jueves, 1 de diciembre de 2011

Resumen de Sin Remedio, de Antonio Caballero.

Resumen de Sin Remedio, de Antonio Caballero.
Jhon Monsalve
Portada

I

Es el cumpleaños de Ignacio Escobar. Cumple 31 años y nadie se acuerda. Ni siquiera Fina, su pareja, ni su madre. Ignacio divaga en el concepto de muerte, la ansía, la quiere desesperadamente. Él es poeta como Rimbaud, que a su edad ya había muerto, según ciertas cuentas que hace. Pero también por las mismas cuentas le quedan 7 años de vida, que son muchos. Fina le pide un hijo, y él se niega porque lo ve innecesario y problemático. Ella se enoja, se encierra en el baño, y él decide salir de su casa a buscar el ajiaco que tanto le gusta, en manos de Fina. Camina por las calles de Bogotá, y observa: no hay peatones; solo automóviles. Entra a un prostíbulo, no va en busca de mujeres, solo de comida. Sale. Y en un lugar donde cantan y bailan tango  solo halla cosas frías y sin gusto para él. Se tienta de volver a casa. Pero fue a parar en fin a un bar llamado Oasis. Vio a una mujer con mirada triste, y pensaba conquistarla cuando se acercó uno de los hombres poetas de una mesa. Lo invitaron a una tertulia poética; él aceptó. Entre poemas y disertaciones pasaron las horas, y la joven de 17 años aún sola y triste. Edén, uno de los poetas, lo había oído hablar en el baño cuando decía Mi amor de muchos modos, como preparando la conquista. Cuando Ignacio fue a orinar, Edén lo siguió, le tomó el pelo con lo de Mi amor, le cogió el pene e intentó masturbarlo. Ignacio Escobar no se dejó, y terminó golpeándolo de tal modo que pensó que lo había matado. Salió asustado. Cogió del brazo a Cecilia, la joven de mirada triste, ella lo llevó a su departamento, y aunque metieron cocaína y perico, a él no se le paró; ella, al fin, se durmió. Al otro día, después de un soneto escrito por Escobar, cuando ya estaba erecto, ella se le levantó, le cobró 2500 pesos; él tenía solo 1800, y lo echó con insultos como a un perro.


II

Bogotá le parecía horrible a Escobar. Recordaba a Cecilia con algo de rencor. Fina no aparecía por ninguna parte, se sentía algo libre pero también solo. Se daba cuenta de que Fina tenía todo ordenado y a tiempo. Pensó que la libertad más bien consistía en tener una sirvienta en casa. Su madre lo llamó para informarle que esa noche se celebraría el aniversario de Focioncito, un hermano, que murió cuando él tenía cinco años: lo injusto era que su madre se acordaba solo del día de muerto y de las fechas importantes de Focioncito, y no de las suyas. Esa noche se reuniría la familia para recordar su muerte. Debía ir porque necesitaba dinero; su mamá se lo daría. Sin embargo, no llegó a la reunión porque veía, como persiguiéndolo, a Edén, el hombre que tal vez mató en Oasis. Debía contarle todo a  alguien, pero como Fina no estaba, decidió ir a casa de Federico, el marido de Ana María, una mujer embarazada amiga de Fina, con la que había hablado en la tarde y quien le había reprochado no haberse preocupado por la salud o el bienestar de Fina. Él solo pensaba que Fina debió preocuparse también por él y no solo porque él se preocupara o no por ella. Total, parece ser que en casa de Federico no encontró confidente: Ana María hablaba con Beatriz, la bobita, sobre los futuros hijos y sus nombres, mientras Federico jugaba ajedrez con uno de sus amigos: Diego León Mantilla.

