jueves, 4 de septiembre de 2014

La cárcel, de Jesús Zárate Moreno: ¿Colombia entre dos mundos?

La cárcel, de Jesús Zárate Moreno: ¿Colombia entre dos mundos?
Jhon Monsalve
Imagen tomada de internet. 
Se ha catalogado como insólito el hecho de que La cárcel, novela del escritor santandereano Jesús Zárate Moreno, haya sigo ganadora del Premio Planeta 1972. Pero lo insólito no debe comprenderse como consecuencia de la mala narrativa―si la hubiera―, sino por el otorgamiento de este premio de manera póstuma al célebre narrador colombiano. Esta novela fue inédita y los derechos pertenecieron a la familia Zárate. No por nada, y a pesar de todas las críticas que se han suscitado en torno a esta novela, es considerada como una de las mejores narraciones escritas en el departamento santandereano. La cárcel es la historia de Antón Castán, un inocente que desde hace tres años permanece recluido en una cárcel colombiana acusado, sin saberlo, del crimen de una mujer. Dentro de la cárcel hace amistad con cuatro presos, que tienen características particulares: Braulio, un bígamo, que terminó viviendo, al fin y al cabo, con sus dos mujeres; David, un falsificador de firmas, que se ganó la vida con las propiedades de su tío; el Gordo Tudela, un exdetective, que fue acusado por dar de baja a un hombre en medio de un operativo; y Mister Alba (así sin tilde), un colombiano que hizo relaciones y negocios ilegales en el extranjero y que, particularmente, guardaba en su estómago una navaja, por si se presentaba algo. Este último es considerado, incluso dentro de la narración, como el protagonista del diario que escribía Antón Castán. A continuación trataré de presentar algunas precisiones sobre la novela. Son muy personales y pueden, como muchas cosas de este blog, estar erradas. Este blog, insisto, no cumple con el rigor suficiente de un análisis literario, pero puede ayudar a esclarecer algunas cuestiones.
Sobre el diario
Una de las cualidades de esta novela y que la hace, a mi modo de ver (y a partir de mis escasas lecturas literarias), una narración innovadora es el hecho de presentarse como metanovela. Entiendo por esto último una novela que se explica, mediante la narración, a sí misma. Hay discusión entre los presos por el género que escribe Castán y que, para él, es un diario. David lo considera, por el contrario, un drama, y Mister Alba, una novela. El analista podría concluir que la narración son muchos géneros literarios, incluido el lírico, si se tienen  en cuenta los aforismos e intervenciones de Mister Alba. Es una novela, que es un drama, que es un poema, que es un diario.
Sobre la trama
Antón Castán, a modo de diario, escribe sus experiencias más significativas, en la medida en que las vive: un diario en el que cuenta las acciones de sus compañeros, sus vivencias, pensamientos, sentimientos en torno a la libertad. El clímax, si me lo permiten (lo digo porque hay muchas acciones transformadoras; recuerden que este texto no es más que un acercamiento pobre a la novela de Zárate Moreno), se da cuando, luego de poner presos a unos campesinos que se habían tomado unas tierras que sentían como suyas, se arma un motín en contra de las decisiones de Leloya, el nuevo director de la cárcel. Aunque los campesinos fueron los que iniciaron la manifestación, los demás presos los siguieron porque estaban en desacuerdo con las políticas de reclusión que había implementado Leloya, entre las que estaban el porte de un uniforme para presos y la prohibición a salir a tomar el sol al patio. La protesta es dirigida por los compañeros de celda de Castán, que termina matando a Leloya, en un momento de odio, más que de ira. Lo asesina, aprovechando el motín, para vengar su reclusión de tres años, pues este hombre, Leloya, fue quien lo acusó de haber matado a una de sus mujeres (del director). El último capítulo, “El proceso”, da cuenta de estos hechos por medio de una representación de un juicio que hacen los compañeros de prisión de Antón.
¿Sobre la cárcel… que es Colombia?
Podría decir, con lo atrevido que soy, que esta novela es una metáfora del encerramiento social de Colombia. Los personajes podrían representar diferentes países. Pongo el ejemplo de David, que le gusta una comida española, que tiene muchos ingredientes de otros países. Pongo el ejemplo de Mister Alba, que representa a Norteamérica y a Panamá, porque habla mucho de estos países, a partir de sus experiencias. Puedo hablar de Colombia cuando veo a Castán encerrado inocentemente y en medio de Mister Alba y de David, que se la dan de extranjeros, aunque aparentemente son sus amigos (recordemos unos hablando a espadas de otros). Y no lo digo yo; lo dijo el propio Castán, en uno de sus apuntes: “España y los Estados Unidos son las dos puntas de la tenaza histórica que nos tiene presos, remachados. Las dos puntas anulan el esfuerzo conjunto, pues, entre ellas, la una inutiliza a la otra. Donde la influencia norteamericana nos sacude, la tradición española nos cohíbe. Donde el idealismo español nos impulsa, el utilitarismo norteamericano nos aplasta. Donde la rebeldía española nos empuja a rebelarnos contra la ley colonial de la cárcel, las autoridades de estilo norteamericano nos inmovilizan con el cerco feroz de los perros policías. La tragedia de nuestra adorada cárcel consiste en no haber tenido la personalidad suficiente para sacudirse las inhibiciones de estos dos yugos paralelos. Entre esas dos fuerzas que nos oprimen abrazándonos, no hemos llegado a ser nosotros mismos” (p. 64).

