Y EL MAL: EL PADRE RENTERÍA
COMO REPRESENTACIÓN DE LA IGLESIA EN PEDRO PÁRAMO
Jhon Alexánder Monsalve Flórez

Dulce es la mano de la Iglesia también cuando golpea,
porque es la mano de una madre.
Pío de Pietrelcina

Pedro Páramo es la novela de la soledad, de la muerte, del miedo y, entre otros ejes temáticos, de los murmullos. La soledad se siente entre las líneas y entre los nadies, que pululan en el ambiente de la novela y en el sentimiento de los personajes; la muerte vaga por Comala, pero en la paradoja de este pueblo es la vida dentro de la obra; y el miedo acompaña a Juan Preciado: en cada momento que habla con un personaje fantasmal. El miedo salta en la cara de la hermana de Donis por el pecado cometido; el miedo convive con las mujeres violadas por Miguel Páramo; el miedo mata a Juan preciado en complicidad con los murmullos, que fijan el ambiente de la muerte y de la vida. Estos indican que los personajes están muertos, pero que, gracias a los recuerdos, recobran vida entre murmullos.

Los personajes parecen vivos en el infierno comalteco, y crean el mundo que hace posible que cada página se entreteja con las otras. El padre Rentería, como personaje, entrelaza la temática religiosa de la obra, a partir de las decisiones que conllevan culpas, de la sentencia y el perdón. Y a la vez, en el ámbito religioso, es un sucedáneo o ejemplo de Pedro Páramo, en cuanto que también oprime a los fieles con la censura moral- religiosa. En este sentido, “(…) el padre Rentería es un fiel reflejo de la opresión que la Iglesia como institución ejerce en el pueblo, violencia de tipo espiritual y paralela a la física encarnada por Pedro Páramo”. (González Boixo, 176). Esta violencia espiritual es tomada por el pueblo como un hecho normal, como disposición y voluntad divina, casi del mismo modo como comprenden y se subyugan al poder del cacique.

Según la Real Academia de la Lengua Española, el bien es “Aquello que en sí mismo tiene el complemento de la perfección en su propio género, o lo que es objeto de la voluntad, la cual ni se mueve ni puede moverse sino por el bien, sea verdadero o aprehendido falsamente como tal”, y el mal esLo contrario al bien, lo que se aparta de lo lícito y honesto”. No se entra en precisión filosófica pues estos conceptos son muy amplios y bastante debatidos. Pero, ya aclarado esto, ¿por qué se dice que el padre Rentería está entre el bien y el mal?

El padre Rentería es el perdón de Comala, el que tiene la potestad de limpiar pecados. El pueblo lo ve con respeto, con fe, con la esperanza de la absolución de los pecados que comete en torno a Pedro Páramo. Las mujeres se acuestan con él, tienen hijos con él, y le entregan a sus hijas y luego se arrepienten ante el cura, y este solamente escucha: “Me acuso padre que ayer dormí con Pedro Páramo”. “Me acuso padre que tuve un hijo con Pedro Páramo”. “De que le presté mi hija a Pedro Páramo”. (Rulfo, 101).

Los pecados del padre Rentería son producto del autoritarismo de Pedro Páramo, pues incluso los asuntos clericales pasan por las manos del cacique, y de aquí parte la configuración de la Iglesia por medio del padre Rentería, que perdona solo a un sector, muy reducido, de Comala, a pesar de sus pecados. Perdona  por interés y por un temor que se emparenta con el respeto: interés, en primera medida, por el lucro para el mejoramiento del templo:
El padre cura quiere setenta pesos por pasar por alto lo de las amonestaciones. Le dije que se le daría a su debido tiempo. Él dice que le hace falta componer el altar y que la mesa de su comedor está toda desconchinflada (Rulfo, 59),
información que Fulgor daba a Pedro Páramo después de ir al templo de Dios para que el padre Rentería preparara rápidamente todo lo referente al matrimonio de Pedro Páramo con Dolores Preciado.

El temor, asociado con el respeto, en segunda instancia, es otro factor que hace que el Padre Rentería perdone a unos pocos, que son cercanos al cacique del pueblo. Respeta y le teme al poder de Pedro Páramo, que incluso doblega al mismo Dios: “Entró en la sacristía, se echó en un rincón, y allí lloró de pena y de tristeza hasta agotar su lágrimas. –Está bien, señor, tú ganas- dijo después” (Rulfo, 40), oración del padre Rentería cuando perdonó a Miguel Páramo, el hijo de Pedro, muy a su pesar.

Por otro lado, las decisiones del padre Rentería son otra demostración del papel de la Iglesia en los años 10 y 20 del siglo pasado. El hecho de haberse unido a la Guerra Cristera: “se ha levantado en armas el padre Rentería” (Rulfo, 170), de no querer perdonar a Miguel Páramo (aunque luego lo haya hecho), de acusar a este por la violación de su sobrina, que en últimas no fue violación, lo caracterizan como un personaje que actúa de tal forma por sentimientos del momento, y no por una valentía que sería aplastada por el temor y respeto a Pedro Páramo. Las decisiones del padre Rentería conllevan culpas, que lo transportan a uno de los estados más críticos de lo humano: la consideración de ser malvado. Esto se evidencia en soliloquios que el personaje hace durante el transcurso de la novela; el padre Rentería se pierde en divagaciones y, gracias a estas, se puede comprender, de mejor forma, el bien y el mal que lo acorralan:

La voz del padre Rentería se debate en la discusión de lo que es y representa para los otros y para sí mismo como sacerdote; su historia se sitúa durante el periodo del cacicazgo de Pedro Páramo. En el desarrollo de la discusión está influido principalmente por dos voces: la de dios, y la del demonio, representado por Pedro Páramo (Eustolia Erióstegui, 35, 2005).


