jueves, 9 de abril de 2026

Reseña de "Lo que queda en pie", de David Fernando Torres Lizarazo

 

Torres Lizarazo, D. F. (2025). Lo que queda en pie. Ediciones Corazón de mango.

Lo que queda en pie, de David Torres Lizarazo: la soledad, la vejez y las formas íntimas del derrumbe

Jhon Alexánder Monsalve Flórez


El primer libro literario de David Fernando Torres Lizarazo deja desde sus primeras páginas una sensación difícil de abandonar: la de que sus cuentos no terminan cuando se cierra cada historia, sino que permanecen latiendo en el lector como futuros amenazantes, nostalgias suspendidas o silencios que siguen haciendo eco. Lo que queda en pie es, ante todo, un libro atravesado por la soledad, la vejez y la persistencia de aquello que resiste cuando la vida ha comenzado a desmoronarse.

Desde "El día en que Irene perdió su compostura", el libro instala una de sus vetas más poderosas: la vejez como territorio de hábitos, memoria e identidad. La larga convivencia entre Irene y Alberto remite a esas vidas construidas en la rutina amorosa y doméstica, hasta que un mínimo desplazamiento en la percepción transforma lo cotidiano en extrañeza. Allí, la reflexión sobre la ancianidad dialoga de manera natural con Memoria de mis putas tristes, no por repetición temática, sino por la forma en que la vida, el deseo y el cuerpo son pensados desde el presente constante de la vejez. Esa misma línea reaparece en "Doña Etelvina", donde el olvido se convierte en una forma de ahogo, tal como ocurre en la novela En la laguna más profunda, de Óscar Collazos En ambos relatos, la ancianidad no es solo edad: es memoria amenazada, amor familiar ausente y cuerpos que persisten en medio del abandono.

La soledad, justamente, articula buena parte del libro. Aparece en la vejez, pero también en la juventud, la maternidad y la adolescencia. "Al ver el mar", "La bendita prueba" y "La mamá de Camilo" construyen un contrapunto con los cuentos de ancianos: aquí la juventud se enfrenta a decisiones precipitadas, maternidades no deseadas o agotamientos extremos, pero siempre bajo la sombra de la soledad. Rosa, Laura y Cristina quedan proyectadas hacia futuros inciertos, tan crueles como los de Jacinto en "Desde aquel día" o Gisel en "Una mujer difícil". Esta continuidad temática permite leer el libro como un contraste entre vejez y juventud, unidos por el mismo vacío afectivo.

Hay, además, una admirable red de resonancias internas entre cuentos. El calor agobiante que en "Doña Etelvina" envuelve a quienes desean ser amados reaparece transformado en otros espacios emocionales del libro, mientras que "En una habitación de la casa vieja" ofrece el contrapunto del invierno exterior frente a la tranquilidad doméstica de Evangelina. Calor e invierno se convierten así en climas simbólicos que acompañan la experiencia humana: el agobio, la espera, la costumbre, la aceptación. Del mismo modo, cuentos como "Doña Etelvina", "Desde aquel día", "La foto de papá", "El lago" y "En una habitación de la casa vieja" comparten una misma textura narrativa: nostalgia, intimidad, soledad y personajes suspendidos en el tiempo de la memoria.

Uno de los mayores logros narrativos del libro es la calidad y vaeriedad de sus voces. Sobresale especialmente el uso de la primera persona femenina, recurso que alcanza una enorme potencia en "El lago" y "Mi deseo encubierto". No siempre es fácil hallar narradoras en escritores hombres, y aquí esa elección no solo resulta convincente, sino profundamente conmovedora. En "El lago", esa voz femenina hace más intensa la tristeza de la violencia paterna, la sumisión de la madre y el universo simbólico del ser mujer, condensado en la figura de la pata, el lago y la esperanza frustrada. En "Mi deseo encubierto", también desde una voz femenina, el deseo escondido se vuelve metáfora de esas presencias internas (placeres, vicios, impulsos) que acompañan la vida cotidiana y tensionan los límites entre placer, ansiedad y juicio social.

La riqueza del libro también se manifiesta en sus relaciones intertextuales. Además de García Márquez y Collazos, la lectura permite enlazar el calor de Doña Etelvina con "La muchacha del tiempo" de Emilio Díaz Valcárcel, la escena de abandono en "Al ver el mar" con Cuentas del alma, de Rubén Blades, y la novela homónima de Gustavo Bueno Rojas, e incluso el sacrificio simbólico de Isaac en "El bosque" con la escena bíblica de Abraham e Isaac. 