Hablaron de los compromisos y del arte. De cómo Federico, marido de Ana María, al principio pintaba con más esmero, sin atarse a ningún modelo, y que ahora el compromiso le quitó lo artístico, el hecho de que le paguen por lo que hace rompe el sentido de arte. Hablaron del marxismo, de las clases sociales, de la situación del país, mientras consumían droga, traída por Ángela, la hermana menor de Ana María, y por su marido, un hombre muy moderno en el hablar. Escobar confesó que había matado a un hombre, pero nadie le creyó. Quedó impactado, por otro lado, con la belleza de Ángela y no pudo concebir que el marido fuera aquel vago. Ana María tenía un hijo que se llamaba Mateo y estaba esperando otro.
III

Pesándole la ausencia de Fina, llegó Hena (luego Henna) a la vida de Ignacio Escobar. Hena era la profesora de ballet de Fina. Ya en otra ocasión había conocido a Ignacio, y habían coqueteado. Ella entró, él la sedujo, hicieron una, dos, tres veces el amor. Y aun cuando él estaba fatigado y sin ansia sexual alguna, ella quería más y más. Hena puso dos enes a su nombre en varios mensajes que dejó regados por toda la casa, diciendo que lo amaba. Al otro día llegó con dos maletas para quedarse a vivir con él.

La idea no le gustó a Ignacio, y desde el momento en que llegó hasta el día en que se fue le sugería sutilmente que se marchara, que lo dejara solo, que ella no era Fina, que no se sentía bien con ella. Entre divagaciones sobre la Bogotá de hoy (años 80), sobre su decadentismo, vivía el ansia de que Henna, una mujer para montar como caballo, se fuera de su casa y lo dejara a la espera del regreso de Fina.
Al fin ella se fue, después de que la mamá de Ignacio lo llamó a contarle que en días pasados había hablado con Fina: bueno en realidad habló con Henna, que se hizo pasar por Fina. El caso es que Henna le contó a doña Leonor que estaba planeando tener un hijo con Ignacio. Ignacio se enojó, pero también aprovechó la ocasión para mentir que su madre veía mal el concubinato, y que lo mejor era que ella se regresara a Cali, de donde era.

Antes de irse, la señora Niño, una vecina de arriba, miró a Ignacio que salía con una mujer distinta Fina. A ella le dijo Puta y la escupió, y a él lo llamó comunista y canalla.

IV

Ignacio, ya sin Henna, decide ir a pedirle dinero  su madre. Al llegar a su casa (de ella) se encuentra con el padre Jaramillo, con  Ernestico Espinosa (el dentista) y con Ricardito Patiño, uno de los enamorados de doña Leonor en su juventud. Conversan del noviazgo con Fina, de la poesía, de la vida de antaño, y Escobar se entera de que su madre fue una cualquiera, que se iba con uno y con otro: sobre todo, con polistas argentinos. Es eso lo que lo lleva a llamar Puta, al final, a su madre.

En la conversación sobre poesía, Ricardito recita uno de sus poemas dedicados a doña Leonor. Lo recita en tres lenguas distintas, y agrega que a ella le gustaba ante todo la versión francesa.

De un momento a otro, llega toda la familia: tíos, primos, sobrinos…, y Escobar se siente mal, indispuesto, con ganas de irse, pero también sabe que necesita el dinero y que no puede marcharse antes de que su mamá se lo dé.

Entre juegos de niños, entre lloriqueos, pasa la reunión. El dentista, Ernestico, coqueteaba con una de las primas de Ignacio, mientras este se fijaba en la belleza de una de sus familiares que estaba embarazada. Hablaron del comunismo, de que los políticos eran de apellido turco, de que no había ni uno bueno, de que Colombia no puede ser nunca un país socialista pues lo socialistas son ateos, y que Colombia es un país muy cristiano.

Delante de Foncio, uno de sus familiares mayores, Ignacio le pide dinero a su madre. Foncio, al escucharlo, lo regaña y se exalta de tal modo que tuvieron que llevarlo a la cama para que reposara. Foncio tenía un enfisema en la pierna y casi no podía caminar.

Ignacio Escobar salió insultando para sus adentros a todo el mundo, incluso a su madre, a la que trató de puta. De nuevo solo, ante la vida, ante lo incierto, con 20000 pesos que le dio su madre.









