lunes, 18 de noviembre de 2013

Los cachorros, de Mario Vargas Llosa: otra imposibilidad de amar

Los cachorros, de Mario Vargas Llosa: otra imposibilidad de amar
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
En el Congreso Jalla 2012, que se llevó a cabo en Cali, Colombia, presenté una ponencia sobre un cuento de uno de los escritores contemporáneos de Puerto Rico. La ponencia llevaba como título: La imposibilidad de amar en el cuento “El regreso”, de Emilio Díaz Valcárcel. Una narración estéticamente bien lograda, cuya temática era los traumas sicológicos de un hombre que en la Guerra de Corea había perdido, dentro de un campo de batalla, su miembro viril.
Entre mi poca experiencia como lector, debo confesar que nunca imaginé que hubiese una trama semejante en otra obra literaria latinoamericana. Y la encontré esta semana y, del mismo modo, la disfruté. Esta vez era otra especie de campo de batalla y otra la munición. Pero de igual modo le cambió la vida, y para siempre, a este nuevo personaje.
Cuéllar era, en un principio, un niño aplicado: sociable, el mejor del salón, y amante del fútbol. En cierta ocasión, Judas, el perro que pertenecía a los Hermanos de la institución en la que estudiaba él con sus amigos, lo mordió justo en el lugar en el que una granada le voló la masculinidad al personaje de “El regreso”. Al principio, las consecuencias fueron mínimas: las heridas le impidieron que, momentáneamente, volviera a jugar fútbol, y en la medida en que iba creciendo, se portaba de una manera diferente, las notas no fueron las mismas, los Hermanos lo comprendían y tras una suerte de remordimiento, permitían que, aun así, pasara las materias con calificaciones aceptables. Creció y cambió de tal manera que en cierta ocasión: “(…) lo que más nos gustaba en el mundo eran los deportes y el cine, y daban cualquier cosa por un math de fútbol, y ahora lo que más eran las chicas y el baile (…)”.  El problema mayor fue cuando creció y se dieron cuenta de que él, Cuéllar, ya no era un niño como antes y que, además, había adoptado rasgos varoniles notorios en comparación con sus amigos. Sus padres lo consentían en todo lo que demandara. En un automóvil venía e iba a la playa con sus amigos. A Cuéllar le gustaba nadar. Llegó un momento en el que lo empezaron a llamar Pichulita, apelativo que en Perú se considera tabú por el hecho de que hace referencia al miembro viril.
Lo más raro del asunto sucedió cuando Cuéllar empezó a darse cuenta de que, a medida que crecían, sus amigos tenían novias, y él les buscaba pleito, los ofendía, se sentía traicionado por ellos, quienes ahora priorizaban en sus parejas, antes que en él. Las novias de sus amigos y ellos mismos se preguntaban la razón por la cual Pichulita no tenía pareja y reflexionaban sobre ello: “No tenía porque es tímido, decía Chingolo, y Pusy no era, qué iba a ser, más bien un fresco, y Chabuca ¿entonces, por qué? Está buscando pero no encuentra, decía Lalo, ya le caerá a alguna, y la China, falso (…)”. Y sentían pena por la actitud de Cuéllar ante las mujeres. Hasta que un día, con la llegada de Teresa Arriarte, la vida de nuestro tímido cambió: “De nuevo se volvió sociable, casi tanto como de chiquito”. Y aunque se coqueteaban mutuamente, a Cuéllar le faltó voluntad para dar el paso de la declaración. En el mar hacía piruetas para sorprenderla, la invitaba a cine, se volvieron buenos amigos y, tras los flirteos, buenos coquetos. Pero no hubo voluntad porque lo atajaba el porvenir… el momento en que como hombre tuviera que responder. Por eso nunca dio el paso, y Teresita terminó ennoviada con otro. “Entonces, Pichula Cuéllar volvió a las andadas”. Y tras los malos tratos, los pésimos comportamientos, sus amigos de toda la vida se fueron esfumando. Lo intentaron nuevamente, pero la irresponsabilidad de Pichulita tras el volante casi termina matándolos, y ese sí fue el acabose. Luego los saludos fueron más escasos y llegó la muerte: “(…) y ya se había matado, yendo al Norte, ¿cómo?, En un choque, ¿dónde?, en las traicioneras curvas de Pasamayo, pobre, decíamos en el entierro, cuánto sufrió, qué vida tuvo, pero este final es un hecho que se lo buscó”.
Mario Vargas Llosa nos presenta una narración ambientada de manera similar al contexto de La ciudad y los perros. Muestra un hecho contundente e identitario del peruano y del latinoamericano en general: la pérdida del miembro viril como el acabose de la masculinidad, que trae consigo traumas sicológicos. “Los cachorros”, sin embargo, difiere de “El regreso”, de Emilio Díaz Valcárcel: en este último el trauma fue dejado por los vestigios de la Guerra de Corea y a causa de una promesa de matrimonio realizada tiempo atrás. En la novela de Vargas Llosa, la emasculación representa una imposibilidad de amar, que quita las bases de la masculinidad y termina representado metafóricamente un imaginario social latinoamericano, que, aunque se muestre en el cuento de Díaz Valcárcel, pasa, pues, a un segundo plano. Vargas Llosa, en 1967 y con una prosa particular, que rompe todo esquema sintáctico y narrativo, sorprende con esta novela que demuestra un avance más de la ingeniosa y recién nacida literatura del Boom: “Los cachorros es una nueva coronación de su maestría técnica, una etapa de experimentación formal que lleva a otros extremos los procedimientos narrativos con los que antes ya nos había pasmado”, afirma José Miguel Oviedo.

