lunes, 4 de noviembre de 2013

Los viajes de Gulliver: una crítica al Estado británico

Los viajes de Gulliver: una crítica al Estado británico
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet.
Este pequeño texto nace de una lectura ingenua y rápida que hice de un libro ilustrado y olvidado injustamente en mi biblioteca. La versión no es más que una adaptación (tal vez mala o buena) de la obra original. Por eso, pido excusas a aquellos lectores que disfrutaron Los viajes de Gulliver en su versión original, porque, posiblemente, omito muchas cosas importantes en este artículo. Lo que más me llamó la atención de esta novela de Jhonathan Swift fue la crítica política al Estado inglés que tal vez, en una lectura más ingenua que la mía, habría pasado por alto.
Lemuel (o Samuel) Gulliver es un cirujano amante de la vida marítima desde niño, casado y con hijos, que emprende un viaje en una embarcación con el fin de mejorar un poco la condición crítica-económica que vive por esos días como médico en su país. A pesar de los extraños presentimientos de su mujer, decide aprovechar la oportunidad de trabajar en una embarcación. Lo que no sabía es que esta naufragaría y lo llevaría a vivir experiencias sorprendentes, increíbles e inolvidables.
Esta novela ha sido considerada y apta para la juventud. En ella se critican los actos humanos de occidente y sus decisiones políticas. La narración se ubica desde el año1699 y cuenta las peripecias de un hombre que visita países muy distintos al suyo, con los cuales puede comparar y reflexionar sobre su situación social y sus formas de vida.
Liliput es el país más recordado por los lectores. Allí se encuentra Lemuel con una multitud de pequeños humanos, comandados por un rey con intenciones de expansión, de colonización y esclavitud. Para alimentarse, Lemuel debe comer gran cantidad de alimentos, muchos más de lo que comería un ser humano del común de aquel país. Esto, de una u otra manera, afecta la economía liliputiense. Decide marcharse de allí cuando el rey lo condena a muerte, entre otras cosas, por desobedecer sus mandatos (de ir y acabar con uno de los países cercanos, al que, incluso, accedió a quitarles las flotas marítimas; la estatura de Gulliver era descomunal en aquel país)  y por el bienestar de la economía. Por lo tanto, llegó al otro país, donde fue bien recibido y donde le hicieron, para que se marchara en la búsqueda de su familia, una embarcación de su tamaño. Así, fue como, llevado por las olas, llegó a un país muy distinto al anterior: un país de gigantes, en donde él, ahora sería el personaje más pequeño. En un principio, fue tratado como muñeco de circo, ya después, cuando la reina le compró tanto el muñeco como la hija al hombre que lo halló en la playa (la hija de él era la que se encargaba de cuidarlo), después, decía, fue muy bien tratado y pudo comer de los mejores majares y pudo darse cuenta de que, a diferencia de Liliput, los gigantes eran mucho más humanos y éticos, aunque, socialmente, también había pobres y ricos. A continuación transcribo algunas referencias sobre la perspectiva que tanto Gulliver como los gigantes tenían acerca de Inglaterra: “Le expliqué que nuestro país estaba formado por dos islas que constituían un poderoso imperio, el cual podía permitirse incluso el tener varias colonias en América y otras parte del mundo. —Y esas colonias ¿no tienen sus propios gobernantes? —No, Majestad, están sujetas a los deseos de la Corona. —Pues no me parece justo—me interrumpió—. Yo no me dejaría gobernar por nadie de fuera de mi país. ¿Cómo consiguen la obediencia los ingleses? —Por medio de las armas, Majestad”.
Más abajo el rey del país de los gigantes reflexiona: “¿Y a eso es lo que tú llamas civilización? Pues creo que estás muy equivocado. Y si Inglaterra realmente existe y es como me la has descrito me has hecho el retrato de una institución que, si al principio pudo ser buena y tolerante, ahora ha llegado a un alto grado de corrupción. No me cabe la menor duda de que en tu país, para alcanzar un elevado cargo, no es necesario poseer ninguna virtud”. Y más delante agrega: “No tengo más remedio que pensar que tus compatriotas son los más siniestros y perniciosos gusanos de la naturaleza”.
Luego, a lo último, cuando un águila lo roba del país de los gigantes, Lemuel (o Samuel) Gulliver llega al país de los sueños, de los inventos. Personajes extraños, viviendas extrañas, quejas políticas: “El deber de un rey es velar por su pueblo y no aprovecharse de él”. Gulliver llega a su tierra después de varios años y nadie le cree, excepto su mujer. Ya lo dijo un rey de alguno de aquellos últimos territorios que recorrió Samuel: “La gente prefiere seguir viviendo su pequeña vida rutinaria en lugar de abrir los ojos a todas las perspectivas que el hombre tiene frente a sí”.

Ya no digo más. Ya todo está dicho. O tal vez, ya no puedo decir más. Lo cierto es que, entre viaje y viaje, navegué por los mares con Gulliver, y salí de mi fastidiosa rutina, sin mar, sin sueños, sin crítica. Miré más allá y comprendí que a los latinoamericanos les hace falta sentirse enanos para que comprendan las causas de los problemas sociales y políticos. Como lo veo, tal vez Latinoamérica sea Liliput… ay, pobres de nosotros ante los gigantes… Quizá ya vemos el pie de uno de ellos en nuestras cabezas. 

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