martes, 8 de mayo de 2012

La noche y la alteridad en Alejandra Pizarnik


LA NOCHE: ALTERIDAD Y POESÍA.
UN ENCUENTRO CON ALEJANDRA PIZARNIK.
Jhon Alexánder Monsalve Flórez




En la noche
un espejo para la pequeña muerta
Alejandra Pizarnik

Esta noche de febrero siento una sensación extraña que me impulsa a escribir hasta el alba. Dicha sensación me da palabras y mueve mis dedos sobre este papel blanco manchado ahora de tinta negra. Supongo que esto es normal y que son las Musas las que terminan hablando por mí. No: posiblemente estoy impregnado de Alejandra Pizarnik, a la que he leído por más de un mes, todos los días, todas las horas y que ha quedado en mi inquietud todo este tiempo y que quedará en mis reminiscencias por siempre.
Jamás pensé que una poeta pudiera calar tan hondo en mi ser. Al principio no la entendí porque sus palabras, debo confesarlo, no son del todo fáciles, y mucho menos en “La tierra más ajena”, su primer poemario, escrito con cientos de alegorías. Sin embargo, a medida que iba leyendo su obra, la entendía más. Descubrí que Alejandra Pizarnik tiene momentos de lucidez en los que su alteridad habla por ella. Estos momentos lúcidos aparecen en la noche después de su  encuentro consigo misma; es recurrente la alusión a la infancia, verbigracia, y a su modo de ver la vida. Su niñez, para seguir el ejemplo, aparece a lo largo de toda su obra, pero es en la noche cuando, por medio del lenguaje, la retoma:

En la medianoche
Vienen los vigías infantiles
Y vienen las sombras que ya tienen nombre
Y vienen los perdonadores
De lo que cometieron mil rostros míos
En la ínfima desgarradura de cada jornada.
(Pizarnik, 2002: 195)
Podemos hablar, entonces, de un primer encuentro: el de su niñez, el de sí misma. Sin embargo, no es la niñez el punto que quiero resaltar  (aunque sí se relaciona), sino el momento de lucidez producto de su alteridad que, entre alusiones a la muerte, aparece en la noche. Este momento trae consigo la infancia, los recuerdos, el malestar del ser, tal como se evidencia en el poema arriba citado, y algo en lo que aún no he ahondado, pero de lo que ya hice alusión: la alteridad.
La noche es el momento en que Alejandra Pizarnik se encuentra consigo misma o, más bien, con su alter ego, que es recurrente en toda su obra, y que, al parecer, es quien escribe por ella. El lenguaje viene después del encuentro consigo misma: es el producto de su momento de lucidez. Alejandra lleva adentro su propia musa y siente que no se llama de otra manera, aunque tenga cinco nombres: Flora, Sacha, Blímele, Buma y Alejandra. Flora es su nombre de pila y alcanza a firmar así su primer poemario; después le agrega Alejandra, y finalmente se llama de esa única manera por siempre:
Solo un nombre
Alejandra Alejandra
Debajo estoy yo
Alejandra
(Pizarnik, 2002, p. 65).
La noche es, pues, un momento de lucidez que da luz al alter ego de la poeta, y de donde parte su expresión, es decir, su poesía. Es el momento en que la otredad de Alejandra hace presencia para decir y expresarse. Según Concepción Pérez Rojas (2002), la alteridad en Alejandra Pizarnik es equivalente a un desdoblamiento:
Es evidente que la primera persona de singular es la voz dominante en la práctica totalidad de su obra, y que hasta la elección de los personajes parece obedecer a una necesidad de desdoblamiento, hasta el punto de que casi todos ellos pasan por ser alter ego de la autora. (p. 409).