A lo último los amigos se presentan viejos, y en pocas páginas, y sin darse cuenta, el lector atraviesa la vida de estos muchachos que nunca comprendieron, al parecer, que la timidez de Cuéllar se debía a su inseguridad. Todos con hijos, y Pichulita en la tumba. No por nada le decían Pichulita. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

“Ser-signo-interpretante”, de Mariluz Restrepo: Las categorías del ser, el papel del signo y la importancia del interpretante

“Ser-signo-interpretante”, de Mariluz Restrepo: Las categorías del ser, el papel del signo y la importancia del interpretante
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet

Restrepo, M. (1993). Ser-signo-interpretante. Santafé de Bogotá: Significantes de papel Ediciones.
(…) hybris, que lleva a nuestro pensamiento
 a erigirse en dueño del sentido. P. Ricoeur
En 1993 Mariluz Restrepo, una de las filósofas y semiotistas colombianas más reconocidas, publica un libro—tal vez el más claro y didáctico que se ha escrito en lengua española sobre este aspecto— en torno a las propuestas filosóficas y semióticas de Charles Sanders Peirce: “Ser-signo-interpretante”.
El libro lo divide en dos partes: en la primera, expone la vida y obra de Peirce, y en la segunda, describe y analiza cada una de las propuestas de este filósofo norteamericano, concernientes a la tricotomía de las categorías del ser.  El término puesto en cursiva va a ser trascendental en la comprensión de las propuesta peirceanas, debido a que tanto las categorías del signo como las del ser irán compuestas constantemente por tres planos: una Primeridad, una Segundidad y una Terceridad.
En la primera parte del libro, Mariluz Restrepo expone la vida de Peirce: parte de su buena posición económica, pasa por sus habilidades para la lectura y la escritura desde temprana edad, por sus estudios en Química y demás ciencias naturales que asoció todo el tiempo con el hacer filosófico para comprenderlo científicamente;  llega, de cierto modo, a su comportamiento introvertido y antisocial, a su pasión por la escritura, y termina exponiendo la evolución textual de Peirce, que ha sido poco o mal traducido al idioma español.
La segunda parte, intitulada “Filosofía de la representación”, está dividida en tres apartados. El primero de ellos “Las categorías: desarrollo fenomenológico, fundamentación ontológica” centra su atención en la descripción de las categorías del ser, a partir de la teoría triádica. De este modo, la autora expone la mónada, la diada y la triada como rasgos de cada una de las categorías: Primeridad, Segundidad y Terceridad. La primera se entiende como la cualidad en sí misma: “El modo de ser rojo (rojeza), amargo o doloroso son posibilidades cualitativas que son  aun sin incorporarse a algo. Son algo positivo y sui generis” (p. 80). En otras palabras, la Primeridad no es más que las sensaciones en sí mismas, no lo que percibe el humano, sino la cualidad intrínseca de cada elemento en particular. La autora aclara que ninguna de estas categorías puede ir disjunta de las otras. Por lo tanto, esta Primeridad es solo posible en la Segundidad y, a la vez, esta última es posible, junto con la primera, en la Terceridad.
Ahora bien, la Segundidad, la diada, se comprende por lo real, por lo que existe, por el hecho que está en constante oposición con otro más: “La existencia es el modo de ser que se da al resistirse a otro. Un hecho es realidad por sus acciones frente a otra realidad, así una cosa sin oponerse a otra ipso facto no existe” (p. 88). La autora habla de dos tipos de Segundidad: la genuina y la degenerada. La primera se conforma por las acciones reales de algo sobre algo y es, al parecer, la que se retoma a lo largo de todo el libro; en la segunda, la degenerada, no interviene lo real, sino se produce como fruto de la razón.
La Terceridad, la triada, es el lugar en el que convergen las dos anteriores: “Una triada es una idea elemental de algo que es en tanto relativo a otros dos, con cada uno de manera diferente. Incluye de hecho al mónada y la diada” (p. 94). El componente principal de la Terceridad, que es el mismo que hace posibles la Primeridad y la Segundidad es el pensamiento, que es la fuente o la base de la significación. Estas tres categorías son sintetizadas claramente por Mariluz Restrepo de la siguiente manera: “Si la conciencia inmediata se da en la Primeridad como sensación de cualidad sin reconocimiento o análisis y en la Segundidad se da la conciencia de la resistencia como la irrupción de un factor externo, en la Terceridad la conciencia sintetiza el tiempo, el sentido de conocimiento, el pensamiento” (p. 95).
Ahora bien, estas categorías, tal cual lo expone la autora, han sido usadas en diversas ciencias tanto naturales como humanas, a las que Peirce ha incluido dentro de una sola: la Filosofía. Con base en esto, la Fenomenología, las ciencias normativas y la Metafísica harían parte de esta ciencia mayor y, por lo tanto, la tricotomía podría ser utilizada en dependencia de las necesidades de cada disciplina.
El segundo apartado del capítulo en mención se titula “Semiosis: acción del signo” y presenta la clasificación sígnica de los procesos semiósicos, que configuran las categorías universales del ser. Peirce llama Lógica a lo que se conoce como semiótica; para explicarla, se vale de la relación entre representamen, signo e interpretante. El segundo es la concreción del primero, y el tercero, en relación con el pensamiento, hace posibles a los otros dos. Al referente lo denomina, según lo expuesto por Mariluz Restrepo, como objeto mediato o dinamoide, diferente al signo, al representamen y al interpretante.
A renglón seguido, la autora expone la clasificación sígnica, dividiéndola en tres tricotomías. La primera es la condición del signo, que puede ser Cualisigno (la cualidad), Sinsigno (hecho o cosa real) o Legisigno (ley, generalmente establecida por los hombres). La segunda dicotomía hace referencia a la manera en la que el signo se conecta con el objeto representado: Ícono, Índice y Símbolo. El mismo Peirce define al primero de la siguiente manera: “Un signo puede ser icónico, esto es, representa su objeto por su similaridad con él, cualquiera que sea su modo de ser” (p. 129). El Índice se refiere al objeto por haber sido afectado directamente por este. En otras palabras, el índice no se asemeja con el objeto, pero es producido por él. El Símbolo funciona como Legisigno, en el sentido en que es a partir de una ley convencionalizada por la cual se reconoce al objeto representado. Para ejemplificarlo, podría decirse que una paloma no se parece en nada a la paz, pero que gracias a su convención significa tal cosa.  La tercera tricotomía del signo describe al Rhema o Término (signo para el interpretante), al Dicisigno, Dicente o Proposición (el interpretante lo comprende en su existencia real) o, en últimas, al Argumento (el signo como ley para el interpretante). Como se nota, esta relación triádica se refiere a la conjunción signo-interpretante, y en ningún caso a las demás. Mariluz Restrepo relaciona esta taxonomía con las categorías del ser: “Es evidente la analogía entre las categorías universales del ser y las divisiones en cada una de las tricotomías. El fundamento de la clasificación es la forma en que la cualidad posible, el hecho individual y la ley general se manifiestan en todo fenómeno. En esta perspectiva, Cualisigno, Ícono y Rhema corresponden a la manifestación sígnica de la Primeridad; Sinsigno, Índice y Proposición a la Segundidad; y Legisigno, Símbolo y Argumento a la Terceridad” (p. 138).
En la última sesión de este apartado, la autora expone la acción del signo en el mundo, priorizando en el concepto de hábito entendido no como signo, sino aquello que le da sentido a la acción y que va junto al interpretante. A ello, agrega el Pragmatismo como “normatividad lógica para establecer científicamente la significación de los conceptos”. El pragmatismo va, de igual manera, en relación con el pensamiento, pues la acción humana solo es tal, si es pensada. La razón se antepone, entonces, a la acción, tal cual lo expresa el mismo Peirce: “El Pragmatismo moriría si hiciera del ‘hacer’ el ser-todo y el fin-todo de la vida porque decir que vivimos por el solo hecho de la acción sería decir que no hay nada que tenga propósito racional” (p. 154).
El último apartado de este capítulo se titula “Ser-signo: Relación triádica fundamental”. Allí se relacionan las características de las categorías del ser con las del signo. Se llega a la conclusión de que es el pensamiento el que hace posible la significación y se presenta el siguiente silogismo: si el pensamiento es un signo y el hombre es pensamiento, entonces, el hombre es un signo. La autora lo afirma de esta manera: “Lo pensado es signo. También el pensamiento como acción social es signo. El pensar no precede al signo como comúnmente se cree sino que el acto de pensamiento es siempre inferencial, es la operación de un signo. La mente, en este sentido, opera como signo de acuerdo con  las leyes de la inferencia” (p. 173).
A lo anterior se agrega el hecho de que el hombre se construye por medio de la representación. Es decir, el uso que hace de los signos, en este caso, del lenguaje, lo constituye como ser y signo, junto a los otros; no solo en el mundo, sino en conjunción con la comunidad. He aquí la importancia de la propuesta filosófica peirceana: el ser-signo-interpretante no es más que la alusión constante a la importancia del pensamiento (interpretante) y del hombre en su ser-signo en el mundo.
En el epílogo, Mariluz Restrepo, después de afirmar que la noción de interpretante es el núcleo de la teoría de Peirce,  da una conclusión general de las propuestas de este filósofo norteamericano: “Las categorías universales del ser son mera posibilidad —Primeridad — que se hacen efectivas en la realidad sígnica —Segundidad —mediada por el pensamiento humano —Terceridad —“(p. 194).
Así las cosas, el pensamiento, con el cual el hombre representa al mundo, es el que hace posible que se dé la semiosis y la significación. Tal vez no haya mejor forma de terminar esta reseña que con el mismo epígrafe de P. Ricoeur con el cual comenzó: (…) hybris, que lleva a nuestro pensamiento a erigirse en dueño del sentido