En el plano del lenguaje, el libro alcanza momentos de altísimo nivel. Ya sea en la prosa envolvente de "Doña Etelvina", en la ambigüedad poderosa de "Samantha", en la sequedad (tosquedad) reflexiva de "El viejo" o en la forma intermitente de narrar "En una habitación de la casa vieja", el estilo de David Torres demuestra diversidad y dominio técnico. Hay cuentos más escuetos (por el uso del lenguaje, propio de la caracterización de los personajes, pero esto no resta calidad a los cuentos), otros más simbólicos, otros más apegados al realismo barrial o escolar, pero todos conservan una intensidad narrativa que los hace permanecer.

El cuento final, "En una habitación de la casa vieja", parece condensar la esencia de todo el libro. No solo porque allí aparece el título Lo que queda en pie, sino porque resume la convivencia entre vejez, costumbre, temor a la pérdida y una serenidad aprendida frente al derrumbe. Después de recorrer juventudes rotas, maternidades extenuadas, hijos sin padre, deseos ocultos, ancianos olvidados y mujeres heridas, lo que queda en pie son precisamente esas formas mínimas de resistencia: una habitación, una cocina, una rutina, una memoria, una voz.

Y quizá esa sea la mayor virtud de este libro: hacer de la soledad y de la vejez no simples temas, sino modos de mirar la vida.

Aclaración de apoyo de IA: todas las ideas de la presente reseña fueron compartidas con el autor a través de mensajes de WhatsApp, redactados por mí, Jhon Monsalve, como lector de los cuentos. Los comentarios en aquellos mensajes surgen de reflexiones propias, lo que indica que no están contaminados por otras visiones humanas o artificiales. Para agilizar la redacción de esta reseña, tuve en cuenta una IA, que mantuvo, eso sí, la esencia de mis ideas.

martes, 17 de enero de 2023

Hacia una nueva esperanza de futuro para la juventud bumanguesa

 

 

Hacia una nueva esperanza de futuro para la juventud bumanguesa

Jhon Monsalve 

Texto publicado en el libro "Ciudad de historias y arreboles: Bucaramanga 400 años", editado por la Universidad Industrial de Santander


Nací, crecí y estudié mi primaria y bachillerato en una zona de la Ciudad Bonita que no hace mucho honor al adjetivo en itálica desde su configuración estructural urbana, según la valoración estética de los acérrimos citadinos. Eso sí: me rodeé de buenos seres humanos, hasta el punto de que, para mis adentros, Bucaramanga es más Ciudad Bonita por su gente que por sus espacios. Muchos de ellos fueron mis amigos de infancia, que no pasaron de quinto de primaria porque les llegaba la edad de trabajar, o porque tenían que cuidar de sus hermanos menores mientras sus padres cumplían con sus labores, o porque el colegio público más cercano quedaba a decenas de kilómetros y no tenían para el transporte. Otros tantos fueron mis amigos de bachillerato, varios de los cuales no siguieron sus estudios universitarios porque en sus casas priorizaba el hambre, las necesidades de todo tipo o los problemas familiares, o porque se rindieron ante la dificultad de ganarles un cupo en la universidad pública a quienes tuvieron, por diversas razones —siempre atadas a lo económico—, una mejor formación básica y media.

Aunque desconozco el presente de todos ellos, sí sé de algunos que han muerto asesinados, de otros que están en la cárcel o en la indigencia, de aquellos que trabajan de sol a sol por menos del salario mínimo, de quienes tienen varios hijos y, por ende, las necesidades aumentaron y de los que han intentado con poco éxito laborar y estudiar al tiempo. Estas parecen consecuencias de una ciudad que, social y políticamente, ha olvidado a sus jóvenes y ha consolidado un injusto círculo vicioso de generación en generación. Actualmente, como maestro de jóvenes colegiales y universitarios de instituciones públicas, me doy cuenta de que la situación sigue siendo la misma, los problemas se reiteran, las consecuencias suelen ser similares, y tristemente las soluciones se desdibujan ante la desesperanza de la juventud.

Así las cosas, es habitual escuchar en las aulas de secundaria, mediante diálogos con los jóvenes, que sus mayores sueños se reducen a la compra de un vehículo, a la búsqueda de un amor de chequera o a la perpetuación del puesto ambulante de alguno de sus familiares. El problema radica en las razones que los llevan a soñar de manera tan limitada y a eliminar de sus discursos las palabras Educación o Universidad. Por su parte, los jóvenes universitarios que viven en estos contextos tratan de sobrevivir la carrera profesional con los beneficios ganados por su estratificación social o por su desempeño académico, pero no pueden desvanecer las dificultades económicas siempre presentes en casa o el fantasma del desempleo de los compañeros ya graduados.  

