lunes, 22 de julio de 2013

Análisis de “El diablo de la botella”, de Robert Louis Stevenson

Análisis de “El diablo de la botella”, de Robert Louis Stevenson
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
Después de “La isla del Tesoro” y de El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde la obra más leída del escritor escocés Robert Louis Stevenson es “El diablo de la botella”. Hablemos primero de la importancia literaria de la obra de este autor en pleno auge del Naturalismo y de la novela sicológica en Europa. La corriente naturalista representaba la realidad, lo más fiel posible,  en la literatura, es decir, se huía de todo tipo de fantasía literaria, llegando incluso a documentar ciertos hechos dentro de una novela, un poema o un cuento. Por otro lado, en la novela sicológica, encontramos al hombre en la búsqueda de su identidad, en la exploración de la siquis humana. Robert Louis Stevenson fue contra estos modelos, retomando la novela y el relato de aventura que se aleja notablemente de cualquier rasgo naturalista y, en menor medida pero lo suficiente, de la novela sicológica[1].  Y bien: aunque halla unas obras en las que la aventura se presente más que en otras, podemos afirmar que, de cierta manera, las peripecias de los personajes del relato objeto de nuestro análisis fueron aventuras (tal vez preocupantes) de casi de nunca acabar.
¿Cuento o novela?
Vamos a caracterizar como relato y no como novela o como cuento “El diablo de la botella”. Esta discriminación la hago, sobre todo, por la extensión de la narración. Aunque bien sabemos que puede haber cuentos de mil páginas como novelas de solo veinte, para este análisis y sin el fin de polemizar, prefiero llamar relato a este texto porque como cuento no presenta una sola acción en la que gira toda la narración, y como novela, no cumple con la estructura estándar (no quiero decir que no pueda hacerse) de la separación de capítulos y de la extensión. Algunas nuevas teorías discursivas y literarias han catalogado de esta manera (Relato) a cualquier narración cuya extensión sea menor a la de la novela y mayor a la de un cuento. Edgar Allan Poe, Hemingway y hasta Borges y Cortázar han escrito relatos con tales características. Por otra parte, la narración está hecha en tercera persona, y el narrador, aunque es omnisciente, toma distancia de los personajes. Está narrada de un solo tirón y, dependiendo de la editorial, puede variar entre 40 y 80 páginas. “El diablo de la botella” fue escrito en 1891, cuatro años antes de que el autor muriera. El narrador del relato pone como fecha de creación el año 1889 y como lugar, Apia, Opolu, Islas de Samoa.
La trama
Por ponerle un nombre al personaje que, según el narrador, en realidad existió y para proteger su identidad, lo llamó Keawe. Era una marinero, soñador, antojado de mansiones y de buena vida. Era oriundo de Hawái, pero su trabajo le permitía recorrer gran parte del mundo. En una de esas excursiones, en la ciudad de San Francisco, admiró las casas y las calles, y se impresionó, sobre todo, de una mansión que, según sus ideales, siempre había querido. El viejo dueño de la casa lo invitó a seguir y le ofreció una solución para llevar a cabo sus deseos. Algo triste y acomplejado por la vejez, le mostró a Keawe la razón de su riqueza y de su comodidad: una botella que cumplía todos los deseos de su posesor. Se la ofreció en venta y, al principio, no creyó las maravillas de las que hablaba y mucho menos cuando aceptó por ella solo 50 dólares. Como prueba de que los deseos sí se cumplían lo tentó a que, si se la compraba, tenía la posibilidad de probar su éxito, pidiendo de vuelta en su bolsillo los 50 dólares que pagara por ella. Así lo hizo y recibió las recomendaciones correspondientes, entre las cuales se rescatan estas dos: 1) la botella debía ser vendida antes de que el propietario muriera, pues de tenerla en su poder llegado el trágico momento, se quemaría por siempre en el infierno, y 2) la botella debía venderse a un menor precio del que se había pagado para su obtención.
Deseó una mansión similar a la del viejo aquel y días después le llegó junto a una tragedia familiar: un tío suyo había muerto y le había dejado una grande herencia. El dolor se notó en sus lágrimas, pero con el tiempo pudo hacer su mansión, tal cual la quería. Después de tal evento, uno de sus amigos, que le había prometido la compra de la botella después de que los deseos de Keawe se cumplieran, se llevó consigo el objeto mágico luego de que, como prueba, pidiera conocer al diablo que encerrado en la botella se encontraba.
