lunes, 30 de mayo de 2011

Reseña Los Persas, de Esquilo

Reseña Los persas, de Esquilo
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet

ESQUILO. “Los persas”. En: Las siete tragedias. Bogotá: Ediciones Esquilo, 2003. pág. 35-60.
Poniendo en práctica el papel de poeta, Esquilo relata para su tiempo y para el nuestro la primera tragedia que se escribió y que no desapareció. “Los Persas” se desenvuelve en el pórtico ante el Palacio Real de Susa, al lado de la tumba de Darío. El autor pone palabras en la boca del coro para iniciar su relato. Unos habían salido hacia Grecia a caballo, otros en navíos y la mayoría a pie. Dejaron atrás a padres esposas e hijos.

Corifeo quería saber la suerte con la que Jerjes, hijo de Darío, había corrido; él era el que guiaba al ejército persa. Los ancianos que formaban el coro deseaban saber si su pueblo había triunfado; sin embargo, no había noticia alguna al respecto. La reina, madre de Jerjes y esposa de Darío, arribó al lugar donde estaba el coro. Temía que el palacio que su marido había levantado fuera a convertirse en polvo; el sueño que había tenido la noche anterior la ayudó a que ese temor creciera sobremanera.

Después de que corifeo interpretara de forma suave su sueño y de que le contara la ubicación de Atenas, la capacidad del ejército y quién lo encabezaba, llegó un mensajero para relatar los hechos por él presenciados en la batalla de los persas con los atenienses, destacando, ante todo, el papel de los dioses en el combate. Ahora el mal sueño de la reina tenía su verdadera explicación: derrota del pueblo persa y muerte. Aunque eran 1207 navíos del pueblo invasor fueron derrotados por los 310 de los tebanos, que rodearon al ejército de Jerjes y los vencieron.

La reina fue en busca de lo necesario para hacer libaciones a Darío, y, mientras esperaban a Jerjes, uno de los pocos sobrevivientes de los persas, llamaron (el coro y la reina) a la sombra de éste. La viuda le relató los sucesos, mientras su esposo muerto  recordaba que el oráculo ya lo había anunciado. Él culpó a Zeus y trató de inexperto a su hijo. Sin embargo, la reina lo defendió, explicándole a su esposo que el pueblo le había aconsejado a éste que acrecentara el legado y las victorias paternas; así que para Darío, ahora los culpables eran los consejeros. Corifeo le preguntó por un remedio para el sufrimiento del pueblo, pero la sombra del antiguo rey negó cualquier esperanza de solución y agregó que el oráculo había predicho la muerte de los que habían sobrevivido en Grecia y que no podría hacerse nada si aun hubiese un ejército pequeño.

Antes de irse, Darío le pide al coro que aconseje a su hijo, y a la reina le pide que lo consuele porque las palabras de ella serían las únicas que soportaría. Salió la madre de Jerjes en busca de nuevas ropas para éste, porque las que había tenido, ahora, eran harapos. Llegó el actual rey, prefirió la muerte, lloró el coro…, que le preguntó por los guerreros que ya estaban muertos.

Esquilo termina su obra destacando el único haz de flechas que salvó su protagonista, que pide al coro que siga llorando, que lance clamores, que se arranque los cabellos, que camine elevando lamentos… Y cuando salió del lugar llorando, el grupo de ancianos lo siguió de la misma forma.

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