De lo anterior ha derivado un sentido de desesperanza en la juventud bumanguesa, que puede seguir detonando en manifestaciones sociales. De cierta forma, la violencia simbólica del olvido estatal hacia los jóvenes ha producido, en los últimos años, un estallido social fuerte, protagonizado por las nuevas generaciones que recuerdan un pasado con necesidades y, a su vez, esperan —o desesperan— en un sin-futuro.

Ante tal panorama, la juventud bumanguesa requiere de oportunidades educativas y laborales dignas, así, en ese orden: primero, es importante que los jóvenes estudien, enfocando su total atención en ese proceso y sin obstáculos económicos de ningún tipo; en segunda instancia, cuando hayan culminado la universidad, los recién graduados deben contar con la seguridad de un trabajo digno, relacionado con su profesión y que les permita seguir construyéndose como seres humanos y profesionales.

Para devolver la esperanza a la juventud bumanguesa y, con ello, la confianza de un futuro ideal, urge invertir en educación mínimamente desde tres aspectos. En primer lugar, la cobertura: además de aumentar el número de colegios, es necesario que se construyan nuevas universidades o sedes de instituciones ya existentes para aquellos jóvenes de bajos recursos que no acceden a la educación superior, porque no superan los puntajes de las Pruebas Saber, fácilmente alcanzados por jóvenes de mejor estratificación social; en pocas palabras, la educación superior debería ser un derecho para todos y no el privilegio de quien obtenga mejor calificación en una prueba nacional. En segundo lugar, la gratuidad y el apoyo financiero constante: luego de facilitar el ingreso a la universidad por medio de la cobertura, es importante asegurar los más bajos niveles de deserción; esto conlleva invertir en matrícula cero y en becas completas para manutención, vivienda y recursos educativos dignos. En tercer lugar, la calidad en la educación: no basta con abrir más instituciones o asegurar los bajos índices de deserción; es fundamental que las universidades cuenten con recursos, con espacios y con personal idóneo para el desarrollo adecuado de los procesos de aprendizaje. Un presente que se dibuje con los colores de este párrafo llena de esperanza el futuro de muchos jóvenes destinados a perpetuar la desigualdad social característica de nuestra región.

Una acción complementaria para devolver la esperanza a la juventud bumanguesa consiste en el derecho y aseguramiento del trabajo digno: sueldos justos, posibilidad de ascensos, contratos indefinidos, prestaciones sociales, salud para toda la familia, etc. De este modo, se difuminarían los sueños juveniles de irse de la ciudad a buscar vida en otras regiones o países; se desvanecería la idea de que muchos profesionales terminan trabajando en servicios de transporte o, incluso, en ventas ambulantes; se reconstruiría, entonces, la esperanza en el futuro no solo de los jóvenes, sino también de sus familias.

Si el futuro que vemos ahora como utopía hubiera sido mi presente de niño o de joven, posiblemente, muchos de mis amigos de antaño estarían vivos, varios no habrían conocido las cárceles ni las calles, otros no habrían convivido tanto tiempo con el hambre. Si ese futuro utópico hubiera sido mi presente de niño o de joven, mis compañeros habrían ido a la universidad —o, al menos, habrían tenido la oportunidad de matricularse—, disfrutarían hoy de un trabajo digno y verían el futuro con ojos de esperanza. Entre tantas circunstancias, me doy cuenta de que fui una excepción, un golpe de suerte, más que un ejemplo de superación que romantiza la desigualdad social. De ahora en adelante —a razón del cumpleaños 400 de Bucaramanga—, podríamos regalarnos el cumplimiento de la utopía. Como veo las cosas, en caso de que el Estado no tenga en cuenta a los jóvenes bumangueses, ellos mismos, por sus propios medios, lograrán lo que mi generación no pudo: educación y trabajo digno.

viernes, 1 de julio de 2022

Ensayo: Colegialas libres para decidir su maquillaje, vestuario y accesorios

 Colegialas libres para decidir su maquillaje, vestuario y accesorios

Ensayo elegido entre los 1000 mejores en el Concurso Nacional de Escritura del año 2022 (Colombia)

Jhon Monsalve

Imagen tomada de: https://www.diariosur.es/sociedad/llevan-pantalones-20171005152755-nt.html. 