Como siempre, la literatura se presenta como representación de las cuestiones sociales. Así como, aparte de ser una metanovela también es una crítica de ella misma, esta narración es una crítica social que merece ser estudiada, si es que ya no se han hecho estudios o si no están en proceso. Un premio de novela que ganó un muerto es, más que algo insólito, una oportunidad para comprendernos a nosotros mismos como colombianos.  No por nada se hace referencia con tanta frecuencia a la época colonial; no por nada se presenta un elogio a la injusticia y a la libertad. No por nada. 

domingo, 17 de agosto de 2014

En el camino para una mejor Licenciatura en Español y Literatura, de la Universidad Industrial de Santander

En el camino para una mejor Licenciatura en Español y Literatura, en la Universidad Industrial de Santander
Jhon Monsalve

Imagen tomada de internet

Creo que llegó la hora, como maestros y como estudiantes, de dejar los beneficios particulares a un lado, para pensar en los beneficios sociales. Este texto no es una crítica, ni una puñalada trapera para la comunidad académica estudiosa de la lengua, de la pedagogía y de la literatura. Solo trato de exponer lo que debería ser prudente en el proceso de formación de docentes en la Licenciatura en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander. Y empiezo con ello: formamos docentes, ante todo, y a veces creo que enfocamos más nuestra atención en formar lingüistas o críticos literarios. La responsabilidad, por supuesto, parece ser compartida. Por un lado, los profesores que piensan que la relación entre didáctica, pedagogía, literatura y lingüística debe darse, claro que sí, pero que compete a otros profesores y no a ellos, y de otra parte, los estudiantes que creen estudiar Literatura Pura, o Lingüística Pura o Francés Puro, porque quieren ser de todo, menos docentes. Ay, qué problema el que tenemos: cada uno tira para el lado que le conviene y sustenta sus argumentos a partir de premisas muertas si se dejan solas, sin relacionarlas con la columna vertebral de la carrera: la educación. Decimos que el Francés es fundamental para la vida profesional, que el análisis literario riguroso es imprescindible para comprender a fondo la importancia de la literatura, que los análisis etnográficos en el área de la Lingüística son necesarios para entender las variedades de la lengua, y todo eso está bien, claro, es más, me gusta, y estoy en total acuerdo con que se haga, pero sin discriminar (veo que eso es lo que ocurre) la esencia, la fuente, de cualquier licenciatura. Entendamos, como maestros y como estudiantes, que urge una imperativa relación entre lo que se vea en cada materia con la enseñanza de la lengua española y de la literatura.  ¿Por qué hacer mala cara cuando esto ocurre?, ¿por qué tratar de evadir la educación, echarla a un lado, porque lo que debe predominar es la materia que dictamos, o que veamos, si somos estudiantes?, ¿por qué no relacionar cada tema visto, cada libro leído, cada teoría tratada con la manera de llevarla al aula? Si no lo hemos hecho, tal vez sea porque nos da miedo, porque, en el fondo, nos preguntamos si en realidad tenemos los conocimientos de didáctica y pedagogía para hacerlo, y si somos estudiantes, ni nos percatamos, porque, aunque critiquemos la educación, parece ser que no hacemos nada para mejorarla, y una manera de empezar, sugiero, es exigiendo esto en clase: Profesor, ¿y este poema cómo lo llevamos al aula?, ¿es pertinente en noveno o en sexto?, ¿y cómo hago, yo, como docente, para que mis estudiantes de bachillerato tengan amor hacia la literatura?, ¿y esto manejado con TIC cómo sería? Ay, profesores y estudiantes, comprometámonos en esto, y daremos los primeros pasos en este proceso de acreditación que se avecina y en este cambio de pénsum tan demorado.
Sé muy bien que la carrera es nueva, que no hace mucho se separó de la Licenciatura en Idiomas, que los bebés tienen que usar pañales hasta, máximo, los cuatro años, si es que sufren de algún problema. Nosotros llevamos muchos más, y le seguimos cambiando los pañales. Parece que la primera vez no fue suficiente. Se los cambiamos, claro está, porque ese montón de créditos que hace unos años acompañaban al Francés eran irrisorios: había, si no estoy mal, más créditos en esa materia que en alguna Lingüística o Literatura. Hubo un gran avance, sin duda, pero hace falta más, ya veremos, pero, mientras tanto, entre otras cosas, algo que quitaron durante el primer baño con agua fría: la intensidad de prácticas pedagógicas. Menos mal que, para bien, en un momento justo, llegó una propuesta del Ministerio de Educación con respecto a las prácticas de las licenciaturas: esperemos que esto se tenga en cuenta, que las prácticas inicien mínimo en tercer semestre, que no haya más alumnos arrepentidos de ser docentes al final de la carrera. Permítanme y me centro en estos dos puntos durante un par de párrafos.