El padre Rentería está entre el bien y el mal: entre Dios y Pedro Páramo; entre el cielo y el infierno. Sus decisiones lo llevan a un mal estado; todo indica que actúa por medio de Dios, pero sus decisiones y voluntades son intermediadas por el cacique: está en la encrucijada del bien y del mal. El padre Rentería es un personaje que representa, ya veremos cómo, la Iglesia del México de principios del siglo XX.

Ahora bien, el padre Rentería es la voz de Dios, pues como representación de él en la Iglesia encamina a los fieles por el sendero del bien, aunque tome decisiones que lo llevan a él y a Comala por el sendero contrario, el del mal. Comala es un pueblo de pecado, donde las ánimas penan porque el pecado cometido en vida las condena. Las decisiones del padre Rentería hacen de Comala un río de fantasmas, que recuerdan sus errores y sus culpas:

Comala, ciudad purgatorio donde los muertos deshabitan un presente sin esperanzas, sin cambios, sin futuro. Ciudad de ánimas en pena que tiene los ojos puestos en las nucas, rumiando un pasado que tendrá siempre el mismo gusto y el mismo disgusto. (…) Ciudad de espectros que platican entre ellos y de monólogos que repiten y gastan las pequeñas soledades de vidas en desamparo, desgarradas para siempre de sí mismas ( Carvalho da Silva, 1). 

Comala se ve deshabitada de la vida y poblada por la muerte. Las almas penan por su propio pecado,  por el pecado del pueblo, que fue confesado y no perdonado por el padre Rentería. Un ejemplo de esto es la muerte de Eduviges Dyada, que muere sin el perdón de Dios, por haberse suicidado, por haber ido en contra de sus designios: “Pero ella se suicidó. Obró contra la mano de Dios” (Rulfo, 46, 1981), afirma y decide el padre Rentería, sin darle el perdón. Solo hay una posibilidad: las misas gregorianas, pero cuestan mucho: “Digo tal vez, si acaso, con las misas gregorianas; pero para eso necesitamos pedir ayuda, mandar traer sacerdotes. Y eso cuesta dinero” (Rulfo, 47, 1981).

Se esboza desde ya el interés del Padre Rentería, que está entre el bien y el mal: da el perdón a los feligreses (hayan sido buenos o malos), siempre y cuando tengan cómo pagar. El padre Rentería configura las acciones de la Iglesia, pues es su representación en Comala. Para dar el perdón, el padre Rentería piensa, primero, en sus propios intereses.

 Por otra parte, la conversación entre Juan Preciado y Dorotea muertos no gira únicamente en torno a Pedro Páramo, sino también a los hechos y personajes que entretejieron su vida, sus felicidades y sus llantos. El padre Rentería le negó el perdón a Miguel Páramo: “ ¡No! dijo moviendo negativamente la cabeza. No lo haré. Fue un mal hombre y no entrará al Reino de los Cielos. Dios me tomará mal que interceda por él” (Rulfo, 38). Esta fue una decisión de valentía y coraje: valentía, por decirle un No al cacique del pueblo; coraje, por el recuerdo de la muerte de su hermano, por la memoria de la violación de su sobrina.
La decisión, sin embargo, no dependía solo de él. Estaba la fuerza mayor, el Dios del cielo, la última voz. Presentó el problema ante Dios, después de que Pedro Páramo puso sobre el reclinatorio algunas monedas de oro:

El padre Rentería recogió las monedas una por una y se acercó al altar.
Son tuyas dijo . Él puede comprar la salvación. Tú sabes si éste es el precio. En cuanto a mí, Señor, me pongo ante tus plantas para pedirte lo justo o lo injusto, que todo nos es dado pedir... Por mí condénalo, Señor.
Y cerró el sagrario.
Entró en la sacristía, se echó en un rincón, y allí lloró de pena y de tristeza hasta agotar sus lágrimas.

Está bien, Señor, tú ganas dijo después (Rulfo, 40).

A partir de esto, pueden notarse, a simple vista, dos decisiones: una impulsada por un sentimiento de rencor (un rencor vivo) muy humano; otra, motivada por el interés clerical, por la limosna para el templo, por el pago de la indulgencia. La segunda decisión del padre Rentería vencía los recuerdos de la maldad de Miguel Páramo por una razón: el dinero, “El dinero como cobro por su intercesión en la salvación de las almas”, dice  González Boixo (171). Ejemplo de esto es la muerte de Eduviges arriba citada, pero no se reduce a una única cita. El interés del padre Rentería se demuestra en otro pasaje de la novela:

El padre cura quiere sesenta pesos por pasar por alto lo de las amonestaciones. Le dije que se le darían a su debido tiempo. Él dice que le hace falta componer el altar y que la mesa de su comedor está toda desconchinflada. Le prometí que le mandaríamos una mesa nueva (Rulfo, 59).