Que no se maquillen, que no usen aretes o piercings, que no se pinten el cabello, que la falda del colegio llegue hasta la rodilla, que el uniforme de Educación Física no sea tan tallado, que, en las celebraciones institucionales informales (Jean day o Jean class), se vistan como niñas de bien, decentes, sin ombligueras, sin pantalones apretados o rotos, sin leggings, o shorts, en fin, como la sociedad patriarcal, incólume, ejemplar, lo ha dispuesto. Las actitudes de directivos y docentes sobre el maquillaje, la indumentaria o los accesorios de niñas y adolescentes de colegio parecen surgir de modelos configurados por una exclusiva sociedad de élite moral. Las instituciones educativas, en lugar de incentivar el libre desarrollo de la personalidad de las colegialas—derecho constitucional—, imponen representaciones heteropatriarcales en detrimento de la libertad de ellas. Tal imposición no debería aceptarse, mínimamente por las siguientes razones: en primer lugar, se ignora el contexto sociocultural de las niñas y adolescentes; en segunda instancia, se valora negativamente la imagen de las colegialas desde una visión machista; por último, se juzga a las estudiantes por la indumentaria, el maquillaje y los accesorios, sin considerar su calidad humana y académica.

Durkheim, dentro de lo que comprende como hecho social, desarrolla la idea de que los humanos piensan y actúan en dependencia de sus relaciones sociales o, en otras palabras, según la coacción que haya ejercido la sociedad-cultura sobre los sujetos. Así como los directivos y profesores construyen modelos desde los cuales perciben el mundo positiva o negativamente, las estudiantes pertenecen a comunidades con prácticas particulares, que determinan, incluso, la manera de vestir, el maquillaje y los accesorios por utilizar. Podría refutarse que, mediante una lectura básica de la adecuación de la indumentaria según el contexto, tal problema se solucionaría, pero surgirían al menos dos consecuencias estrechamente relacionadas: a) las colegialas se adecuarían a otras prácticas y no al contrario, pues el grupo social de los profesores y directivos encabezan la relación de poder y b) la libertad de las niñas y adolescentes se desdibujaría ante sistemas de creencias considerados como óptimos (no como diferentes). En las juventudes femeninas, hoy prevalece la opción que da sentido al acto de vestir, de maquillarse y de acompañar el atuendo; sirva como ejemplo la línea prolongada que las estudiantes dibujan en sus párpados, ciertos tonos coloridos en el cabello y el doblaje alto de la falda, normalizados por las juventudes femeninas, pero incómodos para gran parte de la comunidad educativa, siempre atenta a educar integralmente en religión cristiana, normatividad de Carreño y prescripción de la última moda infantil y juvenil. Fácilmente, las dos consecuencias en mención se acentúan cuando las estudiantes asisten al colegio con ropa diferente al uniforme: su identidad queda a flor de piel, frágil ante las relaciones de poder y las imposiciones institucionales.

Por otra parte, el machismo está tan presente en las prácticas de los colombianos que, incluso, las mujeres adultas critican, desde tal perspectiva, el vestuario, el maquillaje y los accesorios de las estudiantes. Si estas llevan la falda del colegio muy arriba de la rodilla, es necesario tomar medidas, porque los hombres pueden actuar con lascivia ante ellas; es decir, los violadores y pedófilos tendrían excusas para tocar el cuerpo de las niñas y adolescentes y, además, se “salvarían” socialmente porque no fueron del todo los responsables. Si las estudiantes se maquillan de alguna forma o usan ciertos accesorios (aretes más grandes, piercings en la nariz, la lengua, las cejas o las orejas, o donde quieran porque así se sienten cómodas y crean sentido en torno a ello), para los machistas, sean hombres o mujeres, las colegialas se proyectan como prostitutas o damas extravagantes —y, en últimas, ¿qué problema habría con ello? —, que llamarían la atención de pobres e ingenuos hombres, quienes, por naturaleza, observan a las mujeres con “inocencia”. Aunque gran parte de los adultos en Colombia, coaccionados por su esfera cultural machista, conciben de esta manera la imagen de las colegialas, no debería olvidarse que, desde Habermas, “los valores culturales (…) no se presentan con una pretensión de universalidad”.  Tales concepciones son, por tanto, una visión, susceptible de ser criticada y, en el caso que aquí compete, deconstruida.