Reitero que el desacreditaje del Francés fue un avance: no podíamos vivir en torno a ello, porque no era prioridad; es más, no debería aparecer en el pénsum de la carrera: nunca debió haber estado en él. Y no es que tenga algo contra el estudio de esta lengua; en absoluto (ni siquiera porque algunos profesores envían a estudiantes a trabajar gratis en la Alianza Francesa de Bucaramanga, y lo siguen haciendo, y nadie dice ni hace nada). ¡Cuántas veces, sabrá el Pretérito, comí y viví gracias a las clases de Francés que daba de manera particular! A esta lengua le debo la comida y la tranquilidad de aquello días en que, como recién egresado, no tenía ni para montar en bus. Y ya. Pero una cosa es que haya sido útil para algunas personas, y otra muy distinta es que sea pertinente en la carrera. Ya sé que algunos dirán, y ruego de nuevo que olvidemos las inclinaciones pasionales, que a través de esta lengua se han logrado intercambios, continuidad de estudios en Francia, convenios con universidades, etc. Pero es fácil considerar lo anterior como sofisma, porque todos esos logros se alcanzarían con otra lengua cualquiera, y me atrevería a decir que más, muchos más, con el inglés.  No se puede negar la importancia del inglés en nuestra sociedad, en la globalización, en nuestro campo laboral. No se trata de si estamos siguiendo los parámetros del Norte; se trata, más bien, de ser conscientes de que las telecomunicaciones, el internet, la información académica, los congresos, las hojas de vida, los posgrados, la experiencia profesional exigen en la actualidad un manejo aceptable de la lengua inglesa. Nadie lo puede negar, y si el Francés llega a funcionar, si se quiere, como la lengua extranjera por antonomasia en el futuro, será entonces, y no ahora, que debería estudiarse en una Licenciatura en Español y Literatura. Hay propuestas de que el idioma que se estudie en la carrera sea voluntario, a partir de las necesidades de los estudiantes, y si me lo permiten, estoy en desacuerdo. Es algo sencillo, fácil de explicar: el inglés debería ser la lengua extranjera principal estudiada en esta licenciatura, y los que quieran, ahora sí por voluntad, que vean de contexto la otra lengua, la que tanto les gusta, y que aprovechen la posibilidad que da la universidad de ver hasta cuatro niveles, aun si los créditos de contexto ya se han invertido en ello. Eso sí: tienen que ser muy buenos para llegar a los cursos superiores, y no dudaré, ni más faltaba, de que lo logren: a los que les gusta el italiano o el francés harán lo posible por estudiarlo al máximo, como hacen con las literaturas, las lingüísticas y los talleres de lenguaje, ¿o no?
Hace unos años, antes de la primera reforma de pénsum, se veían cuatro semestres de prácticas pedagógicas, y por motivos que desconozco, los bajaron a dos. ¡Qué triste, ala, dos semestres de prácticas en una carrera de licenciatura! Y luego nos quejamos de los profesionales de nuestra escuela. He visto a profesores, tanto de cátedra como de planta, sacando de apuros a los practicantes, porque estos no saben qué textos trabajar en un curso específico o cómo enseñar ortografía en sexto. Situaciones mustias, complejas, que dan ganas de llorar, de reclamar, de protestar. A veces, ante tales situaciones, no culpo a los estudiantes, sino a sus profesores de la Escuela de Idiomas, que tal vez no hicieron, no hicimos, el mejor trabajo con ellos, que se nos escapó algo, que la metodología, las teorías, las pautas, los textos, la literatura no sirvieron de nada porque nunca, nunca, nuca lo pusimos en contexto, ni en práctica. Yo sé que los estudiantes tienen autonomía, que deben indagar por sí solos, buscar, investigar, pero son alumnos aún, y necesitan mediaciones, que deberían, y así lo esperan, encontrar en el maestro. No sé si lo más grave es que hay profesores de la carrera que no caemos en la cuenta de nuestros errores, de nuestros resultados, de los tropiezos que causamos en los estudiantes, o si lo peor es que ellos, los estudiantes, pasan semestre tras semestre callando estas cosas porque ni se enteran o porque les importa poco. Las prácticas deben volver no con la intensidad de antes, sino con una intensidad mayor, porque más que literatos o lingüistas los estudiantes de nuestra licenciatura serán profesores, los que tendrán la responsabilidad de aportar un grano de mostaza (por aquello de la esperanza) al mejoramiento de la educación en Colombia, y como vamos… ¿vamos bien? Y cuando hablo de una mayor intensidad no me refiero solamente a la propuesta del Ministerio de Educación, sino a la compaginación que deberá haber en todas las asignaturas de la carrera, en las que se trabaje siempre en pro de una mediación didáctica y pedagógica seria, responsable, que vaya más allá de los propios intereses, que nos beneficie a todos como estudiantes, como docentes, como ciudad y como país. No me gustaría ver, luego del nuevo cambio de pénsum, a docentes y estudiantes lavándose las manos porque las prácticas y las cuestiones educativas son únicamente de las materias pedagógicas y didácticas. No. Este texto, entre otras cosas, es una invitación al compromiso, al cambio trascendental, al no volver atrás.