Esta información se la daba Fulgor a Pedro Páramo después de haber ido a arreglar el próximo matrimonio del cacique con Dolores. Se evidencia el grado de interés del padre Rentería; ve la posibilidad de sacar tajada para el Templo y para su comodidad de hogar. Pasar por alto las amonestaciones cuesta sesenta pesos, y su nueva decisión colecciona culpas:

(…) el padre Rentería, es uno de sus más aplicados pecadores. Corrupto y ganancioso, entrega el perdón por dinero y por él condena a las ánimas a quedarse eternamente sin salvación. No puede ayudar a su comunidad con el perdón de la gracia divina, pues él es apenas uno más destinado a deambular en ese purgatorio repleto de ánimas entregadas a expiar sus pecados (Carvalho da Silva, 2).

En el anterior apartado, Carvalho da Silva presenta al padre Rentería como un pecador, como una ánima del purgatorio comalteco. La razón por la cual el padre Rentería no puede perdonar se debe a que él también es un pecador; tal vez el más grande de todos. Aquí no cuenta solo el interés, sino que a través de él, entregó a Comala en manos de Pedro Páramo. ¿Cuál es, pues, la culpa del padre Rentería?: Perdonar la muerte de Miguel Páramo, perdonar por interés y condescender ante las maldades de Pedro Páramo. De esto último es consciente, porque ayudó  a Pedro Páramo a crecer como mala yerba:

El asunto comenzópensócuando Pedro Páramo, de cosa baja que era, se alzó a mayor. Fue creciendo como una mala yerba. Lo malo de todo esto es que todo lo obtuvo de mí: “Me acuso padre que ayer dormí con Pedro Páramo”. “Me acuso padre que tuve un hijo de Pedro Páramo”. “De que le presté mi hija a Pedro Páramo (Rulfo, 101).

A partir del párrafo citado, se evidencia la culpabilidad del padre Rentería por sus acciones. El padre Rentería se sabe culpable, es consciente de que por su culpa el pueblo se condena. Una culpa heredada por sus decisiones, motivadas estas por el temor y respeto a Pedro Páramo. Cuando el padre Rentería viaja a Contla a una reunión con el párroco de aquel lugar, este le hace ver sus errores. En resumidas cuentas, el padre Rentería había entregado la Iglesia a Pedro Páramo, había entregado a Comala entera:

Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha despedazado tu iglesia y tú se lo has consentido. ¿Qué se puede esperar ya de ti, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza de Dios? Quiero convencerme de que eres bueno y de que allí recibes la estimación de todos; pero no basta ser bueno (Rulfo, 108).

“No basta ser bueno” le dice el padre de Contla al padre Rentería. No basta tener un comportamiento aceptable para el pueblo, hay que luchar con rectitud por él, con justicia, es decir, hay que perdonar porque Dios lo permite y no porque se pague el perdón. Hay que actuar con sabiduría y valentía ante confesiones similares. González Boixo afirma que “(…) la confesión se convierte en un símbolo en la novela” (177), y tiene toda la razón, porque es el principio de la condena de las almas cuando no hay perdón de por medio; una condena dada por el padre Rentería, cuya potestad se rige por el dinero y por las voluntades de Pedro Páramo. De aquí, parte la idea de la Iglesia como ente que condena. Si la gente se confiesa es porque le teme intensamente al infierno y porque sabe que ha pecado por voluntad de Pedro Páramo, por algo que tiene que ver con él. El padre Rentería no perdona porque el pueblo es pobre, porque no saca ningún provecho del perdón. La religión se vuelve, de esta manera, punitiva y deja aun lado la idea de salvación. González Boixo afirma al respecto:

La religión, elemento básico en la concepción de la vida para los personajes de Rulfo, se presenta ciertamente con dos características: como una religión adulterada por las supersticiones unidas a ella y como una religión punitiva, contrariamente al carácter de «salvación» que el catolicismo predica (167).

El hecho de que el padre Rentería no perdone los pecados hace de la Iglesia un  lugar de castigo, y no un medio de salvación. Las supersticiones de las que habla el crítico hacen referencia al concepto de infierno y a lo que hay después de la muerte, características de la religiosidad mexicana heredada de antaño:

Poco a poco se llegó a la simbiosis resultante en la religiosidad de pueblos mestizos, como el mejicano. Mestizos tanto en etnia como en cultura. El mejicano es hoy tan cristiano como lo era ayer fiel devoto de Quetzalcoatl, solo que ha cambiado el rito y los dogmas, los edificios y los ropajes. (Manrique Miguel, 83).

Miguel Manrique aclara con el apartado anterior que el mejicano trae consigo y con su cultura la religiosidad de siempre; tal vez, también acompañada de supersticiones que tengan que ver con la vida después de la muerte. Después de la aclaración, retomemos: Al ser punitiva, la Iglesia contradice uno de sus preceptos: la salvación que predica. Y todo intermediado por pedro Páramo, que destruye la iglesia, pero no la material, no el templo; sino la iglesia como pueblo: el pueblo de Comala.
El padre Rentería asume su culpa, es consciente de lo que ha hecho y de las decisiones que ha tomado; se siente malo. Después de la conversación con el padre de Contla, habla con su sobrina:

¿A dónde va usted, tío? (…).
-          Voy a ir un rato a caminar, Ana. A ver si así reviento.
-          ¿Se siente mal?
-          Mal no, Ana. Malo. Un hombre malo. Eso siento que soy. (107).
Sus propias decisiones lo señalan y lo culpan, pues son contraproducentes con lo que siente, es decir, el sentimiento de arrepentimiento, de culpa y de congoja. El padre Rentería toma la decisión de dejar a Comala en manos de Pedro Páramo, y este la destruye. Todo se hace como el cacique lo manda, todo, incluso el perdón de Miguel Páramo, que no lo merece.

