viernes, 16 de septiembre de 2016

Relato de vida: experiencias de lectura

Relato de vida: experiencias de lectura
Jhon Monsalve

Imagen tomada de este enlace

Mentiría si digo que, de niño, me acerqué de alguna manera a la lectura. No me llamaba la atención, no tenía familiares cercanos a quienes pudiera ver con un libro, con un periódico, no había revistas en la casa, ni historietas; solo un triste y abandonado libro de historias bíblicas asomaba su pasta amarilla de vez en cuando para contagiarme de imágenes. No entendía los puntos negros, pero no me interesaba; lo bonito era reconocer imágenes que podían recortarse y pegarse en otras superficies, para deleite, para pasar el tiempo, para no aburrirme tanto.
El día que asistí por primera vez a la escuela tuve también mi primer contacto con la lectura. O bueno, eso me hizo creer la profesora, cuando argumentó que, para leer un texto, era necesario pedirle a Dios la sabiduría suficiente y que, en su honor, dibujáramos algo alusivo al Padre Celestial. Por mucho tiempo creí que el acto de dibujar encaminaba al de leer y que mis pésimas habilidades en el campo de la artística me llevarían también a fracasar en la lectura.
Muchos años después, mi padre fue víctima de la misma estrategia, y fracasé en el difícil proceso de enseñarle a leer: “Mijo, yo quiero aprender a leer… ¿Para qué dibujar a Dios, si ni siquiera sé cómo es?”.
La profesora nos enseñó que leer era algo así como un proceso que consistía en memorizar el sonido de unos garabatos para captar ciertas palabras que, si bien decíamos, nunca entendíamos: familia, amor, paz… vocablos tan abstractos que solo eran producto de la idealización de la felicidad humana, muy ajena a realidades crueles de nuestra entristecida patria. De este modo, el juego era el siguiente: oraciones a Dios Padre, sonidos ajustados a líneas deformes y palabras abstractas, incompresibles, propias, posiblemente, de familias completas como las que mostraba el libro… familias, grupos de amigos, vecinos, que, además de mostrarse felices, en amor y en paz, era dibujados de maneras tan distintas a todos nosotros que nunca cogimos la mala maña de parecernos a ellos: blancos, rubios, con carros, con saco y corbata… La lectura presentaba mundos más allá de lo decodificado, sí, pero mundos, al fin y al cabo, tan ajenos al real, al palpable, al de las balas y las familias amputadas.
Gracias a un vallenato que me gustaba mucho supe que las canciones también se leían. Antes, memorizaba por memorizar las letras de las canciones populares; después de que mi hermana me preguntara si ya había escuchado la letra de una de las canciones de ese entonces, comprendí que leer no era propio del sentido de la vista, sino también, y en muchas ocasiones, del oído. Y me puse a escuchar canciones, a leerlas con los ojos de la mente… de los recuerdos cercanos del primer amor. La música popular, la que hoy muchos critican, pordebajean, humillan, satirizan, fue la música que me hizo inclinarme por la lectura. Si las canciones decían algo, los cuentos también, los poemas también, las películas, los gestos, la vida misma…
Y empecé a leer literatura de todo tipo. Me considero aún hoy lector asiduo de la obra literaria de Agatha Christie, la escritora que acompañó mis tardes juveniles frente al bambú de la casa donde vivíamos, en cuyas tablas y latas escribí muchas veces el nombre de Hércules Poirot para sentir la ficción policial cerca, mientras compraba, de alguna manera, otro libro.
No conocí a Agatha porque sí.  Una de mis profesoras de bachillerato nos incentivó a leer Asesinato en el Orient Express. Debo confesar que en dos días había terminado mi primera novela y que la había disfrutado tanto o más que un vallenato. Hoy tengo 18 libros de esta escritora y pienso leer toda su obra durante mi vida… ojalá me alcance el tiempo y que la tentación de leer otras cosas me lo permitan.
Ese fue, precisamente, el otro problema. Como la experiencia lectora fue positiva con Agatha, nació en mí un impulso por todo lo referente a la narración: cuentos, novelas, crónicas, noticias… Me gustaba imaginar las escenas: saber que se creaban en mí ilusiones tan reales me hacía sentir bien, estable, como en paz… Y, como pude, comencé a coleccionar libros.
Otra profesora de Español, por allá en once grado, amante de Carlos Cuauthémoc Sánchez, nos recomendaba lecturas como Juventud en Éxtasis o La fuerza de Sheccid, que, si bien eran narraciones, me aburrían un tanto porque me sentía poco útil en la lectura: todo estaba dado porque sí y siempre había momentos de reflexión que cortaban el hilo narrativo: que había que orar, que debíamos portarnos bien, no ver pornografía, no golpear al otro, consejos insulsos que, en una familia analfabeta como la mía, fueron dados desde el día de mi nacimiento. La profesora recomendaba esos textos y yo llegaba con Agatha, con Saramago, con Cervantes… Casi pierdo Español.
Hoy no concibo mi vida sin la lectura. En el camino he dejado ya decenas de libros, y ojalá pueda dejar muchas más. Quién quita que de tanto leer me vuelva loco, como uno de mis amigos, y que de un momento a otro, por azares de la vida, aparezca mi Dulcinea.


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