Los egresados, que ya han tenido experiencia docente, no me dejarán mentir en lo que viene. Uno de los traumas más recurrentes se evidencia en el momento en que el nuevo docente abre un libro de texto, exigido por el PEI de algún colegio, y se da cuenta de que ni los textos, ni los movimientos literarios, ni los géneros textuales le son familiares. ¡Oh, sorpresa! No, eso es normal, y se debe a dos cosas, que hay que empezar a cambiar: la primera es que, aparte de las teorías y análisis literarios, no hay asignaturas generales de la literatura. Ya sé que dirán que en esto sí me equivoco, que ya me pasé de sapo, que ya había sido suficiente con lo de proponer como lengua transversal de la carrera el inglés, que lo que quiero yo es que se elimine el rigor en la literatura, que ya no analicemos los textos como lo hacemos, que así es imposible entrar a una maestría, que yo me pasé de sapo, carajo, que ya es suficiente tanta vaina, que mejor me vaya a estudiar ortografía (que es lo único que más o menos me sale bien), que no me vaya a tragar la carrera, que la idea es ver materias serias, con dedicación, etc. Y sí, estoy de acuerdo con todo ello, pero mi propuesta, y la de muchos, es que se delimiten muy bien las materias. Claro que el rigor es importante, pero también lo es la generalidad, el reconocimiento y comprensión general de la literatura universal, española, colombiana y latinoamericana. Por lo tanto, sería imprescindible una literatura general de cada una de ellas, y a la par, por qué no, una literatura particular. ¿Sería genial, no? Y más que genial, muy oportuno y pertinente. Piénsenlo: no quiero acabar con el rigor; lo que busco es que, al menos, frente a un texto de bachillerato (que nunca trabajemos porque, claro, somos innovadores en el aula), haya familiaridad con lo que se muestra allí. Pero tampoco voy a culpar de todo a la libertad que tienen los docentes de dar sus cátedras. Ni más faltaba, ala. También hay responsabilidad, y grande, en los estudiantes que no van más allá de lo visto en clase, que se enfrascan en dos libros para toda la vida y durante toda la vida los enseñan porque no leen más, no investigan más, no vuelven más a una biblioteca, ni a un congreso. Pero vuelvo a dármelas de abogado del diablo: los estudiantes, con toda la autonomía del mundo, necesitan de una guía, de una brújula que los dirija, de lo contrario cómo serían de interesantes las cátedras de nuestros licenciados, cuando lleven al aula a Paulo Coelho y a Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
Y por último, al menos dos Didácticas de la Literatura son más que necesarias. Y si me lo permiten, aparte de una Literatura Universal y de las literaturas generales que ya indiqué, que se sumen dos literaturas juveniles. Las razones sobran, ¿o no? O haremos como alguien por ahí que trabajó un cuento de Borges en sexto, y se ganó el repudio de los estudiantes hacia la literatura y hacia Borges (no supe qué cuento fue, pero los niños no quisieron saber nada más sobre el escritor argentino). No sé. Pero, al menos, piénsenlo. Yo sé que un solo ejemplo no basta, pero estoy seguro de que comprendemos que hay textos pertinentes, según la edad del estudiante, y que esos textos están, pero no los conocemos.
Quedan muchas cosas por decir, como la pertinencia de una que otra materia en la carrera, o lo oportuno de la metodología en materias que no nombro porque me metería en problemas (materias buenas, pero mal enfocadas); ustedes sabrán a cuáles me refiero. Lo único que se necesita para alcanzar estos u otros fines es olvidarnos de nuestros propios intereses, para trabajar en conjunto por una verdadera educación. Dejo esto aquí escrito, y si se dieron cuenta, no pienso solo en mí. Si alguien ve que persigo intereses particulares, como pueden hacerlo otros, seguiré, lo juro, la invitación que aquí hago: si es por el bien de la educación, renuncio a todo lo que me pueda beneficiar y prometo trabajar fuerte, con responsabilidad, por una carrera mejor, por una Licenciatura en Español y Literatura, que hoy hace parte de mi diario vivir, de mi felicidad y de mis sueños.