La culpa del padre Rentería crece en la medida en que recapacita en sus hechos. Le da el perdón al hijo de Pedro Páramo, y no perdona al resto por interés, es decir, porque no tienen cómo pagar el cielo. Pedro Páramo es la potestad en persona, pues todas sus voluntades se llevan a cabo, incluso el perdón de Dios para su hijo:
Pedro Páramo constituye, en breve, una crónica que registra la trayectoria de un avatar de «la voluntad del poder». Esa voluntad se fortalece al imponerse en los ajenos, y no entra en declive hasta encontrar una meta inalcanzable: el afecto de Susana. Por fin convencido de su derrota, la voluntad del poder se aniquila, realizando así el acto último de autonomía individual (…), (Tittler, 5, 1981).

La voluntad de Pedro Páramo se impone en el pueblo, y el pueblo lo permite, le entrega a sus hijas, a sus mujeres, les presta su vientre para que en él engendre. El padre Rentería sabe lo que sucede, y no hace nada; solo escucha, y perdona solo cuando le conviene. Pedro Páramo encuentra un freno a tal poder, halla a Susana San Juan, que aniquila la voluntad de su poder con la indiferencia, la locura y el desamor. Susana San Juan es el freno a la opresión social de Pedro Páramo y a la religiosa del padre Rentería, como se verá más más delante.

El padre Rentería deja en manos de Pedro Páramo el pueblo de Comala y lo condena por siempre. He aquí la importancia del personaje: sin el padre Rentería no hay condenación, sin condenación no hay almas en pena, y por ende, no hay novela. La decisión de perdonar al adinerado y la de condenar al resto lo llenan de culpas que lo martirizan. ¿Qué tanto es perdonar al mundo, cuando se tiene la posibilidad? No perdona a María Dyada porque actuó en contra de los designios de Dios: se suicidó. El no perdón del padre Rentería es ejemplo de una violencia espiritual, una violencia que se corresponde al poder de Pedro Páramo:

(…) es también la violencia espiritual de la Iglesia como institución que les niega la absolución de sus pecados. Este último punto es, sin duda, muy importante, porque la Iglesia aparece como cooperadora de las otras violencias, bien porque esté unida a los ricos, bien porque contribuya al mantenimiento de este tipo de sociedad (González Boixo, 169).

Tal como lo afirma González Boixo, el crítico que más ha trabajado el asunto religioso en la obra de Juan Rulfo, la Iglesia, que en Comala está a cargo del padre Rentería, ayuda a que la violencia social que crea Pedro Páramo se mantenga. Por eso el padre Rentería es culpable: culpable de tomar la miedosa decisión de entregar a Comala al cacique, culpable por permitir que todo se haga como Páramo lo dice: en “la Iglesia católica es imprescindible reconocer el supremo poder terrenal del cacique”, afirma Tittler (Tittler, 2, 1981), y confirma, a la vez, la influencia de Pedro Páramo con respecto a las decisiones de la Iglesia, es decir, con respecto a las decisiones del padre Rentería. Por eso perdona a Miguel Páramo y por eso condena a María Dyada. Luego recapacita al respecto:

¿Por qué aquella mirada se volvía valiente ante la resignación?¿Qué le costaba a él perdonar, cuando era tan fácil decir una palabra o dos, cien palabras si éstas fueran necesarias para salvar el alma. ¿Qué sabía él del cielo y del infierno? (Rulfo, 55).

¿Qué le costaba perdonar? A él, nada. Pero de perdón no se vive, y la Iglesia saca tajada en cualquier repartida. A él no le costaba perdonar, si la confesión iba acompañada de una ayuda para el templo, si el alma tenía dinero para pagar sus pecados. Aquí aparece el interés nuevamente, y nuevamente la culpa:

El padre Rentería se revolcaba en su cama sin poder dormir: “Todo esto que sucede es por mi culpase dijo. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque esta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y estas son las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la purificación de sus almas? Y para qué purifican su alma si en el último momento… (Rulfo, 45).

El padre Rentería se siente culpable de lo que sucede en Comala; es decir, se siente mal por haber dejado que las cosas llegaran hasta tal punto, que Pedro Páramo hubiese acabado con su Iglesia. Pero es consciente también de que los adinerados como Pedro Páramo son los que le dan de comer, que no puede atenerse a los pobres, ni ayudarlos, porque prima su beneficio: llenar su estómago. El padre Rentería está entre la espada y la pared; está entre el bien y el mal: sabe que traiciona a los que confían en él, pero reconoce también que, si no los traicionara, su Iglesia como templo se acabaría, que sería una víctima más del poder devastador del cacique del pueblo.

