jueves, 6 de diciembre de 2012

Análisis de "Dejemos hablar al viento", de Juan Carlos Onetti


ANÁLISIS DE “DEJEMOS HABLAR AL VIENTO”, DE JUAN CARLOS ONETTI: Julián Seoane como representación de la herencia gringo-suiza en la cultura latinoamericana,  Frieda como metáfora de Santa María y Santa María como configuración de América Latina, y, por último, Medina como buscador de soluciones
Jhon Monsalve
Imagen tomada de: http://www.gstriatum.com/energiasolar/articulosenergia/182-de-donde-viene-la-energia-del-viento.html
Este título extenso pudo serlo aun más si hubiésemos tenido en cuenta y hubiésemos estudiado a fondo no solamente esta novela de Onetti, sino toda su obra, porque, aunque cada una de sus novelas son un mundo aparte, pertenecen al universo de Santa María y a la saga que muy bien presenta el escritor uruguayo. Lo digo porque hay personajes que aparecen en todas las novelas, que se caracterizan según las acciones que ya vivieron en tiempos pasados: en La vida breve, en El Astillero, en Juntacadáveres. Por otra parte, afirmo que el autor presenta una saga de calidad, si la comparamos con la pobreza literaria que propone Sthefany Mayer, la escritora, pésima, por cierto, de la saga, pésima también, titulada “Crepúsculo” y que nuestros jóvenes la aceptan tan estúpidamente y tan ignorantemente por estos días. Sobra aclarar, querido lector, que trataré de hacer un análisis de “Dejemos hablar al viento” sin haber leído las novelas precedentes a esta: voy a tomar como mundo aparte (sin ignorar, claro está, que el mundo precedente es supremamente importante) la vida de los personajes en Lavanda y Santa María, sus acciones y comportamientos para definir, de esta manera, un ser latinoamericano con mala herencia extranjera, con una vida miserable en ciudades miserables, con un pesimismo a veces ignorado en sus causas y con una contrariedad: el no querer salir de ese mundo, no querer mirarlo, porque la vida ya lo dispuso así y no hay nada que hacer con ello. Esa es, pues, la importancia del existencialismo en la obra de Onetti, o por lo menos, en esta novela: se piensa negativamente ante la vida porque es más fácil que buscar soluciones a problemas sociales, porque esta facilidad llega de nuestra falta de entendimiento, de estudios y de lecturas. Vargas Llosa afirma al respeto del existencialismo de la obra de Onetti:
La gente que no lee, que no lo acepta, es la que tampoco se toma el tiempo de reflexionar sobre las posibles soluciones que haya ante tanto desdén por parte de Europa y Norteamérica. Nos volvemos muchas veces un Julián Seoane o una Frieda en lugar de un Medina. Vamos a identificarnos:
Medina: Comisario de Santa María, amante de la pintura,  que viaja a Lavanda por una aparente expulsión de su tierra a buscar un mejor futuro. Allí encuentra a Frieda con la que mantiene un relación de amistad y, a veces, de intimidad, y que lo ayuda a buscar una labor que, aunque no fuera acorde con sus aptitudes, le ayudara a sostenerse en la vida. Así es como empieza a trabajar de médico. Medina es un personaje caracterizado por no expresar sus sentimientos, es un ser que afirma no querer a nadie. Tiene dos amantes en Lavanda: Olga, a la que también llama Gurisa, y Juanina, una extraña mujer que, por realidad o alucinaciones de Medina, se convierte en perro y de perro pasa a mujer. Medina es el único que decide acabar con lo que le ha traído dificultades a su vida: con su hijo, Julián Seoane, que ni siquiera es su hijo, y con Frieda, una prostituta y cantante apodada Margot que, según él, sumerge a su hijo en las drogas y en el alcohol. Ya veremos más adelante la metáfora de cada uno de estos personajes; por el momento comprendamos que Medina cuando decide acabar con Frieda lo hace pensando en que esa sea la única posibilidad de acabar con los problemas. Su sorpresa, o tal vez ni lo sea tanto, es cuando Seoane muere, aparentemente de una sobredosis, con una nota debajo del sobaco, en la que afirma que el asesino de Frieda es él, Julián Seoane, y no otro.
Julián Seoane: Hijo de un gringo-suizo y de una mujer de Santa María de apellido Seoane. Desde su infancia sufrió mucho: tuvo que trabajar en el campo, bajo el cuidado y abusos salariales y humanos de su padre adoptivo que era un hacendado y, al parecer, médico, de muy difícil identificación (por lo menos para mí) en la novela. Después de ciertas situaciones, Seoane, la madre, adjudica la paternidad de su hijo a Medina y, sabiendo él que ese no es su hijo, llega el momento en que decide proponerle unas vacaciones en una casa campestre cerca de un río para que compartan tiempo y vida. Entre otras razones, la que llevó a Medina a proponerle esto y a pensar en una posible reconciliación fue que, en una operación como comisario,  le dio un golpe en la cara a su hijo adoptivo. Otra de las razones de esta propuesta era salvarlo de la droga y el alcohol que Frieda, según Medina, usaba para matar (sumergirlo en la drogadicción) minuto a minuto a su hijo. Compartieron, es cierto, y tal vez de allí salió un cariño especial que llevó a Julián Seoane a autoproclamarse como el culpable del homicidio de Frieda; quería salvar a su padre; de ahí el título del capítulo: “El hijo fiel”.