Los días pasaron en una extraña felicidad en la inmensa mansión de Keawe. Un día, incluso, conoció a Kokua, una mujer también hawaiana muy hermosa de la que se enamoró perdidamente y de quien pidió su mano para matrimonio. Cuando todo estaba preparado, sucedió lo inexplicable: mientras se bañaba le salió una llaga de lepra que lo imposibilitaba para el amor y la sociedad. Ahora tenía que ir en busca de la botella, que era la única que lo podía ayudar en ese caso para que pudiera amar a Kokua como quería y lo había planeado. Después de buscar por mucho tiempo dio con ella, donde un hombre que la había comprado por 2 centavos y que estaba martirizado porque, evidentemente, nadie se arriesgaría a comprarla por un centavo si, de esa forma, no podría, nunca, salvarse del infierno. Para Keawe fue más grande el amor hacia Kokua y decidió comprar por ese precio la botella sin importarle las consecuencias infernales que le traería tal acto. Pidió que lo curara de la lepra y el deseo se cumplió rápidamente. Logró el objetivo de casarse con Kokua y de vivir feliz en su mansión, mientras el tormento de quemarse en el infierno no llegó. Su mujer notó el cambio y él le confesó todo lo que había hecho por amor. Ella comprendió la gran muestra de cariño y le propuso como solución que viajaran a tierras francesas donde existía una moneda cuyo valor era inferior a la del centavo; esta se llamaba céntimo, y cinco de ellos hacían un centavo de dólar. Sin embargo, por más que buscaron la persona indicada para la venta de la botella, no la hallaron por ninguna parte; lo que trajo la preocupación y el sufrimiento acrecentado de Keawe.
Kokua, al verlo así, y consciente de la muestra de amor que él había hecho por ella, decidió comprar la botella y condenarse a sí misma, en lugar de ver la condena y el sufrimiento de su esposo. Para que Keawe aceptara que ella se quedara con el objeto diabólico, convenció a un anciano de que la comprara por 4 céntimos (que ella misma le daría) y luego ella se la compraría a él por 3. Así fue. Al otro día la felicidad era de Keawe y el tormento y la preocupación era de Kokua. Tuvieron problemas a causa de la actitud de ella frente al bienestar de él. Kokua le ocultó su decisión. Él festejó con sus amigos su tranquilidad y dejó a un lado la tranquilidad de quien hubiese adquirido la botella. Incluso alcanzó a tratar de idiota al viejo que la compró. Cuando se le hubo acabado el dinero para comprar más licor, decidió ir en busca de él al lugar donde se hospedaban, en compañía de un amigo marinero que lo esperó a unas cuadras. Cuando llegó cautelosamente al lugar, vio a su mujer con la botella al lado y comprendió todo: el inmenso amor que ella sentía por él y el sacrificio que hizo para lograr su tranquilidad.  Entonces decidió decirle a su amigo que comprara la botella en 2 céntimos y que luego él se la compraría en 1. Todo para salvar y demostrarle el amor y agradecimiento a su esposa.  El amigo fue y después de un buen rato volvió borracho y sin la mínima intención de darle la botella. Decidió condenarse pero vivir feliz y próspero por medio de ella. Por más que Keawe lo trató de persuadir no pudo lograr tal objetivo porque su amigo marinero había visto en la botella la solución a todos sus inconvenientes. Fue así como se libraron del tormento y vivieron en paz en la mansión: La Casa Resplandeciente.
Algunos datos históricos interesantes y algunas cuestiones humanas
Si hay un gobernante que ha pasado a la Historia por sus logros es Napoleón. Entre conquista y conquista alcanzó a apoderarse de casi toda Europa. Tal éxito, según el narrador de “El diablo de la botella”, se debe a que este valiente militar tuvo en sus manos la botella diabólica: “Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la vendió al final y fracasó”. Por otra parte, James Cook, un navegante y cartógrafo británico, logró, según el relato, descubrir gran cantidad de islas (entre esas, Hawái), gracias a que también llevó consigo la botella: “El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas islas”. Por último, se da incluso el dato de la primera persona en el mundo que tuvo la botella: El preste Juan, quien supuestamente descendía de los Reyes Magos. Un hombre que tuvo muchos tesoros y que estuvo al mando del cristianismo en Oriente. Por el hecho de tener la botella, el narrador del relato, que es la voz del viejo que vendió la botella a Keawe, insinúa que logró todos sus éxitos: “En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la transacción”.