Finalmente, ante la prioridad de maestros y directivos con respecto a cómo las niñas y adolescentes van vestidas, qué accesorios llevan y cómo se maquillan, se difumina la formación humanística y académica. No existe una relación lógica entre los atuendos y el desempeño académico o entre el maquillaje y la construcción del ser social. La manera en que las estudiantes configuran su identidad femenina y juvenil es ajena a los objetivos de la educación ética y científica: ¿en qué apartado, acaso, los estándares, los lineamientos o los derechos básicos de aprendizaje de alguna de las áreas de conocimiento orientan al profesor a prescribir cómo deben maquillarse, adornarse o vestirse las estudiantes de colegio? Es más, no solo es ajena, sino también contradictoria: no es coherente enseñar a respetar a los demás, enseñar a defender los derechos, enseñar a analizar y tomar postura ante diferentes perspectivas sociales y disciplinares, y, a la vez, irrespetar la libertad de las colegialas, reprimirlas simbólicamente y considerar que la única postura válida para vestir, maquillarse y usar accesorios es la estipulada por los profesores o directivos.

Que se maquillen mucho, poco o nada, siempre y cuando se gusten a sí mismas; que usen aretes o piercings, grandes o pequeños, si así lo prefieren; que se pinten el cabello de mil colores o se lo dejen al natural; que el único límite del uniforme sea la comodidad; que, en las celebraciones institucionales informales, se vistan como niñas y adolescentes felices consigo mismas; que la sociedad patriarcal, incólume, ejemplar, no expanda sus exclusivas valoraciones, aprovechando el poder que les confiere el ser adultos, profesores o directivos, que pasan por alto las prácticas socioculturales, el machismo explícito y la prioridad de educar seres sociales y científicos, sin prejuicio alguno.

lunes, 20 de junio de 2022

Análisis de la película "La ira de Dios"

 

Análisis de la película “La ira de Dios”


Imagen tomada de: https://entrelineas.cadena3.com/noticia.asp?categoria=libros&titulo=la-historia-detras-de-lo-nuevo-de-netflix-la-ira-de-dios&id=328079

Introducción

Por estos días, Netflix incluyó dentro de sus producciones “La ira de Dios”, dirigida por Sebastián Schindel y basada en la novela La muerte lenta de Luciana B, de Guillermo Martínez. Así como el texto literario, la película impacta por la trama: una joven, que labora como asistente de transcripción de un reconocido escritor (Kluster), sospecha que es este el autor de la muerte de sus familiares más allegados, quienes sufrieron extraños percances antes de morir, en el transcurso de los últimos diez años.

Todo inicia cuando Kluster malinterpreta ciertas “señales” de la joven y opta por besarla. Ella, sacudida por la situación, decide renunciar y, bajo los consejos de su madre, demanda legalmente al escritor por aspectos relacionados con el trabajo, así como por el acoso sexual al que se vio enfrentada. Kluster estaba casado con una mujer que había tenido un accidente de tránsito, el cual le impidió seguir practicando ballet, la pasión de su vida. Luego del accidente, tuvieron una hija que, contrario a lo que esperaban, nunca llenó en la madre los vacíos y propósitos dejados por el accidente. La mujer había sido tratada por un psiquiatra quien, aunque le dio de alta, advirtió que cualquier situación fuera de lo común podría afectar su ánimo.

En efecto, la mujer de Kluster fue quien recibió la demanda escrita, un día que él no estaba. Esto la afectó tanto, hasta el punto de perder los estribos y asesinar a su propia hija en un ataque de ira. Paso seguido, se tomó una gran cantidad de pastillas, que le causaron la muerte. Y aquí se desenvuelve todo: Kluster pierde a su familia y se propone vengarse de Luciana lentamente, matando a cada miembro de su familia.

Estructura narrativa de la película

La narración juega con los “ires” y “venires” del pasado y del presente. Al principio, el espectador recibe datos, por parte del texto fílmico, sobre lo que ocurre en el ahora y lo que ocurrió doce años antes. Con el paso de las escenas, el lector identifica en la película los momentos sincrónicos y los que no lo son.

El pasado cuenta el rol de Luciana como transcriptora de novelas literarias. Trabaja tanto para Kluster, como para otro autor, menos reconocido, pero que culminó siendo el periodista que, tiempo después, cree en su versión y la ayuda para que se enfrente cara a cara con Kluster. El antes y el ahora, mediado por los años que transcurrieron, se pueden representar de la siguiente manera:

Doce años atrás

Entre el pasado y el presente

El presente

Luciana: transcriptora

Luciana: víctima de las muertes de sus familiares

Luciana: justiciera

Luciana: acosada sexualmente y acusadora del acto

Luciana: sufriendo las consecuencias de la demanda

Luciana: Cuidadora de su hermana menor y de su madre

Luciana: con familia

Luciana: con pérdida paulatina de sus familiares

Luciana: sin familia (solo con su hermana menor)

Luciana: viva

Luciana: muere lentamente por el dolor de perder a sus familiares

Luciana: se suicida

 

Acercamiento al sentido del filme

La base del sentido de la película radica en la venganza. No obstante, la manera como se comprende tal acto trasciende los clichés narrativos de occidente. La ley del talión, ojo por ojo y diente por diente, se interpreta por parte de Kluster así: la retribución del mal debe darse en proporción de lo causado. Incluso, el personaje explica que quien causó el accidente de su mujer no se afectaría de la misma manera si le fracturaran un tobillo, pues para la esposa de Kluster esto implicó dejar de bailar, es decir, dejar de hacer lo que más le apasionaba.