martes, 5 de agosto de 2014

El beso de la mujer araña, de Manuel Puig: Un homosexual y un izquierdista en la misma celda

El beso de la mujer araña, de Manuel Puig:
Un homosexual y un izquierdista en la misma celda
Jhon Monsalve
Imagen tomada de la web.
En 1976, y durante el exilio de Manuel Puig, se escriben las últimas páginas de la que sería tal vez la novela más leída de este escritor argentino. Algunas de sus narraciones fueron vetadas por las temáticas críticas en torno a la dictadura peronista o en relación con asuntos sociales de liberación tales como la homosexualidad. Este último es precisamente uno de los ejes de la novela El beso de la mujer araña, que será centro de este comentario literario. Y digo que es solo uno de los caminos, porque bien se podría hablar del tiempo en la novela, o de su carácter cinematográfico, o de su estilo, entre narrativo y ensayístico. Aquí trataré de todos ellos ciertos elementos, pero centraré mi atención en la homosexualidad y en el izquierdismo, rasgos representados en los dos personajes principales: Molina y Valentín.
No podemos hablar de esta novela como una narración única, pues hay cinco relatos cinematográficos inmersos en ella: narración enmarcada, más bien. Uno de ellos, el primero, se relaciona estrechamente con el título del libro: El beso de la mujer pantera, que trata sobre una joven que no podía besar a ningún hombre porque lo contagiaba de su mismo mal. Solo hasta en las últimas páginas se sabe la razón por la cual la novela recibe este nombre y de la relación que destaco: Valentín, que termina manteniendo relaciones sexuales con Molina, le confiesa que a este que de ser mujer (Molina) sería la mujer araña porque todos los hombres caerían en su tela. Las demás historias que se basan en películas de antaño cuentan historias de zombies y de amores, y siempre, de alguna manera se relacionan con la vida de los personajes. Ya recordamos el momento en que Valentín temía que su mujer amada, Marta (?), corriera peligro como los sujetos cinematográficos, o aquella imagen de la última página en que el rostro de Molina (en realidad, es de una chica de una isla, pero las descripciones, en cuanto a o de la mujer araña, hacen suponer que se trata del homosexual) se describe, en la alucinación de Valentín, en primer plano, mientras llora lágrimas de diamantes, tal cual el último filme narrado por Molina.
El que narra las películas es Molina; el que las oye, Valentín. Los dos están en prisión por motivos diferentes: el primero, por corrupción de menores; el segundo, por sedición. El tiempo en la novela es algo pausado e intermitente por cuestión de las películas narradas y de los pie de página. Si hay algo que caracteriza a esta novela son sus comentarios al pie de página sobre la homosexualidad. Por ello, no solo es una narración, sino un texto argumentativo-expositivo sobre las causas y las valoraciones científicas y sociales de la homosexualidad. Si comento lo del tiempo es porque comparado con la novela La cárcel, del escritor colombiano Zárate Moreno, se hace más prolongada la narración y, por lo tanto, es muy acorde con el tiempo transcurrido en una prisión. En este caso, el contenido y la estructura van muy de la mano. En cuanto a La cárcel puede decirse que el tiempo es apresurado y que no se evidencian pausas respectivas. De cualquier manera, hay un punto en el que convergen estas dos novelas: las narraciones… en un caso por medio de un diario, y en el otro, a través del cine, son el consuelo para pasar el trago amargo de la prisión.
La mayor ilusión de Molina es reencontrarse con su madre, que está enferma y sola. El mayor sueño de Valentín es la causa revolucionaria, y por la cual está en prisión. Molina, encausado en su propósito, entabla relaciones privadas con el director del establecimiento carcelario para ganar una libertad, al menos condicional. Se asocia con este y le hace creer que hará lo posible para que Valentín le confiese asuntos de su movimiento socialista para implicarlo aún más (y no solo a él, sino a todos los que persiguen las mismas causas). Pero Molina parece enamorarse de Valentín y su propósito mayor se conjuga con sus pasiones.
Por estrategia de los mecanismos de inteligencia estatal, Molina al fin queda en libertad, y luego de prometerle a Valentín que se unirá a la causa para facilitarle su mayor propósito, entabla relaciones con los del grupo revolucionario. Pasan algunos días, y luego cae muerto a balazos, acusado de relaciones con revolucionarios.
La homosexualidad, que es tratada de manera científica en el ensayo del pie de página, se evidencia más pasional en la narración: un hombre, o más bien una mujer araña, que lanza su tela para empalmarse íntimamente con su presa. Lo cierto es que tanto la sedición como la homosexualidad, dos temas recurrentes en esta narración, son características sociales que tienden a ser prohibidas y reprimidas. La muerte de Molina es un ejemplo de ello.

lunes, 28 de julio de 2014

Un amor escolar (cuento publicado en Vanguardia Liberal)