V
Ignacio Escobar sale de la casa de su madre rumbo a casa de Federico y Ana maría. Se encuentra con que ella está muy mal a causa de la fiebre de Mario, el bebé. Federico ni la determina. Mientras tanto, Ángelica, que se había separado de Richi o Pichi y que se había ido a vivir a casa de Federico, cuida con paciencia y a ratos al bebé. Ángela sale esa noche, Ignacio se pregunta el sitio, Ana María no se deja consolar, dice que la vida es una mierda. Y discute con Ignacio sobre lo machista de los hombres y de cómo ellos no piensan en el sufrimiento femenino. Por esa razón, ella argumenta, fue que Ignacio dejó a Fina. Hablan de Ángela pues Ignacio le confiesa que le gustaría acostarse con ella. Y Ana María le recalca que esa actitud es la que hace que Fina no regrese con él.
Federico le propone a Ignacio un trabajo, que consiste en la creación de poemas por encargo. Ignacio acepta, y después de un viaje por la sucia Bogotá, llegan al lugar de los ricos, donde encuentran un trío de ideas nuevas y de ilusiones con respecto al cambio del país. Hablan del modo de salvar a Colombia, de la Oligarquía y del Imperialismo, mientras que, a la vez, Ignacio combate en que las ideas de Mao se deben entender en contexto, y que la pregunta para el momento sería: cómo es la situación de Colombia, y a partir de ahí, empezar a actuar. Ellos no estuvieron muy de acuerdo; sin embargo, dejaron que pensara la propuesta, que consistía en empezar a crear poemas como los que él creaba, poemas para el pueblo, para que entendiera la ideología  marxista-leninista. Se fue junto a Federico, llegaron a su casa, encontró una nota de Henna, que había regresado a buscarlo, la arrugó, ingirió cocaína con Federico y hablaron del negocio: parecía que también tocaba secuestrar para que la rebelión se sintiera. En casa de Ignacio, la conversación pasó entre argumentos Maoístas por parte de Federico, y realistas, por decirlo de alguna manera, por parte de Escobar, que decía que quería el cambo del país pero sin intrometerse y sin seguir los caminos del trío y de Federico. Concluyó que de la misma forma como a Federico no le interesaba hablar de Dios, así mismo, él no quería inminscuirse en asuntos revolucionarios.

VI
Ignacio se levantó, y estaba enfermo. Los tragos de la noche anterior le hicieron daño. Recordó que combinó de todo. La señora Niño, del piso de arriba, golpeaba su piso, el mismo techo de Ignacio, y este se enfurecía. Se enfureció muchas veces, fue incluso a patear la puerta. Los golpes lo seguían por toda la habitación. Estaba desesperado. La llamaba Vieja de mierda. Fumaba las colillas de días atrás, tomaba los últimos sorbos de trago, que eran muchos, sin embargo. Se acordó de que tenía un compromiso: el de escribir un poema. Y empezó, y no terminó. Los golpes del techo, ya rebatidos por su escoba, y vencidos, no lo dejaron, lo distraían, lo atormentaban.
Ignacio salió a las calles de Bogotá a comer algo, y se dio cuenta de que salir, enfrentarse con la realidad, era lo que le faltaba. Recordaba al trío: a Hermes, a Zoraida y a Douglas, y analizaba que sus nombres no coincidían de a mucho con los del proletariado. Llegó a su casa, se puso sobre la cabeza una toalla, y empezó a escribir. Intentaba, analizaba lo que escribía, y luego decidía. Nada le servía, aunque fueran poemas muy bien hechos. Trataba, ante todo, de hablar mal de Bogotá. De rescatar, su suciedad, su estratificación, su discriminación para con los pobres.
VII