Por lo anterior, la venganza de Kluster hacia Luciana es lenta y persigue el mismo fin: que los dos se queden sin familia. Lo curioso del filme, sin duda, es el fin de Luciana, quien no termina viva sufriendo, como él, sino muerta, inmolándose por la protección de su hermana, a quien desea viva. He ahí la muerte trascendiendo al sufrimiento: Luciana sufrió varios años, muriendo en vida, recibiendo la retribución causada hacia Kluster, pero no vivió más: prefirió morir en lugar de su hermana, acto por el cual el escritor se habría inclinado en su lugar.

Kluster mantiene al final una relación sentimental con la hermana de Luciana: los dos solos, sin familia, inician una nueva vida, mientras el periodista, sin prueba alguna, reconoce el poder del escritor para matar como los personajes literarios de sus novelas.

domingo, 17 de abril de 2022

Tres textos en una de las bibliotecas digitales más grandes de Latinoamérica

 

Tres textos en una de las bibliotecas digitales más grandes de Latinoamérica

Jhon Monsalve

Imagen tomada de: https://www.ellibrototal.com/ltotal/


Hace unos años, El Libro Total, la que es considerada como una de las bibliotecas digitales más grandes de Latinoamérica, publicó tres textos de mi autoría. El primero de ellos fue mi libro Til-de no lleva tilde, en el que explico, paso a paso y con un método completamente original, dónde va la tilde en lengua española. A continuación, dejo el enlace: 

https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=10628

Los otros dos textos fueron, primeramente, publicados en mi blog y tomados, bajo mi consentimiento, claro está, por El Libro Total, por considerarlos útiles para la formación de estudiantes en la región hispana. Los dos textos son análisis de obras literarias universales: El diablo de la botella y El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, de Stevenson. Dejo a continuación los enlaces para quien desee consultarlos y leerlos, mediante recursos bastante didácticos que ofrece esta biblioteca.

https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=10245


https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=10246 

De este modo, permítaseme no solo invitarlos a hojear estos tres libritos, sino también, y sobre todo, presentarles un lujo de biblioteca digital, creada orgullosamente en Santander, Colombia.

 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

La mediación pedagógica de procesos escriturales en la educación superior

 

La mediación pedagógica de procesos escriturales en la educación superior

Jhon Alexánder Monsalve Flórez

Imagen tomada de: https://www.semana.com/vida-moderna/articulo/educacion-escritura-computador-no-mano/359909-3/. 

El centro de la transposición didáctica no es el saber sabio, ni el saber enseñado (Chevallard, 1991), sino las mediaciones que se llevan a cabo en el aula para lograr el paso entre el primero y el segundo. En el caso de la enseñanza de la escritura en la universidad, nos enfrentamos a dos procesos de transposición que, aunque van unidos, pertenecen a latitudes diferentes. En primer lugar, se hallan las disciplinas que, con sus diversos metalenguajes, exigen usos específicos de la lengua para su comprensión o producción de nuevo conocimiento (Carlino, 2005); en segundo lugar, se encuentra la teoría de la escritura, con sus particularidades conceptuales y procedimentales (Cassany, 1990; Serafini, 1994; Flower y Hayes, 1981). Los docentes de escritura nos encontramos, entonces, ante una doble exigencia en la educación superior: 1) entender, al menos, las generalidades teóricas de las disciplinas y 2) enseñar muy bien los procesos escriturales que dan sentido a los contenidos de las disciplinas. Tales metas pueden lograrse a través de una mediación pedagógica oportuna: el estudiante socializa su saber científico, para recibir después, por parte del maestro, la orientación de cómo producir los discursos científicos correspondientes. La relación horizontal del conocimiento se hace, así las cosas, más que evidente.