Frieda: Una mujer de cabaret, dueña con el tiempo de Casanova (nombre del antro), cantante y puta, apodada Margot, que conoce y ayuda a Medina cuando este no tiene trabajo, que incluso lo adopta en su casa, tienen intimidad, se pone celosa cuando aparece con Juanina o con Olga, la llamada también Gurisa. Una mujer borracha, que, al parecer, lleva a las drogas y al enamoramiento máximo a Julián Seoane, el hijo de mentiras de Medina. Una mujer que muere ahogada, en una situación extraña, una noche en que Medina, supuestamente, iba a madrugar para irse a la Capital, y que, por ende, necesitaba que Olga, la misma Gurisa, saliera bien temprano a observar los acontecimientos del lugar: Olga fue la primera que vio el cadáver de Frieda, mientras Seoane, el otro que permanecía en la casa, dormía, drogado y borracho. Los dos sospechosos principales fueron Olga y Julián: fueron entrevistados por el comisario de Santa María, el mismo Medina. Bueno: la única entrevistada fue Olga, que, por su declaración es bien definido que quien mató a Frieda fue el mismo Comisario. Seoane permanecía en espera, pero murió sin ser entrevistado; eso sí: dejó un papel que decía: “Hijo de mala madre no te preocupes más yo maté a Frieda”.
Santa María: Es imperativo tomar la ciudad como personaje, no solo porque es reiterativa en la novela, sino porque se considera como tal en toda la obra de Onetti. Santa María es una ciudad miserable, comprada por aquellos que tienen cómo comprarla, deshabitada por los considerados parias. Una ciudad sin futuro, sin ilusiones, pobre, tal como lo cita Carlos Franz en su trabajo “Latinoamérica, el astillero astillado: Una lectura de la Santa María de Onetti como metáfora de Latinoamérica”:          
“¿Cómo es Santa María? Pues, indescriptible o vaga; y al mismo tiempo exacta e inolvidable. Precisa hasta el costumbrismo en su Plaza Nueva, en el bar Berna, o en el Hotel Plaza, en la iglesia del padre Bergner, en la consulta médica de Díaz Grey. Y fantasmal, diluida en la llovizna que viene del río, o en el calor pegajoso del verano pampero, cuando caminamos por otras calles: «una calle de muros leprosos cubiertos casi todos por la espuma seca de las enredaderas»”.
Santa María, entonces, no es más que la misma Latinoamérica, la misma puta Frieda, la que supuestamente corrompe, pero que más bien es corrompida. Julián Seoane vendría siendo la víctima hipócrita de una situación que tal vez sea causada únicamente por él. En otras palabras, Medina, que todo el tiempo busca soluciones a lo que pasa y encuentra en el asesinato una salida definitiva, culpa a Frieda de corromper a su hijo, cuando Seoane no es más que un descendiente gringo-suizo, extranjero, borracho y drogadicto que se enamora de Frieda (como enamorarse de Latinoamérica) y no al contrario: Frieda nunca se enamoró del muchacho, nunca se enamoró de lo extranjero, pero, y he ahí el error de Frieda (lo que le costó la muerte) tampoco tomó decisiones drásticas para deshacerse de él. Es cierto: Seoane fue el asesino de Frieda, y esto es lo mismo que decir que lo extranjero (Gringo o suizo) fue el asesino de Latinoamérica.
Anotaciones finales
“Dejemos hablar al viento” es una novela divida en dos partes y compuesta de XLI capítulos. La primera parte se desarrolla en Lavanda, y la segunda, en Santa María. Es una novela que exige mucha concentración por parte de los lectores, sobre todo cuando no han leído las novelas precedentes a esta saga. Aunque al final ocurran sucesos policiales y aunque Medina sea comisario, no podemos catalogar a esta novela como policíaca porque va mucho más allá: es la representación vanguardista de una Latinoamérica miserable sumida en la basura y víctima de lo extranjero. El final de esta novela es la explicación del título: después del asesinato, después de que todo quedó claro, Olga hace el amor con Medina, mientras esperan a Santa Rosa, un viento muy fuerte que viene: el viento de la soledad, del cambio, de las cosas nuevas para Santa María, para Latinoamérica. Ese “Dejemos hablar al viento” es el llamado a buscar las soluciones para que el viento llegue en la paz y tranquilidad de una nueva sociedad a proponer la nueva vida y los nuevos cambios fuera de cualquier tipo de yugo o martirio. Al parecer, queridos lectores, Santa Rosa quiere venirse con ímpetu, y nosotros no la dejamos.

3 comentarios:

  1. Muy buen análisis. Justo estoy leyendo esa novela del gran Onetti.
    Un saludo,
    L.

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  2. Yo soy Senegalés y quiero trabajar sobre una novela de JUAN CARLOS ONETTI BORGES pero si comprendo bien para comprender esta novela tenemos que leer las otras novelas que no es algo fácil ya que aquí en Senegal los profesores nos dan sólo tres meses para hacer un informé ¿Me puede usted proponerme otra de sus novelas?

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