Un amor escolar
Jhon Monsalve
Cuento publicado en Vanguardia Liberal el 27 de julio de 2014
Imagen tomada de Poemas Ilustrados.
De pie, soportando como siempre el sol de la mañana, se disponían a rezar el padre nuestro con los ojos cerrados para vencer las distracciones del amor, y no, como de costumbre, para concentrarse en la conversación con Dios. Apenas con siete años, y el amor ya los golpeaba, como si quisiera mostrar su martirio antes de tiempo. Miguel soñaba con ella todas las tardes, mientras se mecía en aquella vieja silla de mimbre, y en las noches, ya dormido, las imágenes del primer beso y de la primera caricia se asomaban por la ventana de aquel estado de trance que se convertía en la jaula placentera de la ensoñación. Sueños despiertos, sueños dormidos, sueños reales, al fin y al cabo.
El segundo grado de primaria era más que suficiente para escribir, como pensaba hacerlo, una carta de amor para Sol Ángel. Los sueños se habían vuelto recurrentes y la almohada había pasado a ser, desde hacía unos días, el simulacro del rostro de ella. Otra vez el padre nuestro y el avemaría, otra vez los ojos cerrados escapando a la distracción inútil, pues la mente, en esa oscuridad, pintaba de luz a Sol Ángel, que bajaba la cabeza y parecía repetir con más ímpetu que el resto de sus compañeros aquellos rezos obligados (para un niño tal vez todo se presente así) que calmaban o simulaban hacerlo, en todas las viviendas, el hambre, la sed y la miseria.
El niño tomó un lápiz y un papel, en una de aquellas tardes en que se mecía en la silla de mimbre, y sin pensarlo más decidió escribirle una carta a la mujer que consideraba, desde ya, desde la inocencia de un niño cualquiera, su futura y única esposa.
Sol Angel
Desde que yegaste a la escuela no e dejado de pensarte ni unminuto del dia por eso quiero que seas mi esposa
Te amo
Miguel
Todas las mañanas, antes de iniciadas la sesiones académicas, en la escuela rural de aquella vereda, mustia y pobre, los profesores dirigían a los niños en la simple y vaga tarea de hacer rezos al cielo, más por rutina que por fe. Él no dejaba de pensar en ella en esos segundos de diálogo místico. Llegó incluso a dudar del amor que le profesaba al Todopoderoso, pues, al parecer, últimamente pensaba más en ella que en su madre. Dios, sin darse cuenta, pasaba a ser amado en lo postrero, y se rompía inminentemente el pacto que él hacía todas las mañanas y todos los domingos en misa de amar a Dios sobre todas las cosas. Amaba más a Sol Ángel, sin duda; incluso más que a su madre, pensaba…
Cuando la niña recibió la carta aquella mañana, se sonrojó y le plantó a Miguel un beso en la mejilla izquierda. Ninguno de los dos pudo concentrarse en las clases, y trataban de mirarse lo más que podían, con el mayor disimulo posible, para que nadie se enterara del secreto. Sol Ángel pensó en comprar labial rojo, como su madre, y tacones para el siguiente día. Miguel le pediría dinero a su padre para comprar caramelos. Como siempre, entre la escasez y la miseria, el amor soñaba y empacaba ilusiones en sacos rotos.
Al otro día, ni los caramelos, ni el labial, ni los tacones fueron testigos del encuentro clandestino de los niños. Ocurrió sin previo aviso, sin ponerse de acuerdo, sin mirarse siquiera. Las trampas del amor dibujan los momentos más felices antes de bajar la guillotina. Los dos, solos, en un baño, uno cualquiera (no había distinción entre niños y niñas), se hallaron frente a frente, por primera vez tan cerca, desde ayer, cuando Miguel le entregó la carta. Se miraron a los ojos, se dijeron que se amaban, y antes de que la pena y el miedo a nuevas cosas los volviera seres arrepentidos de sus actos, ella tomó la iniciativa de ponerle un beso otra vez en la mejilla izquierda, mientras una imagen de labios rojos y tacones altos se fijaba, obsesivamente, en su pensamiento. Niños iban y venían; unos se hacían los ciegos, otros murmuraban o reían, y de boca en boca, y más rápido de lo que imaginaron, sintieron el peso de las miradas, de los murmullos, de las críticas adultas.
Al otro día, los docentes y los padres de familia de todos los estudiantes de la escuela (incluidos los de Miguel y Sol Ángel) elevaron una plegaria al cielo para que volviera la inocencia y la sensatez en estos niños, que no habían ido a clase porque un castigo, entre tantos, consistía en la suspensión momentánea de sus actividades académicas, bajo el argumento de haber violado las normas de infancia y de moral de la institución, ignoradas por todos, incluso por el amor.
Les prohibieron el contacto, las miradas, los besos. Hicieron lo posible por separarlos de salón y de ocuparlos en actividades distintas en horas de descanso. Cuando volvieron, se buscaban a lo lejos, se ilusionaban con el rencuentro, se morían de impaciencia. El amor tomaba forma de pecado en las oraciones matutinas. Ella en una fila distinta, bien lejana, a la de Miguel. Por eso no veía cómo escarbaba él, apresuradamente, entre sus bolsillos, las monedas, escasas, que calmarían parte de las ilusiones de tardes enteras en la silla de mimbre y de noches en vela con los mismos sueños: las caricias, los ojos, los nervios y el primer beso. Entonces, de un momento a otro, justo cuando todos rezaban lo de siempre, caminó despacio y con cuidado entre sus amigos, buscó a Sol Ángel, primero con paciencia, luego impaciente, los rezos pronto se acabarían, sintió unas manos en la cintura, un respiro en su oreja izquierda y un tierno beso en la mejilla.