Afirmación con la que estoy en desacuerdo, pues siempre he sabido que el desdoblamiento es una proyección en la que un cuerpo sutil se separa del cuerpo físico. En Pizarnik no hay separación de tal índole, sino un encuentro con su otredad, que empieza a hablar por ella:
Alguien entra en el silencio y me abandona.
Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Te anuncias como la sed.
(Pizarnik, 2002, p. 163)
Uno de los poemarios en el que se evidencia con más énfasis la noche como momento de lucidez, es decir, el momento en que aparece el lenguaje expresado poéticamente por su pluma, es Los trabajos y las noches, donde se presenta la palabra como producto de la alteridad del momento nocturno. La noche es el tiempo en que se producen las palabras, y estas son los trabajos que resultan de las noches. Alejandra afirma: “este libro me dio la felicidad de encontrar la libertad en la escritura. Fui libre, fui dueña de hacerme una forma como yo quería” (Susana Haydú, 2000: en línea), y se demuestra, así, la importancia del poemario en la obra de Alejandra, pues se halla en este la libertad de escritura que siempre buscó: la voz más marcada de su otredad.
Posiblemente del mismo modo como me siento hoy a escribir sin saber cómo o por qué, se sienta Alejandra Pizarnik todas las noches antes de su muerte, para encontrarse consigo misma, para que Alejandra, su alteridad, escriba por ella. Abro otro poemario para verificar que, aunque en Los trabajos y las noches se presente claramente el momento lúcido, en otros de sus trabajos también alude a ello:
Poco sé de la noche,
pero la noche parece saber de mí
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
(Pizarnik, 2002, 85)
Esta es la primera estrofa de un poema que se titula La noche y que hace parte del poemario Las aventuras perdidas. Veo en él, desde ahora, la noche que, llena de estrellas, cubre la conciencia de la poeta para que se encuentre con Alejandra. Ahora abro el libro en La última inocencia para corroborar mi hipótesis y me encuentro con el siguiente poema:
Tal vez esta noche no es noche
Debe ser un sol horrendo,
o lo otro o cualquier cosa…
¡Qué sé yo! ¡Faltan palabras,
Falta candor, falta poesía,
Cuando la sangre llora y llora!
(Pizarnik, 2002, p. 57)
Y me doy cuenta de que la noche para Alejandra es un momento en que no falta la poesía, ni el candor, ni las palabras. La noche para Alejandra es lenguaje. Según Depetris (2008), Alejandra Pizarnik tiene confianza en su hacer poético, es decir:
Confianza en acertar con una palabra poética pura que permita expresar la trascendencia de lo evidente hacia lo esencial; confianza en encontrar esta palabra a través de la exactitud y concentración léxica, confianza en el buen hacer poético a través de la escritura del poema de calidad (p. 64).
Esta palabra pura, de la que habla Carolina Depetris, resulta de Los trabajos y las noches, poemario en el que se expresa lo trascendente de su realidad con una precisión léxica, rica en musicalidad y metáforas. Empiezo a leer los poemas de este poemario y me atrapa una secuencia mágica que me lleva página a página al descubrimiento del papel de la noche en su poesía. Leo Revelaciones y me convenzo más:
En la noche a tu lado,
Las palabras son claves, son llaves.
El deseo de morir es rey.
(Pizarnik, 2002, p. 156)
La noche se presenta en relación con el lenguaje, las palabras son producto de la noche, son el momento en el que nacen, son las llaves de la mansión poética y las claves de su ser, de su otredad, y son la perspectiva que se abre hacia la muerte.
Más adelante encuentro un poema que me remite al silencio antes del encuentro de la poeta con su alteridad. Y entiendo, a partir de este poema y de otros que aparecen intermitentemente, la razón por la cual el poemario, en un principio, iba a llamarse Los silencios y las visiones. César Arias (2001) afirma que:
Su trabajo poético de los años de París cristalizó en el libro que publicaría poco después de volver, Los trabajos y las noches, que hasta el momento de ir a la imprenta se llamaba Visiones y silencios. (p.56).