Por lo anterior, podemos afirmar que la razón por la cual el viejo, a quien el narrador presta la voz para venderle la botella a Keawe, da este tipo información es para lograr la venta del objeto diabólico. Pero no nos podemos conformar con ello. Si nos damos cuenta, cada uno de los personajes históricos que tuvieron contacto con la botella representan un valor social o humano: El preste Juan, por ser rey cristiano y descendiente de los Reyes Magos, configura el valor de la religiosidad en el relato, para excusar en parte lo diabólico de la botella. En segundo lugar, Napoleón representa uno de los más grandes íconos de la Historia europea, como símbolo de patria y política. Y por último, el capitán Cook configura el nacimiento de la nacionalidad a la que pertenecen los protagonistas del relato.
La avaricia y las cuestiones éticas
Sin ninguna duda, el tema eje del relato es la avaricia. Tal vez mezclada en parte con los sueños o con las ilusiones de cualquier ser humano que no tenga las comodidades suficientes. Cada uno de los personajes que tuvo en su poder la botella no pensó en ningún momento en la posibilidad de ayudar con ella al prójimo. Todos los deseos giraron en torno a sus propias expectativas y sueños de vida. Por ejemplo, Keawe, aunque sintió dolor por la muerte de sus familiares, olvidó rápidamente el hecho porque La Casa Resplandeciente hacía olvidar cualquier tipo de problema o de dificultad. Recordemos, para ejemplificar un poco más la cuestión de la avaricia y relacionarla con la poca intensión altruista dentro de los deseos de los personajes, que Keawe se reía y mofaba del viejo que le compró la botella por 4 céntimos, y lo llegó a considerar hasta estúpido. Kokua, claro está, no pensaba de la misma manera. En muchas ocasiones hizo reflexionar sobre el dolor ajeno de quien tuviera la botella en sus manos, y Keawe tomaba tales comentarios como ofensas de su mujer en cuanto a que no se alegraba de su recuperación espiritual y de su salvación. Alexánder Peña Sáenz afirma al respecto: “(…) el deseo de avaricia que albergan los hombres es tan grande, que no importa si se vende el alma al diablo con tal de conseguir grandes cantidades de dinero, lujos y poder. El afán de riqueza, quizá sea inherente a la naturaleza humana”[2].
“El diablo de la botella” es, entonces, un relato que, alejado de cualquier tipo de Naturalismo, representa uno de los más grandes rasgos humanos: la avaricia, acompañada del más grande desdén hacia el prójimo. Es un relato de aventuras, de sufrimientos, de caídas y de reposiciones. “El diablo de la botella” es la configuración de una cualidad humana que desea lo que no se tiene sin pensar en las consecuencias. Es por esta razón por la que Keawe reitera una y otra vez: “Ya está hecho (…) y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo malo”.



[1] Aclaro que, a mi modo de ver, sí existía la búsqueda de la identidad y de la comprensión de la mentalidad humana en algunas obras del escritor escocés. Un ejemplo de ello es El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, cuya trama muestra a un doctor que trata de separar el bien y el mal del cuerpo humano (de su propio cuerpo). Solo con esto podemos comprobar que sí existe un fin sicológico dentro de esta novela.
[2] Peña Saenz, Alexánder. “Reseña: El diablo de la botella”. En: La pasión inútil: http://la-pasion-inutil.blogspot.com/2009/08/robert-louis-stevenson-el-diablo-de-la.html

11 comentarios:

  1. como es la caracteristica del elemento fantastico que aparece en el texto. y que importancia tenia kokua en la historia? y brevente me podria contar el desenlace?

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  2. Loco que largo
    Me aburrí después de el primer párrafo

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  3. IGUAL NO ME SIRVE;-;

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  4. Quiero saber qué cosas buenas ISO el diablo en la botella y qué cosas malas hiso

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  5. Quién me ayuda cuáles son los accidentes geográficos de este cyenyc.?????

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