domingo, 5 de mayo de 2013

Análisis del cuento “Los gallinazos sin plumas”, de Julio Ramón Ribeyro


Análisis del cuento “Los gallinazos sin plumas”, 
de Julio Ramón Ribeyro
Jhon Monsalve
(Retrato de Julio Ramón Ribeyro)
Imagen tomada de internet
Imaginemos una sociedad cualquiera en el mundo en la que los pobres, como siempre, les hacen la vida menos difícil a los ricos. Es muy fácil familiarizarnos con una sociedad hipotética y al mismo tiempo tan próxima como la que aquí caracterizo. Ya he explicado en el artículo que titulé “Rafael Pombo: a 100 años de su muerte” que la obra de este poeta colombiano no es más que una crítica directa a los poderes sociales y, lastimosamente, mal tomada [hablo de la obra de Pombo] por cientos de maestros y uno que otro crítico. En el presente texto, me dispongo a analizar o, más bien, a comentar analíticamente la lectura de uno de los cuentos más importantes de la literatura latinoamericana: “Los gallinazos sin plumas”, del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Ya veremos que hay estrecha relación con Pombo (en cuanto al fin social) y con la eternamente sociedad latinoamericana y mundial desigual e injusta.
La narración
Enrique y Efraín son dos hermanos que, a su corta edad, trabajan fuertemente para llevarle al abuelo el alimento necesario para el marrano que cría con el objetivo de venderlo a un buen precio. El trabajo de este par consiste en salir antes del alba a buscar en la basura uno que otro alimento para el cochino y deben llegar con los cubos repletos de comida pues de lo contrario el abuelo, como casi siempre ocurre, se enoja con ellos y los insulta. Con el tiempo se dan cuenta de que en  un muladar, algo alejado, se puede hallar gran cantidad de basura, manjar de los gallinazos que, al principio, cuando los hermanos son enviados, los ven con recelo, pero que con el tiempo se habitúan a dos chulos más que devoran también los desperdicios, es decir, las sobras, de los que tienen comida a diario.
Van solo dos días al muladar y el resto de semana la pasan en las calles revolviendo basura para el alimento de un animal que ansioso y hambriento espera la porción del día. Efraín se hiere un pie y a causa de esto se enferma y el abuelo no lo comprende y se enoja por eso; entonces, le exige a Enrique que trabaje el doble para reponer la pereza del hermano, y así lo hace, y consigue un nuevo compañero de trabajo: un perro flaco acostumbrado a revolver basura en busca de comida. El abuelo termina aceptando el perro en la casa, aunque al principio no lo hizo porque no toleraba una boca más.  
Y bien: Enrique también cae enfermo, en su caso de tos y gripa, y una mañana no puede levantarse y el abuelo se enoja y pasan unos días sin comer casi nada, hasta que el anciano rompe en cólera y se desquita con sus nietos, hasta el punto de que, enfermo y todo, a Enrique le toca volver al trabajo de buscarle el alimento a un marrano. El perro, que ha presenciado el maltrato del abuelo, se queda al cuidado de Efraín. Cuando Enrique vuelve del arduo trabajo, se da cuenta de que algo anda mal y se lo confirma su hermano: el perro ha mordido al abuelo y el abuelo ha decidido, tal como lo presenció el propio Enrique, echarle el canino vivo al puerco hambriento. Toma Enrique, después de ser golpeado por su abuelo, una vara e intenta golpear al anciano, que pierde el equilibrio y cae al lodo. En ese momento va en busca de Efraín para huir del lugar, mientras se oyen chasquidos en el corral del cochino. La ciudad también abre su mandíbula para devorar al par de gallinazos enfermos.
El trasfondo
Las sociedades tienden a la injusticia y a la desigualdad. En cualquier grupo, y más en nuestros países capitalistas, el poder se monta a la cima y los “oprimidos”, para utilizar un término de Paulo Freire, queda en el valle de la montaña. En este cuento se evidencia una simbología del poder en el abuelo que alimenta al marrano para obtener ganancias. Se ve, en una escala de poderes, que los nietos son los más humillados y decaídos en la sociedad del cuento. El cerdo termina convirtiéndose, más que en un elemento que representa la burguesía (pues de ser así no terminaría vendido y asesinado), en un medio con el cual el poder realiza sus artimañas. El marrano es un proyecto más para aumentar el poder del abuelo, símbolo este de tiranía y burguesía.
Vemos, pues, que la obligación de conseguir el sustento para el cerdo es equivalente a aquella de millones de trabajadores en nuestro continente que lavan la ropa, cocinan la comida, cultivan el alimento, hacen los vestidos… de los más pudientes. Grupos vulnerables y mayoritarios que les hacen la vida fácil a los grupos minoritarios y felices.
Por otra parte, el hecho de que al final la ciudad abra sus fauces para devorar a los gallinazos acentúa la desintegración social de los hermanos que, tratados mal por su abuelo, salen ahora al mundo, como lo hacían todas las mañanas por unas horas, a ser carcomidos por la discriminación de no ser más ante la gente que un par de gallinazos sin plumas: inertes, basureros, inertes, hambrientos, inertes, sin protección, al fin y al cabo: inertes.
El abuelo, por su parte, y no es una moraleja, muere a causa de sus propios proyectos, de sus ideales capitalistas, de su ambición. Y reitero que no es una enseñanza moral, sino más bien una reflexión en torno al ámbito social, donde, como ocurre aquí, el capital es la base primordial de una sociedad. Ya sabemos qué pasa cuando se siguen estos parámetros, ya nos damos cuenta de que esto es muy recurrente en nuestro continente (en nuestro mundo) y seguimos en lo mismo: esperando a que aparezcan los gallinazos para abrir las mandíbulas. Pensemos si en América hacemos parte de la caracterización del abuelo, de los nietos o de la sociedad. Y caeremos en la cuenta de que abundan más gallinazos inertes de los que imaginamos y que son muy pocos los abuelos y que la sociedad no es más que un intermedio que pulula mucho más y del que penosamente hacemos parte.

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