Corredor, Pérez y Arbeláez (2009) describen cuatro condiciones del profesorado para una mediación pedagógica apropiada: la coherencia psicológica, que se refiere al reconocimiento del nivel cognitivo del estudiante por parte del maestro; la coherencia de contenidos, la cual hace alusión a la pertinencia de los procesos orientados en clase, según el nivel conceptual o de saberes previos de los estudiantes; la motivación y la implicación de los estudiantes, referente a la participación activa del aprendiz, dentro de una perspectiva constructivista; y, finalmente, la aplicación y la utilidad, entendidas como la orientación de saberes funcionales para las situaciones de la vida académica y no académica.

Dependiendo del curso de escritura que orientemos, los profesores evaluamos, por medio de un diagnóstico pedagógico (Arriaga, 2015), el nivel cognitivo y los saberes previos de los estudiantes. Con base en ello, tomamos decisiones sobre cómo proceder en el aula con pertinencia para la enseñanza de la escritura en disciplinas específicas; entonces, proponemos dos actividades transversales, unidas a la doble exigencia enunciada en el primer párrafo: creamos espacios de socialización conceptual para entender, en términos generales, la densidad terminológica del discurso propio de las disciplinas científicas y, luego, cuando ya entendemos grosso modo el proceso, orientamos la escritura. La aplicación y la utilidad se entienden, de esta manera, dentro de las necesidades de los profesionales en formación; en otras palabras, se tienen en cuenta explícitamente los resultados de aprendizaje (MEN, 2019; CESU, 2020)

Una asesoría de escritura de trabajos de grado puede ejemplificar lo abordado anteriormente. Aparte de las horas de clase, los profesores somos citados por los estudiantes para resolver problemas de escritura con los que, habitualmente, se hallan: coherencia, cohesión, ortografía, pertinencia de contenido, etc. En las asesorías, luego de haber determinado el nivel cognitivo y de conocimientos previos, procedemos a escuchar a los estudiantes. Nos cuentan las dificultades que han tenido, nos relatan sus experiencias negativas, sus inseguridades, pero también nos actualizan en aspectos disciplinares. No entendemos todo el metalenguaje, por supuesto, pero comprendemos las generalidades del trabajo. Solo después de ello, orientamos procesos de escritura: enseñamos a planificar, a textualizar y a revisar. Las asesorías, entonces, se dividen en dos momentos, concatenados con las mismas metas del primer párrafo: socialización de los educandos sobre los saberes científicos y enseñanza de la escritura por parte del profesor. De esta manera, potenciamos y proyectamos no solo competencias científicas y resultados de aprendizaje, sino también habilidades generales: la autonomía, la participación y la adecuación apropiada del discurso científico.

Las cuatro condiciones de la mediación pedagógica también se evidencian en procesos de escritura orientados a grupos particulares de carreras específicas. Verbigracia, cuando los docentes de escritura llegamos al aula con un grupo de Trabajo Social, no sabemos, en principio, aspectos relacionados con esta carrera. Aunque hemos sido educados en las generalidades de las Ciencias Sociales, nuestros saberes no son tan específicos para guiar al estudiante en cuanto a la planificación, textualización y revisión de textos científicos de esa área. Así las cosas, procedemos en el mismo orden: diagnóstico sobre nivel cognitivo y de saberes previos de escritura, socialización grupal de los conceptos de base y de los procesos que se requieran para el proceso y, por último, la orientación escritural en dependencia de las generalidades teóricas ya comprendidas por el maestro. La funcionalidad de los procesos de escritura dentro de las esferas científicas de la universidad se hace visible y se encamina a la consecución de los resultados de aprendizaje del futuro profesional.

Finalmente, pensamos que los profesores de las disciplinas específicas podrían hacer el trabajo ideal en la mediación pedagógica de la escritura en la universidad. No obstante, se presentan, para ello, mínimamente dos obstáculos: en primer lugar, el imaginario de que los estudiantes universitarios deben saber escribir todos los géneros textuales posibles y, por ende, no es trabajo del maestro de la carrera orientar procesos que deberían estar ya superados; en segundo lugar, la falta de preparación de estos docentes en temas de didáctica de la escritura. Mientras se derrumban estas barreras, aquí seguimos los maestros de escritura científica, buscando la mediación pedagógica más oportuna, que cumpla, en lo posible, con las cuatro condiciones de base: la coherencia psicológica, la coherencia de contenidos, la autonomía de los estudiantes y la funcionalidad de lo que ellos aprenden.

Referencias

Arriaga, M. (2015). El diagnóstico educativo, una importante herramienta para elevar la calidad de la educación en manos de los docentes. Atenas, 3(31), 63-74.

Carlino, P. (2005). Escribir, leer, y aprender en la universidad. Una introducción a la alfabetización académica. Fondo de cultura económica.