El título Visiones y silencios tiene mucha lógica. Los silencios se explican por la mudez de la poeta antes de su encuentro con Alejandra. Las visiones son esos encuentros que reproducen el lenguaje, es decir, la poesía. Los trabajos, en el título que hoy conocemos, son el lenguaje, la poesía; y las noches, el momento de lucidez, en que ocurre esto. El siguiente poema, par mí, representa los cuatro vocablos que nombran o nombraron el poemario:
Una flor
No lejos de la noche
Mi cuerpo mudo
Se abre
A la delicada urgencia del rocío.
(Pizarnik, 2002: p. 159)
Se perciben a simple vista la noche y el cuerpo mudo. La flor representa la poesía que se abre a la necesidad del encuentro con su alter ego. A propósito del nombre del poemario, César Arias (2001) afirma que:
 Los trabajos y las noches es un nombre especialmente bueno, pero lo prefirió a Visiones y silencios, que describe mejor su trabajo: La visualidad de la imagen (…) y el silencio (…), en el que desemboca la combinatoria de las palabras. (p. 64)

Para mí es claro y pertinente el título Los trabajos y las noches, pues no solo sintetiza un poemario sino toda la obra de Alejandra Pizarnik, escrita en momentos de lucidez, en la alteridad y en el lenguaje puro que resultan de la noche. En otros poemas continúa evidenciándose lo que ya argumenté, por ejemplo en El corazón de lo que existe o en Los pasos perdidos, en los que se demuestra nuevamente que de la noche nacen las palabras después de un encuentro de la poeta con Alejandra, es decir, con su alteridad.
Ahora bien, ¿qué se encuentra en el momento lúcido? ¿Cuál es el producto de la alteridad? La poesía se presenta en su máxima expresión para dar a saber su descontento con lo social, con la Argentina de los años 50. Lida Aronne-Amestoy (1983) afirma al respecto:
El discurso de Alejandra se inscribe dialécticamente en su época, como cuestionamiento y como respuesta. En una cultura disecada por el racionalismo, la locura recupera la alteridad esencial. Desgarrarse, desunirse, desposeerse, desnacer, se vuelven el único medio devolver a ser total: «Tanto que hacer y yo me deshago» (Extracción). Deshacerse es también hacer. Deshacerse por la palabra, la que a su vez rehace rehaciendo el mundo. En la página se recobra la entidad perdida en la realidad. El precio, altísimo precio, es hacerse de papel. (p.3).

La alteridad se ve desde aquí como una cuestión esencial del ser en aquella época. A partir de esto se entienden algunos temas que pululan en la obra de Pizarnik y que ya han sido y podrán ser tratados en trabajos de investigación. Por ejemplo, la desintegración del ser, la incomunicación o el caos. Esto lo comento no con el fin de ahondar en ellos, sino de abrir perspectivas y descubrir posibilidades en la vastísima obra de la autora argentina. Lo que sí rescato, y repito, es la alteridad como necesidad en aquellos años. Alejandra Pizarnik, tal como lo afirma la autora arriba citada, se deshace y da lugar a su alter ego para que rehaga el mundo.
Yo por mi parte dejo mi pluma a un lado y me tapo los ojos ante la claridad del día. Esta noche de febrero ya se acaba, pasa rápidamente por mi tiempo y mi lenguaje; es como si me hubiese encontrado conmigo mismo, como si me hubiese sentido mi propia musa por unas horas. Escribo en la noche, en esta noche en que me uno, tal como Alejandra Pizarnik, con mi alteridad.
BIBLIOGRAFÍA
Carolina Depetris (2008). Alejandra Pizarnik después de 1968: la palabra instantánea y la “crueldad” poética. Recuperado el 21 de febrero de 2012. En línea:http://www.iai.spkberlin.de/fileadmin/dokumentenbibliothek/Iberoamericana/2008/Nr_31/31_Depetris.pdf

César Arias (2001). Alejandra Pizarnik. Barcelona: ediciones Omega.

Concepción Pérez Rojas (2003). A propósito de Alejandra Pizarnik. Creación, locura y retorno. Madrid: Centro Virtual Cervantes. Recuperado el 21 de febrero de 2012 de la base de datos de la Biblioteca virtual cervantes.

Lida Aronne-Amestoy (1983). La palabra en Pizarnik o el miedo de narciso. Revista de Literatura Hispánica: Recuperado el 23 de febrero de 2012. En línea:http://digitalcommons.providence.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1231&context=inti

Susana H. Haydu (2000). Análisis de Los trabajos y las noches. Recuperado el 21 de febrero de 2012. En línea: http://sololiteratura.com/piz/pizestlostrabajos.htm.

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