lunes, 4 de noviembre de 2013

Los viajes de Gulliver: una crítica al Estado británico

Los viajes de Gulliver: una crítica al Estado británico
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet.
Este pequeño texto nace de una lectura ingenua y rápida que hice de un libro ilustrado y olvidado injustamente en mi biblioteca. La versión no es más que una adaptación (tal vez mala o buena) de la obra original. Por eso, pido excusas a aquellos lectores que disfrutaron Los viajes de Gulliver en su versión original, porque, posiblemente, omito muchas cosas importantes en este artículo. Lo que más me llamó la atención de esta novela de Jhonathan Swift fue la crítica política al Estado inglés que tal vez, en una lectura más ingenua que la mía, habría pasado por alto.
Lemuel (o Samuel) Gulliver es un cirujano amante de la vida marítima desde niño, casado y con hijos, que emprende un viaje en una embarcación con el fin de mejorar un poco la condición crítica-económica que vive por esos días como médico en su país. A pesar de los extraños presentimientos de su mujer, decide aprovechar la oportunidad de trabajar en una embarcación. Lo que no sabía es que esta naufragaría y lo llevaría a vivir experiencias sorprendentes, increíbles e inolvidables.
Esta novela ha sido considerada y apta para la juventud. En ella se critican los actos humanos de occidente y sus decisiones políticas. La narración se ubica desde el año1699 y cuenta las peripecias de un hombre que visita países muy distintos al suyo, con los cuales puede comparar y reflexionar sobre su situación social y sus formas de vida.
Liliput es el país más recordado por los lectores. Allí se encuentra Lemuel con una multitud de pequeños humanos, comandados por un rey con intenciones de expansión, de colonización y esclavitud. Para alimentarse, Lemuel debe comer gran cantidad de alimentos, muchos más de lo que comería un ser humano del común de aquel país. Esto, de una u otra manera, afecta la economía liliputiense. Decide marcharse de allí cuando el rey lo condena a muerte, entre otras cosas, por desobedecer sus mandatos (de ir y acabar con uno de los países cercanos, al que, incluso, accedió a quitarles las flotas marítimas; la estatura de Gulliver era descomunal en aquel país)  y por el bienestar de la economía. Por lo tanto, llegó al otro país, donde fue bien recibido y donde le hicieron, para que se marchara en la búsqueda de su familia, una embarcación de su tamaño. Así, fue como, llevado por las olas, llegó a un país muy distinto al anterior: un país de gigantes, en donde él, ahora sería el personaje más pequeño. En un principio, fue tratado como muñeco de circo, ya después, cuando la reina le compró tanto el muñeco como la hija al hombre que lo halló en la playa (la hija de él era la que se encargaba de cuidarlo), después, decía, fue muy bien tratado y pudo comer de los mejores majares y pudo darse cuenta de que, a diferencia de Liliput, los gigantes eran mucho más humanos y éticos, aunque, socialmente, también había pobres y ricos. A continuación transcribo algunas referencias sobre la perspectiva que tanto Gulliver como los gigantes tenían acerca de Inglaterra: “Le expliqué que nuestro país estaba formado por dos islas que constituían un poderoso imperio, el cual podía permitirse incluso el tener varias colonias en América y otras parte del mundo. —Y esas colonias ¿no tienen sus propios gobernantes? —No, Majestad, están sujetas a los deseos de la Corona. —Pues no me parece justo—me interrumpió—. Yo no me dejaría gobernar por nadie de fuera de mi país. ¿Cómo consiguen la obediencia los ingleses? —Por medio de las armas, Majestad”.
Más abajo el rey del país de los gigantes reflexiona: “¿Y a eso es lo que tú llamas civilización? Pues creo que estás muy equivocado. Y si Inglaterra realmente existe y es como me la has descrito me has hecho el retrato de una institución que, si al principio pudo ser buena y tolerante, ahora ha llegado a un alto grado de corrupción. No me cabe la menor duda de que en tu país, para alcanzar un elevado cargo, no es necesario poseer ninguna virtud”. Y más delante agrega: “No tengo más remedio que pensar que tus compatriotas son los más siniestros y perniciosos gusanos de la naturaleza”.
Luego, a lo último, cuando un águila lo roba del país de los gigantes, Lemuel (o Samuel) Gulliver llega al país de los sueños, de los inventos. Personajes extraños, viviendas extrañas, quejas políticas: “El deber de un rey es velar por su pueblo y no aprovecharse de él”. Gulliver llega a su tierra después de varios años y nadie le cree, excepto su mujer. Ya lo dijo un rey de alguno de aquellos últimos territorios que recorrió Samuel: “La gente prefiere seguir viviendo su pequeña vida rutinaria en lugar de abrir los ojos a todas las perspectivas que el hombre tiene frente a sí”.

Ya no digo más. Ya todo está dicho. O tal vez, ya no puedo decir más. Lo cierto es que, entre viaje y viaje, navegué por los mares con Gulliver, y salí de mi fastidiosa rutina, sin mar, sin sueños, sin crítica. Miré más allá y comprendí que a los latinoamericanos les hace falta sentirse enanos para que comprendan las causas de los problemas sociales y políticos. Como lo veo, tal vez Latinoamérica sea Liliput… ay, pobres de nosotros ante los gigantes… Quizá ya vemos el pie de uno de ellos en nuestras cabezas. 