Tal vez la culpabilidad mengüe un poco cuando deja de pasar por alto las voluntades de Pedro Páramo. Esto ocurre cuando decide tomar las armas para irse a luchar en la Guerra Cristera, a mediados de la década del 20 del siglo pasado. Se afirma esto porque, partiendo del hecho de que Pedro Páramo representa el autoritarismo gubernamental de la Revolución mexicana y de la post-revolución y que la Iglesia tenía potestades similares, queda esta supeditada al Estado, y se levanta en armas contra el gobierno de Calles, que reglamenta el artículo 130, que tiene como fin la restricción de la autonomía de la Iglesia. El comienzo de todo se presenta en el momento en que  tanto el Estado como la Iglesia quieren liderar el monopolio carismático:

En tiempos de Madero, la Iglesia había lanzado un partido (PCN) y hasta 1926, con la misma energía demagógica de las otras fuerzas políticas, multiplica las manifestaciones de masas. (…). Y como el Estado y la Iglesia exigen al mismo tiempo y de manera totalitaria el monopolio carismático, la guerra tenía que ser total desde el momento en que ambos pretenden el dominio universal (Jean Meyer, Enrique Krause y Cayetano Reyes, 219, 1977).
La Iglesia, entonces, puede agrupar una gran cantidad de gente que comparta su ideología: “También el temor-respeto por la Iglesia es, una vez más, incentivo de alzamiento” (Miguel Manrique, p. 85), pero el gobierno de Calles no lo permite, prohibiendo el culto en las parroquias: “La Iglesia podía proclamar a gritos en todas las parroquias, con una apariencia de razón las injusticia de la ley, azuzar a la resistencia y hasta justificar tal vez la religión” (p. 226). Sin embargo, Jean Meyer, Enrique Krause y Cayetano Reyes afirman, citando a Lagarde,  que Lagarde encontró a Calles el 26 de agosto y transcribe las palabras siguientes: “Me declaró que, en su opinión, cada semana sin culto haría perder a la religión católica un dos por ciento aproximadamente de sus fieles” (…) “se alegraba de la suspensión del culto” y que “estaba decidido a acabar con la Iglesia y a librar de ella, de una vez para siempre a su país” (p. 224).

 Tanto el clero como el Estado quieren el predominio de la Iglesia, y tras el artículo 130 de la Constitución política mexicana se desata una guerra que deja centenares de muertos. A esta guerra se unen los feligreses y campesinos, por un lado, y los callistas, por otro; es por esto que Tilcuate le pregunta a Pedro Páramo:

Se ha levantado en armas el padre Rentería. ¿Nos vamos con él o contra él?
 -Eso ni se discute. Ponte al lado del gobierno. (Rulfo, 170),

Y se ve al fin la ruptura entre el padre Rentería y Pedro páramo. La decisión de levantarse en armas y de unirse a la Guerra Cristera contradice sus pasadas acciones. El padre Rentería se ha sentido culpable de lo que ha hecho y permitido en Comala, y aprovecha el momento para reivindicarse. De la misma manera como el Estado y la Iglesia se desligaron uno de la otra, el padre Rentería se deshizo del lazo que lo unía a las acciones y voluntades del cacique. El padre Rentería  y Pedro Páramo son, respectivamente, metáforas de la Iglesia y del Estado del México de principios del siglo XX.

Pero no fueron estas las únicas acciones que lo pusieron en tal estado. En la novela, el padre Rentería es un mediador entre la tierra y el cielo para todo el pueblo. Pedro Páramo no fue el único que suplicó perdón (para su hijo). Ya se ha visto que muchas mujeres llegan a confesarse ante el padre Rentería para que las absuelva de sus pecados, que son producto del autoritarismo del cacique. Por ejemplo, Dorotea, que junto a su locura, va a confesarse por ser la Celestina de Miguel Páramo, la que le conseguía mujeres:

La primera que se acercó fue la vieja Dorotea, quien siempre estaba allí esperando a que se abrieran las puertas de la iglesia. Sintió que olía a alcohol.  -¿Qué, ya te emborrachas? ¿Desde cuándo?  -Es que estuve en el velorio de Miguelito, padre. Y se me pasaron las canelas. Me dieron de beber tanto, que hasta me volví payasa.                                                    -Nunca has sido otra cosa, Dorotea. -Pero ahora traigo pecados, padre. Y de sobra (Rulfo, 108, 1981).

El padre Rentería no creía que Dorotea, por su locura, pudiese cometer algún pecado. Trató de ignorar lo que había acabado de oír, pero ella insistió, hasta que le confesó que era ella la que le conseguía las muchachas a Miguel Páramo. Fueron “retemuchas” dijo, y aunque el padre Rentería le deseó que Dios la perdonara, sentenció también que jamás vería el cielo, es decir, jamás llegaría a la gloria que ella deseaba: el encuentro con el hijo que nunca tuvo:

-¿Cuántas veces viniste aquí a pedirme que te mandara al cielo cuando murieras? ¿Querías ver si allá encontrabas a tu hijo, no, Dorotea? Pues bien, no podrás ir ya más al cielo. Pero que Dios te perdone. -Gracias, padre.                                                                                                            -Sí. Yo también te perdono en nombre de él. Puedes irte. -¿No me deja ninguna penitencia?                                                                                  -No la necesitas, Dorotea. -Gracias, padre.                                                                                                            -Ve con Dios. (P. 109)