Ana maría llegó a casa de Escobar. Estaba llorando. Al parecer la policía, o el ejército, había capturado a Federico. Fue a pedirle ayuda a él, pues su tío Foncio tenía algunos contactos. Fue hasta la casa de su madre, allí lo encontró junto a su hija Patricia. Le pidió el favor, él lo evadía a ratos, mientras tanto hablaba con Patricia de él (de su padre), de su comportamiento (de ella), de lo revolucionario. Estaba cuadrada con un tal Jefferson, que vivía en el barrio Kénnedy.
Foncio le prometió que iba a hacer todo lo posible para que Federico saliera de la cárcel, pero le advirtió que todo no dependía de él: hay que ver qué hizo Federico. Patricia insistió en que iba a dar una vuelta, tenía la excusa de que Escobar la iba a acompañar. Y se fueron para su casa. Hablaron de la revolución, de su sentido. Hablaron de Jefferson que, según Ignacio Escobar, conquistaba a todas las chicas con el tema de la revolución para luego llevárselas a la cama.
Entre música de Vivaldi, poemas de Ignacio y recitación del Cantar de los Cantares, vivieron un momento de lujuria mientras hacían espaguetis. No hicieron nada, aunque estuvieron casi desnudos, pus ella no dejó avanzar la situación. Se fue tras un insulto respondido de la señora Niño. Se despidieron con varios besos en la boca.

VIII
Ignacio se levanta de su cama y siente pereza de ir a llamar a Ana María para averiguar qué pasó con Federico. Se baña, se viste, sigue con pereza de salir, y tocan inesperadamente la puerta. Para su sorpresa, era Ángela, con su perro, Lucas. Llegó porque quería acompañar a Federico y a Ana en la celebración de su liberación. El tío Foncio, en fin, sí lo había ayudado.
Hizo pasar a Ángela, la comparó con Lilith, la primera mujer de Adán, que según él, tenía la sonrisa malvada de ella. Él le ofreció un trago, ella pidió uno que no tenía y que además era carísimo. Salieron a comprarlo: se llamaba Cointreau. En el camino muchos hombres alababan la belleza de Ángela, que confesó que era modelo.
Llegaron a la casa y encontraron una nota de Federico y de Ana María: que lo esperaban en casa para celebrar y que Ángela lo quería ver. Sintió que había ganado un punto a su favor. Ella negó la afirmación de su hermana Ana.
Fumaron marihuana, bebieron vino y acompañados de Guárdame las vacas, considerada una canción erótica, Ignacio besó la boca de Ángela y casi hacen el amor. Ella rehuyó tomando como excusa algo que era necesario: sacar al perro a orinar. Pero para eso, decía, era necesario irse para su casa pues el perro debía ser ordeñado para que pudiera hacer pipí. Ordeñarlo no era fácil en la calle pues la gente pensaría mal. Entonces, Ignacio propuso la terraza, y cuando el perro ya terminaba su necesidad, la señora Niño llegó insultando a Ignacio, lo golpeó después, y le gritó Modelo y Puta a Ángela. De no ser por Lucas, el perro, la habría golpeado también. Salieron de ahí, y Ángela no volvió al apartamento.
Decidieron ir a comer camarones y langosta, y cuando llegaron al restaurante, se chocaron con Henna, que iba en compañía de unos amigos de la familia de Ignacio. Alcanzaron a llamarlo, él huyó. Ya sentados, ella le confesó que había dejado a Richi porque sentía que se estaba volviendo frígida, que pensaba a veces que simplemente se masturbaba dentro suyo, pero que sabía muy bien que no lo era porque había sentido muchas cosas con una pintora polaca, con la que mantuvo una especie de relación sexual: con la que bailó desnuda música clásica, mientras tenían como proyecto una pintura. Salieron del restaurante rumbo a una discoteca.

IX

Y fueron a la discoteca. Mucho humo, mucha música. Y las casualidades empiezan: se encontró a Patricia, y coqueteó con ella, sin importar que estuviese Ángela. Patricia iba con su novio, Jefferson. Escobar habló por teléfono con su tío Foncio sobre el favor que le hizo, pero no le dijo nada sobre Patricia. Al salir de la discoteca, Ángela pidió a Escobar que la llevara a conocer Bogotá, el lado no visto.