sábado, 26 de octubre de 2013

El día de la Biblia: Halloween vs. El cristianismo bumangués

El día de la Biblia: Halloween vs. El cristianismo bumangués
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
El 26 de octubre de 2013, en el norte de la ciudad, más específicamente, en el Barrio Kéneddy, se llevó a cabo una marcha en conmemoración del día de la Biblia. Hicieron un pequeño tapón, que no superó los cinco minutos de espera; la gente parecía comprensiva, nada similar a cuando los estudiantes de la UIS marchan en defensa del bien popular: nada de papas bomba, ni de malas palabras, ni de grandes multitudes; solo carteles, una pequeña banda, un ruido suave y camisetas sudadas y blancas. Buses repletos de mujeres, de ancianos, de seguidores de Cristo. Uno de los buses de Transcolombia que estaba esperando a que la pequeña multitud pasara quedó frente a uno mucho más grande, en el que se transportaban varias señoras con Biblia en mano que sacaban la cabeza para predicar, mientras tanto, su evangelio, su biblia, sus aprendizajes personales de interpretaciones personales de un pastor cualquiera. Mujeres que dicen seguir a Cristo porque importunan a la gente sin respetar las creencias de cada quien, solo porque sienten la potestad de que su religión es la única y verdadera. Si bien es cierto que Jesús, antes de su ascensión, dejó como tarea la de predicar el evangelio, también lo es que esta acción no representa en nada la complejidad ética y moral que caracterizaba a Jesucristo (si es que existió): un hombre que siempre pensó en los demás y que nunca le deseó el mal a nadie. Apuesto lo que quieran a que al menos el 80% de los que marchaban y viajaban en bus con fines cristianos desean hoy, como nunca, que Francisco Santos sea el próximo presidente de Colombia, y si no es él, entonces, Zuluaga o cualquier uribista que manche de sangre y de guerra este país carente de paz.
Bueno, en fin, el caso es que cuadran todo para que el mes de la Biblia concuerde con el de las brujitas. Es más, según un periódico virtual cristiano, en el año 2009 en Bucaramanga, los concejales decretaron como día de la Biblia el 31 de octubre, bajo un argumento insulso: “Por iniciativa del diputado Carlos Alberto Morales y aprobación de la plenaria, se establecerá el 31 de octubre como la fecha en la que los santandereanos celebrarán el Día de la Biblia. Según sus argumentos, la iniciativa busca ‘renovar valores, rescatando principios éticos y morales necesarios en la construcción de nuestra sociedad’, acotó Morales”. ¿Y es que acaso los valores y los principios éticos los brinda la religión? Recordemos las Cruzadas y la Inquisición: acciones cristianas llenas de una profunda ética, basada en el crimen, en la intolerancia y el irrespeto. Veamos la educación colombiana: católica, evangélica y uribista. No podemos negar que más que rescatar valores lo que se quiere es cristianizar el Halloween que, para muchos, es pagano y diabólico. ¿Y es que acaso ya no se cristianizó al denominarlo Día de los niños y no de las brujas? ¿O no es un acto cristiano el hecho de que se celebre en la víspera de Todos los Santos? Eso ya lo saben, pero no les basta, porque se han dado cuenta de que la religión no aporta en nada a la ética y a la moral ciudadanas y quieren convencerse estúpidamente de que lo contrario.
¿Y por qué octubre? Pensemos: Colombia celebra el mes de la Biblia en octubre, cuando en realidad, por convención latinoamericana, es en septiembre. Los católicos lo celebran en Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Nicaragua y República Dominicana  en conmemoración del día de San Jerónimo (30 de septiembre de 420), el que tradujo la Biblia del griego al latín. Los evangélicos, por su parte, y en los mismos países, también celebran tal acto, pero, a diferencia de los católicos, en rememoración de la primera traducción de este libro sagrado al español en septiembre de 1569: la Biblia del Oso, que luego sería llamada Reina Valera. Entonces, ¿por qué razón en Colombia y, en especial, en Bucaramanga, se celebra en octubre? Porque queremos ser santos: tapar con una mano el daño que hizo la otra. Halloween es la causa. ¿Los católicos tendrán velas en este entierro bumangués? Parece que no, porque los que marchaban fastidiaban mucho, jodían, cansaban, y los católicos actúan así solo en Semana Santa. Pero, en todo caso, no sé: Todo existe en la viña del Señor. Llegará el día en que me cuele en una de esas marchas para preguntarles si al menos han leído la mitad de la Biblia. Lo más seguro es que no; de lo contrario, ni siquiera marcharían: se darían cuenta de que Dios no es tan bueno como lo pintan, de que Jehová es el dios de Israel y no de Colombia, de las injusticias divinas, de las amenazas de una doctrina que dizque predica amor… de lo mal que han imitado a Jesús… de que hay muchos ateos que, sin quererlo, lo siguen más, porque piensan éticamente.
Solo falta que el 31 de octubre de este año (que cae entresemana; por eso, marcharon con anticipación), veamos a gente disfrazada de Biblia. No sería raro. La religión y la política a veces son tan predecibles: disfraces de Biblia y arengas a favor de Francisco Santos o de Zuluaga… El país que queremos.