Tales son las acciones del padre Rentería, que condena al pueblo, que lo convierte en fantasma, en soledad y miedo. Pues toda alma pena en el desierto de Comala, que produce miedo. Juan Preciado lo siente en cada paso, en cada conversación que tiene con algún espectro, con algún ser que sobrevive en los recuerdos de doña Eduviges, de doña Dolores, de Donis, de la hermana de este y de Dorotea. Sus recuerdos recrean el ambiente de antaño, traen de vuelta a Pedro Páramo y explican el cómo se llega hasta ahí, hasta esa soledad con fantasmas que producen miedo. Miguel José Pérez y Julia Enciso describen este ambiente de la siguiente forma:

La historia de Comala es, es pues, la historia de un pueblo que ha perdido el Paraíso y permanece envuelto en el sopor que conlleva el sentimiento de culpa. Sin redención ni esperanza posible; sin ley, sin justicia y sin perdón, sus habitantes se encuentran encerrados entre cuatro paredes vacías, atrapados por el miedo y la angustia (p. 182: 2003).

El sentimiento de culpa se apodera de todos los habitantes de Comala, se sienten pecadores y se crean el miedo de parar en el infierno. Con tal sentimiento se acercan los feligreses al confesionario del padre Rentería, pero este los condena a vivir en pena por siempre, por su propio beneficio y por permitir que Pedro Páramo actúe conforme a su  voluntad. Y es así como se configura, a partir de la imagen del padre Rentería, la Iglesia como institución, y el caso de Dorotea es el mejor ejemplo:
No se cuestiona en la obra de Rulfo la validez de la religión como tal, sino la concepción que de la misma tiene esa comunidad rural que Rulfo ha creado: una religión que no ofrece un mensaje de salvación, que está plagada de elementos cercanos a la superstición; una religión, por último, que a nivel de institución eclesiástica también les niega la salvación espiritual (González Boixo, 177).

A Dorotea se le negó la gloria por su locura y por sus pecados. Se le negó  lo que para ella era la gloria: ir al cielo a conocer al hijo que nunca tuvo. Los elementos de superstición de los que habla González Boixo, como ya se afirmó arriba, hacen referencia al después de la muerte, al miedo a la condena. El perdón del padre Rentería para con Dorotea es un perdón que no salva, sino que condena. La concepción de Comala con respecto a la religión es condenatoria, y Dorotea lo confirma con congoja:

El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra. Además, le perdí todo mi interés desde que el padre Rentería me aseguró que jamás conocería la gloria. Que ni siquiera de lejos la vería… Fue cosa de mis pecados, pero él no debía habérmelo dicho. Ya de por sí la vida se lleva con trabajos. Lo único que la hace a una mover los pies es la esperanza de al morir la lleven a una de un lugar a otro; pero cuando a una le cierran una puerta y la que queda abierta es nomás la del infierno, más vale no haber nacido… (Rulfo 96, 97: 1981).

Este párrafo presenta la condena de Dorotea y el perdón condenatorio del padre Rentería. Dorotea habría preferido que el padre no le hubiese dicho nada para seguir soñando con la posibilidad de conocer a su hijo en el cielo. El padre Rentería le quitó la esperanza, tal como Pedro Páramo había borrado cualquier indicio de  esperanza en todo el pueblo de Comala. Los dos, como ya se ha dicho, son símbolo de opresión social y espiritual.
Por otro lado, el caso  de Susana San Juan es un caso especial. El padre Rentería se enfrenta a una mujer que no cree en Dios; una vez más está entre el bien y el mal. Se dirige a su casa antes de su muerte para alcanzarla a confesar. Mientras tanto, ella conversa con Justina sobre  la vida, la tristeza y los ruidos de la tierra, y le pregunta:

-¿Tú crees en el infierno, Justina?   -Sí, Susana. Y también en el cielo.                                                                                         -Yo sólo creo en el infierno -dijo. Y cerró los ojos. (Rulfo, 159).

Susana San Juan empieza a configurarse como la barrera para las dos opresiones. Pedro Páramo no puede con ella; su amor y la indiferencia de ella lo dominan. El padre Rentería, por su parte, se encuentra con una mujer que no quiere ser confesada, que finge repetir las palabras que el padre le ordena que diga cuando en realidad está susurrando los recuerdos de Florencio. El padre Rentería alcanza a dudar que tenga ella algo de qué arrepentirse:
Tuvo intenciones de levantarse. Dar los santos óleos a la enferma y decir: "He terminado." Pero no, no había terminado todavía. No podía entregar los sacramentos a una mujer sin conocer la medida de su arrepentimiento.  Le entraron dudas. Quizá ella no tenía nada de que arrepentirse. Tal vez él no tenía nada de que perdonarla. Se inclinó nuevamente sobre ella y, sacudiéndole los hombros, le dijo en voz baja:     
                                                                                                                                                                                                     -Vas a ir a la presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para los pecadores. Luego se acercó otra vez a su oído; pero ella sacudió la cabeza:  -¡Ya váyase, padre! No se mortifique por mí. Estoy tranquila y tengo mucho sueño.   Se oyó el sollozo de una de las mujeres escondidas en la sombra. Entonces Susana San Juan pareció recobrar vida. Se alzó en la cama y dijo: -¡Justina, hazme el favor de irte a llorar a otra parte!                                                  Después sintió que la cabeza se le clavaba en el vientre. Trató de separar el vientre de su cabeza; de hacer a un lado aquel vientre que le apretaba los ojos y le cortaba la respiración; pero cada vez se volcaba más como si se hundiera en la noche. (Rulfo, 167: 1981).