Y la llevó, después de resistirse un poco, pero siempre terminaba cediendo. La llevó a un burdel, donde conoció al coronel Aureliano Buendía, un alto mando del Ejército Nacional. Todos le temían, le guardaban respeto. Allí se encontró con Cecilia, que bailaba eróticamente para el lugar. Conoció a una francesa de tetas grandes: se estaba rodeando, y Ángela también, de la parte oculta de la ciudad.

Pasó algo: Ángela tuvo que ceder a las invitaciones y manoseos de Buendía, ya que la pistola que llevaba en la cintura la intimidaba un poco. Todos rendían pleitesía al coronel: todos le temían. Para escapar de sus ojos, aprovecharon un momento en que se puso a recitar poesía de García Lorca y de Bécquer, entre otros poetas, intercalándose con su guardaespaldas. De no ser así, no los habría dejado salir del lugar, pues quedó encantado con la belleza de Ángela.

Huyeron y se llevaron a Patricia. Ella, drogada, rogó que no la dejaran con esa gente. Se subieron al carro, donde muy juiciosamente esperaba el perro, Lucas, a su ama. Subieron a Patricia, que se desmayó pronto, y se dirigían directo a sus casas, cuando Ángela vio un lindo lugar, que le llamó la atención por su nombre. Entraron diciendo que eran amigos de Buendía, y cayeron en una especie de jaula. Alquilaron una pieza horrible. A Patricia la dejaron en compañía de Lucas. Casi hacen el amor, pero por petición de la misma Ángela, que no se sentía bien, decidieron irse. Por un buen rato dio la impresión de que estaban en un laberinto. No encontraban la salida. Pero al fin encontraron la otra sorpresa de la noche: el padre Jaramillo teniendo una relación amorosa con el que atendía el lugar. Hallaron la salida, pero cuando iban saliendo, iba entrando el coronel Buendía: se escondieron muy asustados. Oyeron decirle que se iba a vengar del par que se había burlado de él esa noche. Que encontraría a Betty, así le dijo Ángela que ella se llamaba, y a Escobar, el comunista.

Salieron. Llegaron al apartamento de Escobar, y entre seducción y seducción, plan propuesto por Patricia, empezaban a hacer un trío, pero llegó Fina, y lloró, y sacó a las dos amantes, y antes de irse ella también, le confesó a Escobar que aunque ahora él tuviera ganas de tener un hijo, como se lo dijo en ese momento de desesperación y con ansia de recuperarla, ella ya no lo tendría: pues si se había ido tres meses para Cali había sido por una sola razón: se fue a abortar.

X

Ignacio no sabía qué hacer: por su culpa había perdido a Fina y Fina había abortado. No quería levantarse, no quería hacer nada. Tocaron  a la puerta, y era Henna, que insistía hablar con él. Él no quiso. Ella, sin embargo, le dejó una carta de seis pliegos en la que decía que pronto se casaría con Ernestico Espinosa, y que pensaba que él, Ignacio, era un hombre egoísta.

Salió a comer algo y a pensar en cómo recuperar a Fina. Fue hasta el sur de Bogotá y se emborrachó. Llegó a su casa y vio que todo estaba en orden como si Fina hubiese ido y hubiese limpiado. Trajo un ramo de flores para ella, pero cuando llegó no había nadie, sin embargo, todo seguía limpio.

Estaba desesperado. Fue a buscar a Federico, tal vez él sabía algo o en algo lo podría ayudar. Federico, dijo Berenice, se había ido al hospital porque Ana María estaba por tener el niño. No supo qué hacer. Se sentía destruido: sin salida. La situación parecía sin remedio. Llamó a su madre, le dijo que la quería, que esta noche iría a su casa, pero ella le dijo que no, que otro día, cuando no hubiera tanta gente, y él dijo que no importaba, y su mamá lo ignoró. Ahora hasta su madre. Faltaba Ángela, y al llegar a la casa, después de ver la triste situación del sur bogotano, no encontró nada, ni un mueble, ni un cepillo, ni un objeto. Todo se lo había llevado. Solo quedaba una cosa: una nota de Ángela: Ignacio, no me quiera porque yo tampoco lo quiero.