Cuando llegó el amén, cada uno estaba en su puesto, con una sonrisa y un leve rubor en el rostro. Un papel en el puño cerrado de Miguel esperaba ser abierto. El único que leyó el contenido del mensaje fue el profesor de Religión, que simuló todo el tiempo tener los ojos cerrados mientras dirigía la oración. Horas después, el rubor de Miguel se convirtió en llanto, y Sol Ángel se quedó esperándolo en el baño, luego del descanso, con un sí, con unos tacones de mujer adulta y con un labial rojo, mal puesto en los labios.

sábado, 19 de julio de 2014

¿Matar por el bien común?

¿Matar por el bien común?
Jhon  Monsalve 
Imagen tomada de internet
Hay algo que, como humanos, nos caracteriza y nos une: el deseo constante de matar al otro. Este rasgo debe comprenderse no solo literalmente, pues el prójimo puede quedar sin vida tras actos que, sicológicamente, atenten contra él. La vida se le va, entonces, si deja de respirar o si deja de soñar, de reír, de gritar. Este sentimiento se somatiza en las acciones habituales del hombre: noticias que hablan de intolerancia, caos político, desórdenes sociales, autodefensas, estudiantes rebelados, pandillas peleando un terreno y creando guerras internas, familiares, sin sentido. De este modo empezaron los conflictos en Colombia, aquellas guerras que llegan hasta hoy y se discuten entre discursos, a veces insulsos, a veces llenos de ideas vagas o de sueños utópicos. Un bando, al parecer con razón, se defiende de las acusaciones del otro, acusándolo por lo mismo: ambos han dedicado su vida a la búsqueda de lo que cada uno de ellos supone que es pertinente para el bien común, y los dos, tras este fin, tomaron, en su debido momento, la decisión de matar.
Este acto nace con la sociedad y se hereda de generación en generación. Si venimos, como dicen, de Adán y de Eva, somos, entonces, hijos de Caín y Abel, y más del primero porque quedó vivo. Así, sin darnos cuenta, nos matamos entre hermanos. Bastaría con recordar aquel ensayo de Amin Maalouf en el que describe las matanzas que, por intolerancia y manías, se han fraguado entre musulmanes y cristianos desde tiempos ya inmemorables. Las identidades asesinas de las que habla este autor no son muy lejanas de los holocaustos judíos de la Segunda Guerra Mundial. En estos casos, se adora prácticamente al mismo dios, pero se matan por interpretaciones divinas y proféticas, por reglas que varían como varían las lenguas: por situación geográfica o cultural. Hermanos, hijos del mismo dios, muertos como Polinices y Eteocles.
El meollo del asunto parece radicar en otro rasgo identitario de los que habitamos este país de mares, de oro y de sangre: la individualidad, herencia española del Renacimiento, cuando el hombre dejó de centrar su atención en las divinidades para enfocarse en sí mismo, en su ego, en su yo, único, solo, poderoso. Este hecho de pensar solo en sí mismos ha llevado a los colombianos a crear partidos políticos por doquier, con la excusa de crear nuevas alternativas sociales, y sin darse cuenta, los intereses propios terminan colándose entre el deseo no de proponer, sino de subordinar al resto. Siempre todos, por lo visto, quieren ser los primeros y tener la razón, y el sentido de comunidad, que propone y discute Roberto Esposito, termina, en nuestro país, siendo fiel a la propuesta hobbesiana: “Lo que los hombres tienen en común—que los hace semejantes más que cualquier otra propiedad— es el hecho de que cualquiera puede dar muerte a cualquiera”.
Así las cosas, la individualidad termina siendo la causa del sentir y del actuar humano de matar al otro. Cuando el individuo de hoy se desliga de su entorno social para pensar solo en sí mismo, el eterno retorno del estoicismo toma forma a partir de una nueva sociedad que se prepara para todo tipo de competencia, excepto para plantearse, en algún momento, sin intereses propios, una verdadera propuesta de paz, cuyo fin común no sea otro que el de hacer vivir al prójimo, aun cuando se supone que respira.

