miércoles, 1 de mayo de 2013

Análisis de "Bola de sebo", de Guy de Maupassant


Bola de Sebo: el peso de las ideologías humilladas
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
Una bola de sebo es literalmente un tumulto redondo de grasa. Algo que a simple vista o tacto podría producir la mayor náusea de todas. Una bola que cuyo olor no es agradable. Una grasa inmunda, nada querida, nada estimada, nada deseada. Así era la señorita (por no faltarle al respeto a tan digno personaje) Isabel Rousset: una prostituta francesa que huye, junto a unos cuantos señores burgueses, de la inminente devastación producida por una guerra que empezaba a tomar forma.
A propósito de la guerra
De 1870 hasta 1871 se llevó a cabo entre Prusia y Francia una de las guerras más devastadoras del siglo XIX: La Guerra franco-prusiana. Al mando del pueblo galo iba Napoleón III y al frente de Prusia, Otto Von Bismarck. Prusia quería ganar, como lo logró, dos espacios geográficos importantes para la expansión de Alemania: Lorena y Alsacia. Este conflicto, iniciado bajo la excusa de la posesión del trono español por parte hijo de Bismarck, llevó a que Francia cayera derrotada debido a los avances tecnológicos en armas de fuego del batallón contrario.
Bola de Sebo y sus ideologías
Isabel era una mujer revolucionaria. Era francesa y puta. Era gorda. Salió junto con algunos burgueses rumbo a la salvación. En el camino, que se hizo más largo de lo que pensaron, se hallaron con un hambre inesperada. Ninguno había sido precavido de llevar más que lo necesario y unos cuantos francos en el bolsillo. Muy amablemente la mujer que iba callada, sacó de su comida y les repartió a todos sin disgustos: “(…) pidiole permiso a "su encantadora compañera de viaje" para servir a la dama una tajadita. Bola de Sebo se apresuró a decir: Cuanto usted guste”. Y opiniones como estas se oyeron entre los viajeros, aun después de que criticaran el trabajo de la mujer de sebo: “En momentos difíciles como el presente, consuela encontrar almas generosas”.
Isabel era una mujer bondadosa, humilde, de esas que aprenden a dar ejemplo a las clases sociales elitistas. Cuando estacionaron en cierto lugar, donde incluso creyeron que los iban a matar, pudieron comer libremente (ya se habían comido todo el sustento de tres días de Bola de sebo), atendidos por el ejército opositor, cuyo dirigente tuvo por capricho y petición pedir el cuerpo de Isabel para disfrutarlo en su cama. Y aquí comenzó todo: este es el punto que parte en dos la narración. La mujer, que siempre había sido puta, no quiso acostarse con el dirigente del ejército opositor y recibió ella y todo el grupo un castigo de tiempo y de prisión: no podrían zarpar, como lo habían predestinado, a la mañana siguiente, debido a que el superior de la tropa contraria lo había decidido así hasta nueva orden. La razón: que Isabel no se acostaba con él; hasta que no lograse lo que quería, no los dejaría salir como lo habían planeado: “El posadero se retiró. Todos rodearon a Bola de Sebo, solicitada, interrogada por todos para revelar el misterio de aquel recado. Negose al principio, hasta que reventó exasperada: ¿Qué quiere?... ¿Qué quiere?... ¿Qué quiere?... ¡Nada! ¡Estar conmigo!”.
A partir de ese momento, los acompañantes, que en su mayoría eran burgueses, trataron de convencerla de que accediera a tal propuesta, pues de lo contrario todos sufrirían las consecuencias. Al principio no lo expresaron tajantemente, pero con el tiempo el deseo fue creciendo a medida que el ahogo del sitio y el ansia de llegar a su destino los acorralaba. Iban dos monjas con ellos, y fueron estas las que desempeñaron el papel más importante para que Bola de sebo pensara en todos y no solo en ella y accediera a acostarse con el dirigente del ejército opositor: que por culpa de ella, morirían muchos soldados a los que las monjitas no aportarían su invaluable ayuda.
La razón por la cual, siendo prostituta, no accedía a tal petición se entiende en el sentido en que se comprenda que era amante (en el sentido de admiradora) de Napoleón I y que sus ideologías eran de corte patriotista y que jamás se humillaría de semejante manera ante un hombre cuyo pensamiento era contrario al suyo y perjudicial para su patria. Si no hubiera sido por esto, Bola de Sebo habría accedido más fácilmente a los caprichos del dirigente.
Las lágrimas de las ideologías rotas
Y creyendo en rezos, y pensando en otros, y dándose cuenta de la importancia de su decisión para sus compañeros de viaje, aceptó acostarse con el superior, y manchó de sangre sus ideas. Los dejaron libres, pero la libertad de patria no la sintió Isabel, que ignorada por todos y vista como las más vil puta que haya existido en Francia, se sentó en el camión y lloró mientras tarareaba su acompañante más cercano La Marsellesa.
Una simbología que queda abierta
Así pues, según lo que se ha explicado en este texto, Bola de Sebo podría fácilmente representar a la Francia de aquel entonces, humillada como lo fue por el pueblo opositor al usurparle las dos grandes porciones de tierra que ampliarían el territorio alemán. Una Bola de Sebo prostituida y humillada, cuyo consuelo destructor es el compás de las lágrimas al ritmo del himno nacional. 

6 comentarios:

  1. Hola Jhon
    buen análisis me derriten tus relatos, y si esa Isabel terminó cantando la Marsellesa, son mas inmorales los compatriotas de Isabel que ella misma, que ella sabe que no tiene moral y vive de eso, pero los otros se tildan de moralistas.....Esto pasa en la realidad es un relato recurrente.
    Un abrazo
    Carmen

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  2. Wau que análisis enserio no me imaginaba nada eso gracias! Bendiciones!

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    1. Muchas gracias, J.Y. Y me alegra que le haya gustado el artículo. Saludos.

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  3. Interesante Isabel, un personaje que revela la sociedad de la época y subvierte la regularidad del contexto.

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  4. Falto un poco mas lo del contexto social

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