XI




Circuncisión era la sirvienta de una de las señoras del edificio en que vivía Ignacio. Circuncisión le dio de comer, estaba pendiente de su ánimo, y buscaba consolarlo y consolarse en la noche. Si no hubiese sido por ella tal vez habría muerto. Le pidió también un cuaderno o una libreta. Ella le hizo el favor, y en el cuaderno empezó a escribir un poema, y gran poema, en el que trataba temas, al principio de carácter abstracto, sobre el movimiento, sobre los sentidos, sobre la vida y sobre la muerte. Le dieron una carta de Federico que leyó solo después de un tiempo.
Salió a la calle a buscar su poema en la realidad, miró mucha gente, un policía le pidió que circulara. Había pancartas apoyando a López, otras, a Gómez. Liberales y conservadores. Entre un bando y otro, vio y habló con algunos de su familiares: con patricia, con Beatriz… Y junto al trío de aquella vez, al que lo llevó Federico, se encontraba Morán Marín, el hombre que, pensó, había asesinado en el bar aquel.
En las calles además se veían ciertos grupos de izquierda con ideas maoístas, marxistas-leninistas. Jefferson, el novio de Patricia, la hija de Foción, se paró a gritar arengas sobre el asunto, y de un momento a otro, empezaron lo disparos, los heridos, y ahí sí cayó muerto Morán Marín. Ignacio se manchó de sangre.
La carta de Federico hablaba del secuestro de su tío Foción y de que lo necesitarían a él para cuestiones financieras. Federico, junto a un séquito de personas que pensaban igual que él, se había ido a una montaña a tratar de arreglar el país. Había dejado a su esposa en el hospital, pues según él debían dejar todo para lograr un cambio verdadero. Ahora Ignacio se dirigía a la iglesia a la que su tío había ido ese día  a esas horas. Clemencia, la esposa de Foción, le dio la información. Cuando llegó al lugar, Avellaneda, el chofer, estaba muerto, y ya se había llevado al tío Foción. Los testigos afirmaron que gente en unas motos y con unas grandes metralletas habían causado el incidente. Junto a Foción iba la puta francesa de la otra vez.
Antes de irse para su casa, Ignacio, tomado como testigo y con sangre en la camisa, fue interrogado. Se salvó porque mintió que era amigo del coronel Aureliano Buendía.





XII

Patricia estaba esperando a Escobar en su casa. Ella se quejó porque la señora Niño la había llamado Puta, como su papá también lo había hecho por andar enamorada de Jefferson. Fue a pedirle que hablara con su padre para que sacara de la cárcel a su novio, tal como lo había hecho con Federico. Él no le contó nada de lo vivido, de lo visto, y le dijo que la ayudaría. Al bajar a la calle, la señora Niño le gritó nuevamente puta, y ella le contestó con lo mismo, y enojó tanto a la señora Niño que se cayó por la ventana y se mató. Patricia se sintió culpable, Ignacio también un poco.

La acompañó hasta su casa sin contarle nada, y cuando llegaron había policía por todos lados. Ella pensó que se debía a que el candidato López había ganado, y pidió a Escobar que se quedara y que entrara después para que Foción, su padre, no pensara que ella le había pedido el favor a Ignacio de convencerlo de que sacara de la cárcel a Jefferson. Pero él se llenó de miedo y salió corriendo, directo a su casa. Circuncisión le avisó que la policía lo buscaba por ser sospechoso del asesinato de la señora Niño y que un hombre de ruana, Hermes (del nuevo movimiento de Federico), lo buscaba también. Él huyó, salió corriendo. Vio policía rondando su casa. Y de la lluvia se protegió bajo un árbol. Un carro lo empapó, él gritó Hijueputa, el otro contestó lo mismo. Iban a pelear cuando se dieron cuenta de que se conocían: era Robertico, uno de sus primos. Iba con unos amigos y con su esposa.