sábado, 19 de octubre de 2013

El último cartapacio de un idiota

El último cartapacio de un idiota
Jhon  Monsalve 
Cuento publicado en Vanguardia Liberal
Quizá no haya impresión más grande y gratificante para un lector que la de descubrir que los personajes de papel están hechos con las mismas abstracciones y moldes humanos. Es mi caso. Tal vez un cuento de Cortázar me haga comprender que tales sentimientos no son más que representaciones de la idiotez humana que habita en algunos pocos hombres, que podríamos llamar— a nuestro modo de ver— “privilegiados” y que, para el resto, no son más que tontos o estúpidos. No hace mucho me confundía entre los marasmos de La vorágine. Me ahogué entre las lágrimas de don Clemente Silva, sucumbí a los abismos de su hijo, temí las amenazas… y los demás, aquellos que al tiempo leían la misma novela, ni siquiera se inmutaban, y trataban de hallarle, más que lo sublime, el tema justo para una buena interpretación.
Yo no sé, pero gracias al personaje aquel de Hay que ser realmente idiotas para… comprendí que el arte se estudia con los sentidos hasta el punto de crear maravillosas sinestesias, para los demás de pronto algo abstractas, de la vida, del sentimiento, del ser humano. Curiosamente ayer… después de navegar entre el mar apacible de los inocentes, como lo estuvo en alguna ocasión la mujer de Espantos de agosto, que aún me queda la duda de si fue o no asesinada por Ludovico o, aprovechando el uso de la primera persona, el narrador la mató y cuadró todo para que no hubiera ni la más mínima sospecha… pero en mi caso no se trataba de un sueño profundo sobre sangre fresca, sino más bien del mar que formaba la imaginación a sus anchas… me encontré a un viejo que tenía las arrugas tatuadas hasta en los ojos y que preocupado, casi sollozando, buscaba sin parar a su único hijo que había desaparecido un día en horas de la noche cuando fue a comprar un huevo para la comida. Mostró unas fotos con las manos temblorosas por el cansancio, la desesperanza y el reuma. Y se me aguaron los ojos. Me volví idiota. Traté de hablar con él sin que las lágrimas se salieran de su pecera, salitrosa, en represa, pero la idiotez, tal vez lo que muchos llamen Cobardía o Maricada, es susceptible a los golpes de llanto, a los vientos helados, a los arroyos de palabras y tonalidades tristes que se leen o se oyen a diario. Lloramos los dos, buscamos los dos, almorzamos los dos, y llegó la tarde… y llegó sin nada, sin nadie, ni siquiera la esperanza mínima de una pista ilusoria que pudiera dar con el paradero de un joven— para el viejo, un niño— que se perdió extrañamente en una ciudad tan diminuta, tan progresista, tan segura como esta.
Y es que cualquier padre haría cualquier cosa por su hijo; solo recordemos las peripecias de Kino en La perla, y vivamos de nuevo sus impaciencias, sus suertes, sus consecuencias. Por lo menos en la obra de Steinbeck sabemos que es la picadura de un animal la que desata todos los acontecimientos; por el contrario, en nuestro viejo, el de ayer, solo podemos acercarnos a una adivinanza, tal vez a una información predestinada por el oráculo de la experiencia,  que, aunque certera, debe decirse haciendo uso medido de palabras puras y pulcras que se alejen de todo tipo de ambigüedad: Supuestamente, No está comprobado, Presuntamente, Quizá, Tal vez, No se sabe. Porque lo más seguro es que De pronto se lo haya llevado por equivocación—recordemos que todos los humanos se equivocan— un batallón, que pensó ingenuamente que ese muchacho podría pertenecer a un grupo al margen de la ley.
Estas cosas comprueban que mi grado de idiotez está por encima de los índices normales. Casi nadie siente eso. Todos —como he visto— miran para el cielo, se tapan los oídos y solo oyen la voz de Dios cuando les conviene. Ante situaciones como las de don Clemente Silva, se compadecen hipócritamente y creen ayudar con eso, con un sentimiento falso que se inventan para ganar puntos en el Juicio Final. Pero la idiotez se trepa a la cima del Chimborazo y hace alucinar, llorar, gritar el dolor ajeno, el que en este país, muy bien lo dijo Jaime Garzón, no se duele, no se siente, porque No tenemos una conciencia colectiva: tenemos una posición cómoda e individual ante la vida, el problema soy yo, me salvo yo, y el resto friéguese. No puedo dejar de nombrar a Bolívar, y su delirio, y sus poemas que se esconden entre las proclamas de un héroe mitificado, entre las voces de un dios que vino a salvar el futuro de una tierra que se perdía por entonces, que se entregaba en manos ajenas… ¡Mierda! De nada sirvió tanto esfuerzo: hoy continuamos en las mismas. Mientras no haya más idiotas, continuaremos en las mismas.