A partir de este apartado hay un par de cosas por precisar. Primero, si se presta atención el padre Rentería tiene la voluntad de darle el perdón a Susana San Juan, la mujer de Pedro Páramo. El padre niega el perdón cuando sabe que no puede sacar provecho del asunto. Pedro Páramo es el cacique del pueblo, y por lo tanto, tiene cómo recompensar la salvación de su amada. Pero hay un problema, y es la segunda cosa por resaltar: la indiferencia de Susana San Juan. Llegar a decirle que se fuera significa que no necesita de él, ni de la salvación, para morirse. Miguel José Pérez y Julia Enciso afirman al respecto:

El intenso diálogo que mantiene con Susana San Juan, moribunda, es el mejor exponente de ese terror religioso en el que el padre Rentería sumerge a los habitantes de Comala, como ejemplo de la actitud de numerosos representantes de la iglesia. Es un diálogo de una gran fuerza en el que el padre Rentería insiste amenazador (…). Finalmente, viéndose derrotado, le dice en voz baja y sacudiéndole los hombros: «Vas a ira la presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para los pecadores» (p. 94). Pero Susana San Juan lo va a rechazar definitivamente. Ya con anterioridad le había confesado a Justina —que creía en el cielo y en el infierno-: «Yo sólo creo en el infierno» (p. 90). Y un poco antes, en el mismo diálogo con Justina: « ¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?» (p. 89). Por eso, cansada/hastiada ya de la insistencia del padre Rentería, le dice definitiva: « ¡Ya váyase, padre! No se mortifique por mí. Estoy tranquila y tengo mucho sueño» (p. 94, 2003).

 Los críticos reconocen dos cosas que se han argumentado durante el desarrollo del presente trabajo. En primera medida, el terror religioso, que hace de la Iglesia, más que un ente de salvación, un medio para la condena. Y la derrota del padre Rentería, después de amenazar con supersticiones y concepciones religiosas sobre lo que es la vida después de la muerte. Susana San Juan rechaza el discurso del padre Rentería y rechaza a la vez el cielo prometido. Y se confirma, de este modo, la derrota de las dos opresiones: la del poder social y político y la del poder religioso.

A modo de conclusión, puede decirse que las decisiones del padre Rentería conllevan culpas que lo arrastran a un estado de congoja y arrepentimiento. Él es consciente de su deber cristiano en el pueblo, pero, ante todo, sobresale su interés. Perdona si la persona tiene cómo pagar la salvación, y condena en la pobreza: un ejemplo de ello es la condena de Dorotea, que no puede llegar a conocer al hijo que nunca tuvo, o de doña Eduviges, que se suicida y su hermana no tiene dinero para pagar las misas gregorianas; sin embargo, el padre Rentería salva a Miguel Páramo, el hijo del cacique, a pesar de su maldad; Pedro Páramo tenía cómo pagar su salvación, y ese poder pagar hace que el padre Rentería termine perdonándolo, aun cuando sabía que había violado a su sobrina y había  asesinado a su hermano .

Este tipo de decisiones conllevan culpas. Empieza a sentirse culpable después de que fue a hablar con el padre de Contla sobre la situación de la Iglesia en Comala. Esta culpabilidad va consigo, posiblemente, hasta el día en que decide levantarse en armas para unirse a la Guerra Cristera. Esta ruptura se asemeja a la ocurrida entre el Estado y la Iglesia en aquel tiempo. Retomando: mucho antes de esta guerra, el padre de Contla le hace ver al padre Rentería que por sus acciones el pueblo está lleno de pecado. Le reprocha el haber entregado la Iglesia - como comunidad y no como templo- a Pedro Páramo, y que este la había destruido. Se empieza a sentir malo, según se lo confiesa a su sobrina. No tenía la potestad de perdonar si él estaba también en pecado:
Tampoco el padre Rentería recibe el perdón de sus pecados. Con su actuación, transforma el miedo en espanto, porque ni siquiera tras la muerte podrá el hombre alcanzar el descanso. De ahí que los personajes de la novela rememoren, tras su muerte, los recuerdos, angustiosos, que vivieron (Pérez y Enciso, 185: 2003).

Por esta razón se condena todo el pueblo, y vagan los fantasmas por el desierto comalteco, de día y de noche, creando un ambiente de miedo, de soledad y de muerte. Juan Preciado siente el miedo en carne propia, siente los vestigios del pecado de Comala, un pueblo condenado por el interés del padre Rentería y por su permisión ante las voluntades del cacique. Susana san Juan, por otro lado, se presenta como la barrera de la opresión social y religiosa de Pedro  Páramo y del padre Rentería: aun pudiendo ser perdonada, se ahoga en su locura y en sus recuerdos, y se condena por siempre entre los recuerdos de su amado Florencio. Susana se oye sollozar, hundida en el placer de antaño, cuando aún estaba con Florencio. Juan Preciado no conversa con ella, solo la oye, pero sí dialoga con las demás almas en pena, habla con el pecado del pueblo de Comala, y a través de él, se entera del pasado. Todo es muerte y pecado, y soledad y pecado en la novela. Una soledad, una muerte y un pecado condenados en la eternidad por el padre Rentería.