Ya en la casa, junto a una chimenea, vieron las noticias, se enteraron de que Foción había sido secuestrado, se dieron cuenta de que era tío de Ignacio. Escobar estaba pálido, y más aún cuando mostraron su rostro, su retrato hablado. Todos lo burlaron, amenazaron, en broma, con entregarlo.

Narciso, un amigo de uno de sus amigos, llevaba mucha cocaína. Se drogaron, se emborracharon en ley seca. Robertico terminó insultando a Narciso, y llamándolo marica. Escobar y los demás intercedieron por él. Al fin se durmieron. Ignacio temía los sucesos del otro día.


XIII

Amaneció, y tenían pendiente un almuerzo fuera de Bogotá pero cerca. Fueron todos menos Narciso, que aún en la mañana ofrecía coca. Vieron el paisaje bogotano, los prados, el pasto, las vacas. Y llegaron al lugar. Allí Escobar se rencontró con su familia. Estaba Lucía, su marido y, entre otros, algunos conocidos de doña Leonor. Vio el  periódico, se dio cuenta de que Foción había muerto, de que todo el mundo, todos lo familiares, empresas y gobierno invitaban a la comunidad al velorio y al entierro. También leyó que habían capturado a los asesinos de la señora Niño: Hermes y Circuncisión.

Escobar no sabía qué hacer, para dónde irse. La única alternativa por el momento era quedarse ahí con los suyos. Vio su foto en el periódico, palideció. Transcurrió la fiesta en la búsqueda de Ángela, la bella Ángela, que había traído a su perro. La vio irse, al fin, en un caballo con un hombre con el que había estado hablando en la fiesta.

Fue al baño. Estaba Lucía embarazada dentro. Salió, y Escobar la invitó con un leve empujón a seguir allí porque le iba a dar un regalo. Le ofreció coca, ella no aceptó. Lo invitó al entierro, y se le escapó la confesión: que si iba, sería encarcelado. Ella vio como poco posible lo que oía, y trató de salir, y él no la dejó. Afuera oía ruidos su marido. La puerta de un momento a otro se abrió sola, y el marido le pegó a Lucía embarazada, y Escobar la defendió. Se golpearon tanto que Escobar terminó con un fuerte dolor de brazo y con la cara rota.
XIV

Se despertó en cama ajena junto a Ángela. Se acordó de la fiesta, de la pelea, de la búsqueda, de su retrato. Besó a Ángela. No sabía si habían hecho el amor. Ángela, muy cariñosa, le explicó que le habían dicho que podía pasar la noche en ese cuarto, pero que ignoraba que hubiese alguien en él.

Se besaron, salieron al campo de la sabana, hicieron el amor, una vez, dos veces. La familia había pensado que Ignacio había ido al entierro de Foción. Luego, con el dueño de la casa decidieron ir a una corrida de toros en Zipaquirá. Fueron los tres. Allí apareció un amigo belga del anfitrión junto a Gracielá, una amiga. Vieron cómo el toro se resistía a morir, vieron cómo aguantaba, cómo soportaba los golpes, hubo guerra entre el toro y el Hombre.

Ángela se desapareció. La vio subirse al carro del mismo hombre que se la había llevado a caballo el día anterior. Fue a impedir que huyera, pero ya, un hombre con chaleco, el mismo con el que había peleado, le señalaba a la policía y al ejército que él era al que estaban buscando.

Escobar quiso golpear al hombre de chaleco, el coronel Buendía le advirtió que si se movía, dispararía. Escobar no oyó, y le dispararon, y murió. El de chaleco le dio un par de patadas. Escobar murió. El poeta murió.

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