Pero nadie tendrá la disposición de cambiar su inteligencia por mínimas dosis de idiotez. Por esa razón la mujer y los amigos del personaje de Cortázar prefieren aplaudir y criticar el acto teatral y no caer en el error de pasar todo entero, como si la vida no estuviera hecha, tal como lo dijo Borges, de momentos que no deben perderse entre críticas absurdas, entre banalidades, entre inteligencias y disciplinas que llevarán consigo, y hasta la vejez, los arrepentimientos más atroces. Prefiero ser idiota ahora, tratar de cambiar el mundo y de disfrutarlo ahora, en lugar de arrepentirme luego del estado sedentario con  el que anduve el Valle de lágrimas, tal cual lo llamó el padre Rentería en la novela de Rulfo… y ese estado de quietud conlleva la inteligencia de la que huyo recurrentemente.
Para ejemplificar un poco más, les cuento que estoy rodeado de sabios y de salomones que critican y que viven intelectualmente el arte de la vida… porque la vida no es más que eso… pero si recordamos bien, Salomón, entre tanta sabiduría, terminó, debido a la influencia femenina, pecando contra Yahveh, adorando a otros dioses. ¿Dónde quedó, pues, la sabiduría del que se supone escribió El Eclesiastés? Casi hallamos en él a Sartre o a Camus. Pero en fin: por aquí pululan salomones. Con decirles que hace unos días discutíamos el valor humano de Hitler y concluyeron, sin mí, que los judíos se merecían la muerte por invasores, comerciantes y asesinos de Cristo. Y luego lo comparaban con algunos presidentes latinoamericanos que habían dejado el mismo legado de paz: no hay necesidad de nombrarlos; ya ustedes los conocen… los idiotas no podemos olvidar los sentimientos de impotencia que se dejan en los estados de locura. Para emparejar las opiniones y transmitir un poco de la idiotez que me caracteriza, les hablé de Fosas comunes, el cuento de Burgos Cantor, y prefirieron la poesía de Roy Barreras. Este escritor—no el bondadoso político— se centra en las víctimas de aquella violencia sin fin, comandada, según algunos, por un sucesor de Hitler. El dolor, las lágrimas, el grito ahogado de ausencia se clava entre los poros de los idiotas, de nosotros, mientras que los inteligentes se mofan y se divierten por los huesos, las cabezas, las entrañas de seres que no son aptos para el país. Ahí está el hijo del viejo aquel, que Presuntamente desapareció una noche mientras iba a comprar un huevo. Tal vez haga falta una fábrica de cápsulas que prevengan la sabiduría, porque temo llegar a pensar y a sentir como ellos… los vendados, los sordos, los mudos de una sociedad estancada en el pasado. Soy idiota, sí… y qué.
Ahora mi tono—se habrán dado cuenta— es más retador. Pero no puedo evitar volverme así cuando hablo de Fosas comunes o de La casa grande. Tampoco cuando veo tan cerca la Santa María de Onetti. O el Macondo de Gabo. Ya lo llamo así porque los idiotas somos atrevidos y dejamos para luego la formalidad. En esta ciudad se han llevado a cabo numerosos proyectos en pro del crecimiento social y solo por ello está siendo reconocida en todo el país. Pero algunos, es decir, aquellos que nos impactamos cuando vemos caer una hoja de un árbol o cuando perseguimos a un pato, tal cual el personaje de Julio (dejémonos, ya dije, de formalismos), recordamos que la misma acción de la novela de Cepeda Samudio ocurrió en El Estadio Alfonso López el 11 de octubre de 1981. No olvidamos que las balas, aunque las hicieron pasar de salva, eran hechas del mismo material con que los soldados acribillaron a los protestantes de las Bananeras. De lo contrario, los heridos habrían llegado al hospital con morados en las piernas y en el pecho, y no agonizando. Y de nuevo el ejército… ay el viejo, ay, el joven—que para él, era un niño—, ay, los batallones. Y hagamos lo mismo que Gabo: trascendamos este hecho. Copiemos la idea de llenar trenes de muertos. Así se recuerda mejor y se vuelve folclor. Y las balas llegaron a más de treinta. Y las gradas del estadio se mancharon de sangre amarilla, leoparda, y murieron, entre gases, algunos asfixiados, otros heridos a bala, cerca de doscientos. Los heridos, no contradigamos tanto, no seamos tan inteligentes, fueron poco más de treinta. Y ya. Cumplimos. Cumplí. Ay, batallones… ay… los héroes.
Pobre viejo, pobre hijo, pobre tierra… Verdaderos héroes son los que presenta Emilio Díaz Valcárcel en sus cuentos. Héroes de tragedias comunes, de heridas ajenas, de luchas sin ideales, obligadas, compartidas, sufridas. Los nuestros se comprenden por pedazos. Solo algunos. Los que respetan la vida y no pasan por encima de los demás en busca de una ganancia paupérrima del valor de un fusil o de una bala. Es un truque, mi viejo… por cada cartucho nos dan un trozo de hijo. Sí, eso le diré esta tarde… sí. Mientras tanto dejaré de escribir estupideces, porque los pasquines, desde ahora, cuentan también a los idiotas.