BIBLIOGRAFÍA
Carvalho da Silva, Simone Andrea. Muerte y religiosidad en Pedro Páramo. En línea:http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/pedroparamo.pdf.
Eustolia Erióstegui, Carlos (2005). La palabra bivocal en algunos fragmentos de Pedro Páramo. México: El colegio de México. En línea: http://148.206.53.230/revistasuam/signosliterarios/include/getdoc.php?id=30&article=31&mode=pdf.
González Boixo, José Carlos (1985). El factor religioso en la obra de Juan Rulfo, en Cuadernos Hispanoamericanos  421-423. Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana. Recuperado el 21 de enero de 2012 de la base de datos de la Biblioteca Miguel de Cervantes.
Manrique, Miguel (1985). A orillas de la vida y de la muerte, en Cuadernos Hispanoamericanos  421-423. Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana. Recuperado el 21 de enero de 2012 de la base de datos de la Biblioteca Miguel de Cervantes.
Meyer, Jean; Krause, Enrique; Reyes Cayetano (1977). Historia de la Revolución mexicana. México: El colegio de México.
Pérez, Miguel José y Enciso, Julia (2003). La angustia de vivir en Comala. Entre la añoranza y el desamparo. Madrid: Dpto. Didáctica de la Lengua y la Literatura. En línea:http://www.ucm.es/BUCM/revistas/edu/11300531/articulos/DIDA0303110179A.PDF.
Rulfo, Juan (1981). Pedro Páramo. Barcelona: Club Bruguera.

14 comentarios:

  1. Hola John un placer leerte y me saco el sombrero
    yo soy fiel a Sor Juana Inés de la Cruz, he leido tu análisis impecable realmente
    desde ya te sigo y leo todo lo tuyo, estoy con poco tiempo pero me ire repartiendo entre la profesión, la casa, la gimnasia y el blog mio y visitar a los amigos de aquí, ahh es mucho....
    Bien si te da las ganas llegate por mi blog, decime que te parece lo que escribo lo mio es asi solo asi, nada de estructura
    Cariños y Carmen la del personaje

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    1. Estoy de acuerdo. Es un análisis impecable. Presentó ideas diferente que mí. En colegio, yo leí "Pedro Páramo" y mis ideas de purgatorio estaban más similares, pero sus comentarios de Padre Rentería es diferente. ¿Por qué piensa que Padre Rentería es bueno?

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  2. Buen trabajo hombre. Me aclaró muchas cosas, esto me servirá de mucho para el informe :) Gracias.

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    1. No es nada, Rafael. La idea de este blog, entre otras cosas, es servir como apoyo o aclaración de dudas en algunos temas literarios, lingüísticos o sociales. Gracias a usted por comentar. Saludos.

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    2. Te felicito por esta gran critica-análisis de uno de los grandes liricos o escritores del Siglo pasado, principal de Latinoamerica. Nos decia un MSc de literatura: "Para comprender el libro, tienen que seguir al personaje del Padre Renteria. Me distes pautas para entenderle y te agradezco nuevamente. Saludos desde Nicaragua

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    3. Me alegra mucho lo útil que le fue este trabajo. Muchos saludos.

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    4. Padre Rentería es muy importante en esta obra. Pienso que su papel en la novela ayuda el lector a entender las ideas sobre los pecados. Son críticos para el análisis de religión y sus opiniones de Rulfo.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. El autor ignora la influencia de la masonería mexicana, empeñada en erradicar el catolicismo. Pedro Páramo representa al estado laico y masónico, dispuesto a esquilmar a los campesinos para conformar una elite de terratenientes con bienes mal habidos que luego gobernaría México hasta el día de hoy. Juan RUlfo rescata al padre Rentería, pues aún cundo vive atemorizado por el poder de Pedro Páramo, cumple su labor apostólica, aunque no es absuelto por la iglesia de su culpa. "Busque el perdón con otro, yo no se lo puedo dar..."

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  5. La masonería mexicana es la mas beneficiada del catolicismo encubridor de caciques, y solo cuando este catolicismo denuncia el crimen se divorcian: como en el caso Posadas, pueden ser antagonistas y odiarse, pero viven de lo mismo: de la ignorancia del pueblo, uno secuestra el poder, el otro la salvación, solo Susana San Juan puede desdeñar a ambos poderes, en su locura de amor, como poetisa, como Frida Kahlo: quebrada, en agonía... pero amada y temida por los que ella desprecia, esos usurpadores del poder y la gloria... que profunda alegoría del México del siglo pasado, y del actual, que gran libro...

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  6. Me gusta su análisis de "Pedro Páramo". Los temas en la novela eran interesantes. El punto de Padre Rentería es demonstrar la corrupción de la iglesia, y Pedro Páramo es corrupción en general. El personaje de Pedro es el razón de corrupción y pecado en Comala. Tiene una pregunta sobre Juan Preciado. ¿Cuál es el punto de tener Juan Preciado? ¿Tiene un prepósito además de presenciar las personas y la injusticia en Comala? Pensé que Juan Preciado representé la esperanza por Comala y los ciudadanos.

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