lunes, 2 de julio de 2018

El papel del Ejército Nacional en dos masacres colombianas


El papel del Ejército Nacional en dos masacres colombianas
Jhon Monsalve
 
Imagen tomada de: https://steemit.com/history/@arielpr/the-banana-massacre-the-day-that-u-s-murdered-thousands-of-innocent-colombians
El 6 de diciembre de 1928, luego de que el presidente Abadía Méndez decretara la orden de fuego hacia los trabajadores de la United Fruit Company, los soldados encargados de acabar con la huelga llevaron al pie de la letra tal orientación: dispararon contra los campesinos que laboraban para la empresa estadounidense y ocasionaron la que podría ser una de las masacres más cruentas de la historia colombiana. Algo similar ocurrió en Bucaramanga el 11 de octubre de 1981, cuando, después de un desorden público generado por una supuesta falla arbitral, se hizo el llamado al Ejército Nacional para que interviniera, y, efectivamente, el resultado de su participación fue la sangre derramada en los suelos del Estadio Alfonso López. De este modo, el Ejército Nacional ha sido protagonista de dos masacres que ponen en duda el papel social de este ente del Estado. En el siguiente artículo, se expondrán las similitudes de estas dos masacres: el abuso de poder, la polémica por el número de muertos y el olvido de estos hechos por parte la sociedad.

El Ejército Nacional tiene como misión, según lo que se expone en su página oficial, conducir "operaciones militares orientadas a defender la soberanía, la independencia y la integridad territorial y proteger a la población civil y los recursos privados y estatales para contribuir a generar un ambiente de paz, seguridad y desarrollo, que garantice el orden constitucional de la nación". Esta misión da cuenta de unos deberes institucionales que no pueden transgredirse porque se comprenderían como abuso de poder. Por ejemplo, si se dan operaciones militares para proteger a la población civil, los actos que se implementen para ello deben ser acorde a los derechos de los seres sociales implicados. Es decir, si bien el Ejército Nacional puede defender a un árbitro o a unos hinchas no puede tomar la decisión de asesinar a otros civiles bajo el argumento de que debe implementar el orden para proteger a una parte de la población. Lo mismo sucede en la historia de la Masacre de las Bananeras, en donde el Ejército actúa bajo mandato presidencial con el fin de proteger los recursos privados de la empresa United Fruit Company, pero pasa por encima de los derechos de los ciudadanos huelguistas. 

Bien es sabido que, según los documentos históricos oficiales de la historia colombiana, la Masacre de las Bananeras dejó solo nueve muertos y que, sin acudir a la imaginación de García Márquez en Cien años de soledad, se puede argumentar con discursos de la United Fruit Company y de los sobrevivientes que fueron más de mil, tal como lo afirma la Editorial de El tiempo en 2010: "Pero los sobrevivientes -y un funcionario diplomático estadounidense- afirman que la masacre dejó más de mil cadáveres, que habrían sido arrojados al mar antes del levantamiento por parte de los peritos oficiales". Este dato da cuenta de la actitud del Ejército Colombiano ante la cantidad de muertos: además de haber masacrado a la comunidad trabajadora, esconde los cuerpos para simplificar la tragedia y no implicar al gobierno. Algo similar ocurre con la masacre de los hinchas en el partido entre el Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla el 11 de octubre de 1981: el Ejército los asesina y se escribe en los documentos oficiales que los muertos no fueron más de cuatro, cuando en realidad pueden superar varias decenas, como afirma el narrador de fútbol González, quien estuvo presente: “Hubo muchos más muertos de los que dicen. Yo vi como sacaban gente en bolsas”, y ante lo cual Vanguardia Liberal complementa: "El reporte oficial habla de cuatro muertos y más de 30 hinchas gravemente heridos. Sin embargo, nadie que haya estado allí cree que esa cifra sea cierta".

Lo triste de estas historias es que terminan favoreciendo al gobierno colombiano de una u otra forma, ya sea por la tergiversación de la información o por el olvido de los colombianos. Bien lo representó García Márquez en la conversación que mantiene José Arcadio Segundo con una de las habitantes de Macondo que no sabe de qué muertos le habla el Buendía herido. Bien se representa en la última parte del primer capítulo de La casa grande, de Cepeda Samudio, cuando uno de los soldados antecede el olvido en que quedará la masacre. Y no solo ocurrió con la crueldad del ejército en las bananeras, sino también con la masacre del Alfonso López: quedó en el olvido, nadie la recuerda, ni los hinchas que parecen estar más pendientes de las riñas que de los asuntos importantes de su equipo. Vanguardia Liberal también enfatiza en el problema de alzheimer de los bumangueses: "Será un ‘deja vu’ histórico enmarcado en el olvido de lo ocurrido ese 11 de octubre de 1981, indiferencia denunciada por varios de quienes vivieron la tragedia, para los que no se ha hecho suficientes esfuerzos para recordar a las víctimas".

A partir de lo anterior, se puede concluir que el papel del Ejército Nacional  tanto en la Masacre de las Bananeras como en la Masacre del Alfonso López ha ido en contra de su misión como ente estatal. El hecho de que los documentos oficiales escondan el número real de muertos hace ver la protección que recibe el Ejército Colombiano ante actos atroces que perjudican a la población civil. Además, la complicidad de los medios de comunicación, de los colegios y otras instituciones educativas ha sumido en la ignorancia a la población para que olviden rápidamente. Queda, por tanto, en duda el rol del Ejército Nacional en cuanto a su función social.