viernes, 11 de octubre de 2013

"Satanás", de Mario Mendoza: Una crítica profunda a la sociedad y política colombianas y una alteridad normal en el humano

“SATANÁS”, DE MARIO MENDOZA: UNA CRÍTICA PROFUNDA A LA SOCIEDAD Y POLÍTICA COLOMBIANAS  Y UNA ALTERIDAD NORMAL EN EL HUMANO
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet
Aunque, “Satanás”, novela de Mario Mendoza, no está narrada de forma poética, ni hace uso exclusivo del lenguaje puro literario, sí demuestra, tal vez, en mayor proporción que algunas novelas bien narradas (evidentemente, con otros objetivos), las consecuencias de unas políticas gubernamentales que han caracterizado desde siempre a Colombia. Los personajes que se presentan son la configuración de una sociedad víctima de las pocas oportunidades, de los malos manejos de los recursos del pueblo, del desdén absoluto hacia la pobreza, la miseria y el hambre.
La narración se desarrolla en torno a  cuatro personajes: Campo Elías, María, Andrés y el Sacerdote. El primero es, por decirlo de alguna manera, el que ejecuta las acciones principales para que, tal cual en la tragedia griega, los héroes caigan, se desboronen, se desintegren. Campo Elías escribe El diario de un asesino, en el cual comenta las injusticias sociales de un país de pocas oportunidades. La Guerra de Vietnam lo dejó, posiblemente, con unos traumas sicológicos, normales, en estos casos, tal cual Emilio Díaz Valcárcel lo desarrolla en sus cuentos sobre los vestigios de la Guerra de Corea.  Campo Elías se confiesa con el sacerdote sobre sus deseos criminales, de igual forma que días antes lo había hecho un hombre del común que después de confesarse asesinó a sus hijos y a su mujer porque no soportaba que aguantaran más hambre. Campo Elías era lector consumado de El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, de Stevenson, y enseñaba inglés por medio de esta novela.
Por otro lado, se narra la historia de María, una señorita de 19 años, que después de ser criada por el sacerdote y después de cumplir los 18 años, tuvo que trabajar como vendedora de tintos y dejar a un lado los sueños de ir a la universidad. De niña vivió una época violenta en la cual perdió a su familia. Ahora, mientras vendía tintos, unos hombres le propusieron que, si quería, podría trabajar con ellos, en un negocio que, grosso modo, consistían en que ella, María, debía poner cierta droga en la bebida de un hombre adinerado, mientras hablaran en un bar de Bogotá. Luego, ellos lo llevarían y aprovecharían tal estado para robarlo. María aceptó la propuesta y, en una noche de trabajo, sucedió algo inesperado: subió a un taxi, y fue violada de una manera brutal, que brutalmente supo narrar el autor. Desde ese día dejó su trabajo. Cambió de vida y hasta de gustos sexuales y buscó ayuda nuevamente en el sacerdote.
Andrés era el sobrino del sacerdote. A mi modo de ver fue el personaje mejor configurado de la novela… que está dividida en diez capítulos, y cada uno de ellos (o bueno, la mayoría de ellos) se divide en tres apartados distintos que cuentan la historia particular tanto del sacerdote, como de Andrés y como de María (el relato de Campo Elías aparece en algunos capítulos uniéndose a las demás narraciones, y tiene un capítulo especial en el que se presenta el diario del asesino)… Este personaje, Andrés, puede ver proféticamente los hechos trágicos que ocurrirán cada vez que pinta un retrato. Mientras retrataba a uno de sus tíos, se apoderó de él una presencia extraña que lo llevó a dibujar sin querer una garganta amorfa. Días después su tío se enteró de que tenía cáncer en la garganta. Lo mismo ocurrió con Angélica, su exnovia, a la cual había dejado porque sentía que ella importunaba su trabajo como pintor. Un día ella le suplicó que le hiciera un retrato y, mientras lo hacía, la misma fuerza extraña se apoderó de él, y le dibujó ciertas manchas en la cara. Días después, Angélica se enteró de que tenía sida y que las manchas eran indicios de ello. En otras dos ocasiones esa fuerza extraña tomó poder en el cuerpo de Andrés: la primera fue cuando, teniendo relaciones sexuales con Angélica (deseada inmensamente por él, después de enterarse de que era promiscua), se quitó el condón sin importarle que se podría contagiar de sida; la segunda sucedió cuando conoció a Campo Elías en un bar y más precisamente cuando este le propuso que pensara en cómo quedaría un cuadro suyo, acto seguido Andrés imaginó una escena de balas y muertos.
Y por último, el sacerdote, que va directamente relacionado, como lo vimos, con los demás personajes. El sacerdote se caracteriza por ser de izquierda, por pensar en el pueblo, por no creer en posesiones demoníacas. No obstante, en el transcurso de la novela lo persiguen legiones de demonios desde todas las esquinas. Por otra parte, debe luchar contra un demonio que se apoderó de una adolescente y que lo seduce sexualmente cada vez que se acerca a su fétido olor con el fin de ayudar. Este demonio grita a viva voz que el sacerdote no podrá con su oficio divino y que tendrá que retirarse. En cierta parte, es una lucha entre el bien el mal, tal cual sucede en El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde. Cada personaje eran dos a la vez: María era quien no quería ser; Andrés, cuando pintaba, era otro; Campo Elías, tal vez producto de la Guerra de Vietnan, adoptó un Hyde temible y peligroso, y el sacerdote era uno en la misa y otro en la cama junto a Irene, su ayudante en la parroquia.
Cuando tanto María como Andrés buscaron ayuda espiritual con el sacerdote, este les comentó que se casaría pronto con Irene y que, evidentemente, dejaría el sacerdocio. Comían los cuatro en un restaurante italiano, cuando de repente, Hyde, dentro de cuerpo de campo Elías, mató a uno por uno de los que estaban comiendo en aquel lugar… Los vestigios de la Guerra lo golpeaban, pero también las pocas oportunidades, el aburrimiento, el tedio, el sufrimiento… Lo siguiente lo dijo cuando mataba a la madre de su alumna de inglés: “El amor de Dios… No sé si estamos hablando de la misma persona. A ese Dios suyo solo lo conocen los privilegiados como usted, el dos o tres por ciento de la población. El resto conocemos el desdén, la ira y el maltrato de un Dios sordo y despiadado”.