martes, 1 de julio de 2014

"Basura", de Héctor Abad Faciolince: más allá de los escritos de Davanzati

Basura, de Héctor Abad Faciolince: 
más allá de los escritos de Davanzati
Jhon Monsalve
Imagen tomada de la web
En el año 2000, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince gana el primer Premio Casa de América de Narrativa Innovadora con la novela Basura. En ella presenta la historia de un periodista que, luego de ir a buscar al basurero del edificio un periódico para tomar algún apunte que le faltaba, halla algunas páginas escritas por Davanzati, un escritor fracasado de los años setenta, que llegó a publicar un par de novelas sin ningún éxito editorial. El periodista recopila los textos que halla en la basura y trata, en ocasiones, de armar hilos coherentes que formen textos completos.
Davanzati escribe para sí mismo y, al parecer, para evitar que sus textos lleguen a otras manos, decide botarlos por la chute del edificio donde vive. Antaño, cuando vio su fracaso, decidió dejar de escribir para los otros. Es más, la escritura lo llevó al divorcio, pues el tiempo que debió haberle dedicado a su familia, se lo dedicaba al oficio, en su caso inerte, de escribir. Su mujer, tal cual como lo narró en uno de sus cuentos de basura, lo dejó por un músico. La hija se radicó en España y su madre, Rebeca, decidió acompañarla después de que su violinista muriera en pleno concierto de sinfónica. Lo curioso de los papeles que halla el periodista es que supondrían la divulgación literaria de la vida del Davanzati, como si por medio de su escritura pudiera reconocerse su propio yo. Lo que hacía el periodista, en últimas, era, más que ir tras la calidad literaria, perseguir la vida de aquel escritor con el cual, de cierta manera, llegó a identificarse. El poeta catalán Xoán Abeleira lo explicaría de la siguiente manera: “Quién más, quién menos, todos a lo largo de nuestra vida, pero especialmente en la adolescencia, damos con ciertas obras, ciertos artistas que, sin saber jamás por qué, nos deslumbran”. El periodista no es adolescente, pero permanece deslumbrado por la escritura de su vecino.
El caso es que el periodista se obsesiona hasta tal punto que decide, en los momentos en que desaparece el escritor, ir hasta Bogotá a buscar alguna huella o entrar a la casa de su vecino de manera ilegal para buscar más documentos que puedan hablar sobre él. Davanzati, como hemos visto, escribía sobre sus propias experiencias, poniéndolas como base en los textos que, en algún momento, pudieron ser interpretados como confesiones reales de su vida. La página literaria Lengua de Trapo afirma al respecto:Esta novela analiza las relaciones entre escritura y lectura desde un ángulo de gran originalidad, vinculando la literatura a lo excrementicio en un juego literario en el que las palabras se revelan como residuos sin valor de una vida no vivida, «sobrados de un mediocre banquete», tal y como nos dice la propia novela. De este modo, Abad Faciolince enfoca las relaciones entre literatura y vida, uno de los temas omnipresentes en la tradición literaria (…)”.  El periodista visitó, a partir de estas relaciones, a los amigos que nombraba en sus escritos, hizo contacto con ellos con el único fin de conocerlo más, de entenderlo más. Incluso llegó a afirmar que lo quería.
Pero más allá de la vida del escritor desconocido se esconde la verdad de la ciudad que acorrala con sus muertos. Medellín es la ciudad que acoge a Davanzati durante gran parte de su vida, allí crece, si se tienen en cuenta sus textos como confesiones. Allí vive los últimos días, antes de que su mujer, su hija y su nieta lo visiten más en busca de dinero que de compasión. Medellín se torna el mal lugar con el que puede compararse el mundo entero: “En Medellín no me encerraba con nadie, claro está, ni en hoteles ni en casas ni en moteles; en Medellín te atracan si sales o te encierras. (…) Ningún aroma me esperaba ni me despedía en Medellín, como no fuera el aroma de la muerte. (…) En Medellín no conversaba con nadie, por supuesto, ni real ni inventado; en Medellín te matan si conversas”.

Y más allá todavía, encuentro una suerte de metanovela, que la hace única. Esto me recuerda dos novelas: El desorden de tu nombre, la del escritor español Juan José Millás, y La cárcel, del santandereano Jesús Zárate Moreno. En la primera, la vida de Julio Orgaz parece ser la misma del personaje de sus cuentos y sus novelas; en la narración del narrador colombiano, la vida de los presos hace la novela. Estas narraciones son novelas que se explican a sí mismas, y por ende se comprende el proceso de su escritura y se asocia la realidad con la ficción. Así, mediante el mismo proceso, el periodista busca comprender la vida de Davanzati por medio de sus aforismos, de sus novelas.  Y lo logra e inmiscuye al lector en esto. Estas son las horas y todavía estoy con la misma congoja que al final relata el periodista narrador. Yo también decido lo de él, siguiendo al escritor: “Lo mejor es fingir siempre, como Davanzati, una serena indiferencia, un sosiego impasible, y que por dentro hiervan y estallen todas las conmociones, secas y en silencio”. Yo, como siempre, finjo escribiendo.