Cassany, D. (1990). Enfoques didácticos para la enseñanza de la expresión escrita. Comunicación, lenguaje y educación, 2(6), 63-80.

Chevallard, Y. (1991). La transposición didáctica. Del saber sabio al saber enseñado. AIQUE Grupo Editor S.A.

Consejo Nacional de Educación Superior (CESU) (2020). Acuerdo 02. https://www.mineducacion.gov.co/1759/articles-399567_recurso_1.pdf.

Corredor, M.; Pérez, M. y Arbeláez, R. (2009). Estrategias de enseñanza y aprendizaje. Ediciones Universidad Industrial de Santander.

Flower, L. y Hayes, J. R. (1981). A Cognitive Process Theory of Writing.  College composition and communication, 32(4), 365-387.

Ministerio de Educación Nacional (MEN) (2019). Decreto 1330. https://www.mineducacion.gov.co/1759/articles-387348_archivo_pdf.pdf.

Serafini, M. (1994). Como se escribe. Paidós.

viernes, 13 de agosto de 2021

¿Qué es la investigación-acción en educación?

 

¿Qué es la investigación-acción en educación?

Jhon Monsalve


Imagen tomada de: https://www.uniminutoradio.com.co/wp-content/uploads/2020/06/Banner-Ciencia-Participacion-696x464.jpg

Todos hemos escuchado hablar de constructivismo. Sabemos que generar procesos de pensamiento activo (crítico y científico) en los estudiantes es la meta de la educación del presente. Sabemos también que el dictado, la memorización y la creencia absoluta en lo que dice el docente son aspectos que han perdido valor en las últimas décadas. Nos enfrentamos ahora al reto de saber cómo elaborar procesos de pensamiento dentro del aula de clase, a partir de los cuales los estudiantes puedan participar activamente en la construcción de su propio aprendizaje y desarrollo.

La investigación-acción viene a apoyar este objetivo. No nace a la par del constructivismo, pero sí se emparenta directamente con él. El nacimiento de la investigación-acción se lo debemos a Lewin, quien, a mediados del siglo XX, propone para las ciencias sociales en general una metodología de investigación, mediante la acción. Luego de este autor, Stenhouse plantea las bases de esta metodología en el ámbito de la educación. Con el tiempo, aparecen, entre otros, Elliot y Mckernan, que son dos de las autoridades más referenciadas en los trabajos o artículos científicos que describen tal proceso.

Todos los autores convergen en que la investigación-acción se da en la práctica y con la intervención directa del maestro dentro del proceso. El maestro puede proponer o escuchar propuestas de los estudiantes y, a partir de ello, plantear ciclos de desarrollo y de aprendizaje. Para ello, configura, solo o junto a los estudiantes, un plan de acción que surge de una necesidad y que será puesto en práctica en el desarrollo de una secuencia de aprendizaje, evaluada con constancia. Luego de un primer ciclo, el docente y/o los estudiantes plantean nuevos inicios para potenciar los aspectos que no hayan sido exitosos o completados durante el primer ciclo.

El desarrollo de esta metodología se entiende siempre desde un planteamiento de investigación, que considera la delimitación del problema, la revisión de antecedentes, así como la concreción de objetivos, la construcción del marco teórico y la determinación de la metodología, a partir de fases, estrategias e instrumentos. Luego de este planteamiento, en la acción se ejecutan las actividades planificadas y se reflexiona constantemente sobre el proceso, con el fin de tomar caminos para la propuesta de nuevos ciclos de acción, que se caracterizan por revisar el problema, replantear las soluciones a lo que ha faltado y proponer nuevos caminos de acción. Estos, de ser necesario, se evaluarán con el fin de continuar o no el proceso de desarrollo y de aprendizaje.    

La investigación-acción suele asociarse con la pedagogía por proyectos o con el aprendizaje basado en proyectos. Cualquiera de estos enfoques tiene como base la metodología de investigación-acción y, por el número de ciclos que puedan surgir para solucionar los problemas que se presenten en la acción, es imposible determinar cuánto durará la pesquisa dentro del aula (o fuera, según sea el caso).

Desde este blog, invito a los docentes a que busquemos alternativas para investigar la acción educativa, con el fin de que nuestros estudiantes alcancen las competencias de pensamiento crítico y científico, que siempre hemos querido. Ya hemos superado el umbral del dictado y de la memorización; a muchos nos falta llegar a la investigación-acción. El interesado puede empezar revisando qué es la pedagogía por proyectos, el aprendizaje basado en proyectos y las secuencias didácticas. ¡Muchos ánimos!