“Satanás”, de Mario Mendoza, no solo es una novela urbana que demuestra la alteridad del hombre y la contraposición del bien y el mal, sino también una novela en que se comprende este último valor como consecuencia de los problemas sociales y políticos… como producto de una mínima sociedad que ignora, que subyuga y que solo piensa en sí misma. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

El escarabajo de oro, de Edgar Allan Poe: William Legrand VS. William Kidd

EL ESCARABAJO DE ORO, DE EDGAR ALLAN POE: WILLIAM LEGRAND  VS. WILLIAM KIDD: DEL PEQUEÑO AL GRANDE
Jhon Monsalve

Imagen tomada de internet
Edgar Allan Poe es reconocido en el mundo de la literatura por ser, junto a Maupassant y Chéjov, uno de los padres de la narrativa breve. También escribió poesía, aunque es menos valorado por ello. Ya en cierta ocasión intenté hacer un análisis de uno de sus poemas: Un sueño en un sueño. Pero retomemos la idea de la paternidad en la cuentística universal y demostrémosla por medio de un pequeño y tal vez muy elemental comentario del cuento “El escarabajo de oro”, publicado en 1843. Más precisamente me centraré en la importancia del nombre de aquel caballero y en la significación que conlleva.
 Ya nos es sabido que los nombres van muy acorde con las acciones de los personajes. Ya lo hemos visto en el análisis sobre “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”, donde este último vivía escondido (hide) dentro del cuerpo del primero. Del mismo modo, García Márquez trata de relacionar los nombres dependiendo de las acciones de los personajes; recordemos a Remedios, la bella, o a Florentino Ariza. Y en este cuento de Poe se juega con las diferentes acepciones de la palabra kid, que significa tanto cabrito como niño.
Para comprender a qué me refiero con el título “Del pequeño al grande”, retomemos un poco el hilo narrativo: en este cuento, se evidencia la capacidad de un misántropo de descifrar un enigma escrito en un pergamino y que conducía, según sus reflexiones, a un tesoro. Este hombre, que desde hacía algún tiempo, había perdido su fortuna, halló un día, en una playa de la Costa Atlántica, un escarabajo que, según la percepción de Júpiter, su criado, y de él mismo, era de extraña figura, de un peso fuera de lo común y de un color dorado, similar al oro. El narrador, que era amigo de William Legrand, fue un día a la cabaña de este a pasar la noche allí, justo cuando habían encontrado este animal y lo habían prestado a un teniente de la región. Por esta razón, William dibujó el escarabajo en un papel que encontró en uno de sus bolsillos y que había  hallado también junto al animal de oro. Según lo percibido por el narrador, después de que, teniendo en cuenta que hacía un poco de frío, se acercó a una especie de fogata dentro de la cabaña y luego de que el perro de Legrand lo saludara calurosamente, allegó lo suficiente el papel al fuego… después de todo ello, descubrió que el tal escarabajo tenía forma de calavera. William se dio cuenta de que así era e inició desde ese momento un proceso de investigación interpretativa para descubrir tal enigma. Se ausentó mentalmente por algún tiempo y pensaron que podría estar enfermo. Pasado el tiempo, Legrand invitó a su amigo y a Júpiter a una excursión tras la búsqueda de un tesoro. Después de un error de Júpiter (narrado con un humor muy característico), fallaron en el intento, pero gracias a que Legrand se dio cuenta de tal falla, pudieron dar con el botín. Después de llegar a casa, y tras las preguntas del amigo, es decir, el narrador, William Legrand explicó el método que usó para descifrar el código que indicaba el lugar en donde estaba el tesoro.
Finales similares al de este cuento los encontramos en obras policíacas, al estilo de Agatha Christie, Arthur Conan Doyle o, más recientemente, Dan Brown. Los que en esta novelas, respectivamente, encuentran el sentido del crimen o del robo, del modo en que se encuentra un tesoro, son Hércules Poirot, Sherlock Holmes y Robert Langdon. Todos grandes, muy inteligentes y con características fijas y establecidas por sus creadores. Del mismo modo, Wiliam Legrand, con una mente brillante y un método perfecto, logra llegar al clímax de la búsqueda. Pero… ¿dónde está lo grande y quién es William Kidd?

William Kidd fue el pirata (un corsario, para algunos… total, un personaje histórico), que según Legrand, elaboró el enigma del tesoro escondido. Kid (con una sola d) significa Cabrito, tal y como el corsario lo dibujó en el pergamino. Pero también significa Niño, y de esto se aprovecha el autor para configurar las acciones de William Legrand con su nombre. “Le grand” significa El grande (en lengua francesa), el que pasó en inteligencia al Kid, el único que conocía el lugar donde se hallaba el tesoro... William Legrand VS. William Kidd es un juego lingüístico muy interesante, cuya pertinencia encaja dentro del marco de las acciones de cada personaje. Tal vez, por todo ello, merezca Edgar Allan Poe ser llamado también Legrand.